El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano: Una lectura política, poética y humana del deporte más popular del mundo

I. Introducción: Un escritor ante el balón
Hay libros que nacen de la pasión y hay libros que nacen del rigor intelectual. Rara vez ambos impulsos se funden en un solo texto con la naturalidad con que lo hacen en El fútbol a sol y sombra, la obra que Eduardo Galeano —el gran cronista de América Latina, autor de Las venas abiertas de América Latina y de la trilogía Memoria del fuego— dedicó al deporte que amó desde niño con una devoción que él mismo calificó de religiosa y al mismo tiempo culpable. Culpable, porque el Galeano adulto, el intelectual comprometido con la izquierda latinoamericana, el hombre que había documentado siglos de saqueo colonial y neocolonial, sabía perfectamente que amar el fútbol era también, en cierta medida, amar el espectáculo que el capitalismo había construido sobre un juego popular para vaciarlo de su sustancia original y convertirlo en mercancía. Y sin embargo, amaba el fútbol. Esa tensión —entre la crítica política lúcida y el amor incondicional por el juego— es precisamente la que da vida y nervio a este libro singular.
Publicado en 1995, el año de la Copa del Mundo de Estados Unidos todavía fresco en la memoria, El fútbol a sol y sombra no es una historia del fútbol en el sentido académico del término, ni un reportaje periodístico, ni un ensayo sociológico, aunque contiene elementos de todos estos géneros. Es, ante todo, literatura. Una literatura que hace del fútbol su territorio y que desde ese territorio habla de cosas más grandes: la identidad latinoamericana, la memoria popular, la violencia del poder, la belleza efímera, la alegría como acto de resistencia. Galeano escribe sobre el fútbol como quien escribe sobre la condición humana, porque para él —y para millones de latinoamericanos— el fútbol es la condición humana en uno de sus estados más puros y más contradictorios.
El título del libro proviene de una distinción muy antigua en las plazas de toros españolas: sol y sombra designaban los dos tipos de localidades, las más baratas expuestas al sol implacable y las más caras protegidas por la sombra. Galeano adopta esta imagen como metáfora del fútbol mismo y de sus contradicciones sociales: un juego que pertenece a los de abajo, a los que sudan bajo el sol, pero que ha sido sistemáticamente apropiado por los de arriba, por los que observan desde la sombra del poder y del dinero. A sol y sombra significa también mirar el fútbol desde todos los ángulos, sin idealizarlo ni demonizarlo, reconociendo simultáneamente su belleza y su miseria.
II. La arquitectura del libro: Fragmentos como poemas
Uno de los rasgos más llamativos de El fútbol a sol y sombra es su estructura formal. El libro no está construido con capítulos convencionales de desarrollo argumentativo, sino con una serie de fragmentos breves —muchos de ellos de apenas una página— que funcionan como viñetas, como instantáneas, como poemas en prosa. Esta forma fragmentaria no es un capricho estético ni una concesión a la moda literaria de los años noventa: es la forma que el contenido exige. El fútbol mismo es discontinuo, hecho de momentos, de destellos, de jugadas que brillan un instante y desaparecen. La escritura de Galeano es fiel a esa naturaleza efímera del juego.
Cada fragmento tiene un título que funciona como epígrafe o como advertencia. Algunos son biografías mínimas de jugadores legendarios: Pelé, Di Stéfano, Garrincha, Cruyff, Maradona, Zico, Platini. Otros son reflexiones sobre conceptos o fenómenos: el gol, el portero, los hinchadas, el árbitro, los mercaderes, la televisión. Otros son crónicas de partidos históricos o de mundiales. Y otros son textos de tono claramente político, donde Galeano abandona la descripción y emite juicio sobre la mercantilización del deporte, el racismo en las canchas, la dictadura en los estadios, la corrupción en las federaciones.
Esta variedad de registros —lírico, biográfico, histórico, político— convierte el libro en algo difícil de clasificar y, por esa misma razón, en algo extraordinariamente rico. El lector nunca sabe exactamente qué encontrará en la página siguiente: puede ser una meditación poética sobre la belleza del fútbol-arte o puede ser una denuncia feroz del negocio que ha devorado ese arte. Esta imprevisibilidad reproduce, en el plano de la lectura, la imprevisibilidad del propio juego.
El libro fue creciendo a lo largo de los años. La edición original de 1995 fue ampliada con materiales sobre el Mundial de Francia 1998 y posteriormente sobre otras competiciones. Este carácter abierto, en expansión, también dice algo sobre la concepción que Galeano tenía de su propio texto: no un monumento cerrado, sino un organismo vivo que sigue el ritmo del fútbol y de la historia.
III. El amor y la culpa: La autobiografía del aficionado
Una de las dimensiones más personales del libro es la que podríamos llamar autobiográfica o confesional. Galeano comienza con un texto titulado «La pelota y el jugador» que funciona como prólogo programático y declaración de principios. Ahí declara sin rodeos su amor por el fútbol y la vergüenza social que ese amor le provocaba en ciertos círculos intelectuales de izquierda, donde el fútbol era considerado el opio del pueblo, el gran distractivo con el que las clases dominantes mantenían a las masas entretenidas y políticamente pasivas.
Esta tensión entre el amor por el juego y la crítica al uso político del juego recorre todo el libro. Galeano no la resuelve fácilmente, no la disuelve con fórmulas cómodas. Al contrario, la mantiene viva y productiva. Admite que el fútbol ha sido instrumentalizado por dictaduras —explícitamente menciona el caso de Argentina 1978, cuando la junta militar de Videla utilizó el Mundial como propaganda mientras desaparecía personas—, pero se niega a concluir de ahí que el fútbol sea intrínsecamente perverso. El fútbol, argumenta, no es culpable de lo que le hacen quienes lo poseen; la pelota no tiene ideología.
Esta posición de Galeano puede leerse como una reivindicación de la cultura popular contra sus instrumentalizaciones. El fútbol pertenece al pueblo antes de pertenecer a los dirigentes, a los dueños de clubes, a las televisoras y a las empresas de marketing. El pueblo lo inventó en las calles, en los potreros, en los solares vacíos de las ciudades latinoamericanas, y el pueblo sigue siendo su depositario legítimo aunque los aparatos del poder traten de expropiárselo. Esta convicción da al libro una dimensión política que no es la del panfleto ni la del manifiesto, sino la de la memoria: Galeano recupera la historia de abajo, la historia de los jugadores de origen humilde, de los barrios pobres que produjeron a los mejores futbolistas, contra la historia oficial que solo recuerda los títulos y los negocios.
La figura del niño que quiso ser jugador y no pudo —porque tenía los pies torcidos, porque no le daban al balón bien, porque el talento le fue negado— es una presencia constante en el libro. Ese niño es el propio Galeano, pero es también todos los aficionados, todos los que amaron el fútbol sin poder practicarlo con dignidad y que por eso lo aman con la intensidad de los que aman lo que les fue negado. Esta identificación entre el escritor y el aficionado anónimo es una de las razones por las que el libro conecta con lectores de muy distintas procedencias culturales y sociales.
IV. Los jugadores: Retratos de la gracia y de la desgracia
El corazón más luminoso del libro son los retratos de jugadores. Galeano escribe sobre los grandes futbolistas del siglo XX con una prosa que es a la vez precisa y visionaria, que describe el movimiento del cuerpo en el espacio con una sensibilidad casi coreográfica. Pero sus retratos no son hagiografías: siempre incluyen la sombra junto a la luz, el fracaso junto al triunfo, la miseria social junto al genio futbolístico.
El retrato de Garrincha —Manuel Francisco dos Santos, el «Ángel de las piernas torcidas»— es uno de los más hermosos del libro. Galeano cuenta cómo Garrincha nació con las piernas dobladas hacia afuera, cómo los médicos del Botafogo le dijeron que no podría jugar al fútbol, cómo el propio Garrincha preguntó si los médicos tampoco le darían permiso a él para jugar. Y luego, con esa ironía tierna que es una de sus marcas de estilo, Galeano relata cómo Garrincha se convirtió en el jugador más alegre y más libre que Brasil ha producido jamás, un jugador que dribblaba a sus rivales con la misma naturalidad con que un niño persigue mariposas, que hacía reír al estadio mientras humillaba a los defensas, que ganó dos Mundiales con Brasil pero que murió pobre, alcohólico, olvidado. La trayectoria de Garrincha es para Galeano una metáfora perfecta del destino del jugador popular en el capitalismo deportivo: el sistema extrae el talento y descarta al ser humano.
El retrato de Pelé es más ambivalente. Galeano celebra su genio sin reservas —lo llama el mayor jugador de todos los tiempos con una convicción que no necesita argumentación porque ha quedado demostrada en miles de jugadas— pero también señala, con melancolía apenas disimulada, cómo Pelé se convirtió con el tiempo en una marca, en un producto, en un embajador del fútbol-negocio que tiene poco que ver con el niño descalzo de Três Corações que pateaba pelotas de trapo en los solares de Bauru. El Pelé adulto, el Pelé corporativo, el Pelé que apareció en anuncios de todo tipo y que emitió juicios políticos cuidadosamente calculados para no ofender a los poderosos, es para Galeano una pérdida, la pérdida de algo que fue genuino y que el sistema transformó en espectáculo.
El retrato de Maradona es probablemente el más apasionado del libro. Galeano escribe sobre Diego como si escribiera sobre un fenómeno de la naturaleza, como si el genio de Maradona estuviera más allá de las categorías humanas ordinarias y perteneciera al mismo orden de cosas que las tormentas eléctricas o los terremotos. Pero al mismo tiempo Galeano es implacable con las instituciones que rodearon a Maradona: la FIFA que lo persiguió con los controles antidopaje con una saña que no aplicaba a los jugadores del primer mundo, los clubes que lo explotaron sin cuidar su salud, los medios que lo encumbraron para luego destruirlo. La historia de Maradona es para Galeano la historia del jugador genial que el sistema primero devoró y luego escupió.
Entre los jugadores europeos que retrata, Di Stéfano ocupa un lugar especial. La historia de Alfredo Di Stéfano —nacido en Argentina, formado en Colombia en tiempos de conflicto, finalmente establecido en España como el motor del Real Madrid que ganó cinco Copas de Europa consecutivas— es también la historia de las migraciones del talento latinoamericano hacia Europa, una historia que Galeano cuenta con una mezcla de admiración por el jugador y de amargura por el éxodo. Cruyff, Platini, Zidane aparecen también en estas páginas, siempre vistos desde la perspectiva del juego: qué hacían con el balón, cómo transformaban el espacio, qué tipo de belleza producían.
V. El gol: Metafísica de la alegría
Uno de los textos más célebres del libro es el dedicado al gol. Galeano escribe que el gol es el orgasmo del fútbol, el momento supremo en que todo el edificio de tensión y estrategia y esfuerzo y deseo se resuelve en un instante de pura descarga. Es el momento que justifica todo: la espera en la cola para comprar la entrada, el frío en las gradas, la tensión del partido, la angustia de las oportunidades perdidas. Cuando el balón entra en la red, el tiempo se suspende y el espacio se transforma: los desconocidos se abrazan como hermanos, el viejo llora como un niño, el hombre serio se convierte en loco de alegría.
Esta descripción del gol tiene una dimensión que va más allá de lo deportivo. Galeano está hablando de algo que en la vida cotidiana de las sociedades capitalistas se niega sistemáticamente a los pobres: la experiencia de la alegría colectiva, de la comunidad, del éxtasis compartido. El estadio, con todas sus contradicciones y sus miserias, produce también esos momentos en que la multitud se funde en una emoción única y en que las jerarquías sociales se disuelven momentáneamente en el júbilo. Esos momentos son reales, argumenta Galeano, aunque sean breves, aunque el sistema los use para sus propios fines. La alegría no deja de ser alegría porque alguien quiera manipularla.
Esta defensa de la alegría popular es uno de los gestos políticos más importantes del libro, aunque sea el menos explícitamente político. En un contexto latinoamericano marcado por décadas de dictaduras, de violencia estatal, de empobrecimiento sistemático de las mayorías, la defensa del derecho a la alegría tiene un peso específico que el lector europeo puede percibir solo parcialmente. Para Galeano, el fútbol —el verdadero fútbol, el de la calle y el potrero, el de los pobres que inventaron el juego— es una de las formas en que los pueblos latinoamericanos han afirmado su humanidad contra todas las fuerzas que querían negarla.
VI. La crítica al poder: El fútbol como negocio y como arma política
Si la dimensión poética del libro celebra el fútbol como expresión de la belleza popular, la dimensión política lo examina como instrumento de poder y de acumulación capitalista. Galeano dedica una parte significativa del libro a denunciar lo que él llama la «industria del fútbol»: los dirigentes corruptos de la FIFA y de las federaciones nacionales, los dueños de clubes que tratan a los jugadores como piezas intercambiables, las televisoras que han transformado el calendario futbolístico en función de sus intereses comerciales, las empresas de marketing que han convertido el deporte más popular del mundo en una marca global.
Esta crítica es lúcida y documentada, pero Galeano tiene el cuidado de distinguir siempre entre el juego y su industria. El fútbol no es malo porque la industria del fútbol sea mala, del mismo modo que la música no es mala porque la industria musical sea mala. Lo que Galeano critica no es el fútbol sino su expropiación, el proceso por el cual algo que nació como expresión espontánea de la cultura popular fue capturado, codificado, empaquetado y vendido de vuelta a los mismos de quienes fue tomado, pero ahora a un precio que ellos mismos determinan.
El caso más dramático de instrumentalización política del fútbol que Galeano aborda es el del Mundial de Argentina 1978. La junta militar del general Videla usó la organización del campeonato mundial como una operación de propaganda interna e internacional: hacia adentro, para crear una ilusión de normalidad y de unidad nacional en un país donde miles de personas estaban siendo torturadas y asesinadas; hacia afuera, para presentar al mundo una imagen de un país moderno y estable. Galeano no acusa directamente a la selección argentina ni a sus jugadores individuales de colaboración consciente con la dictadura —la situación era demasiado compleja para eso—, pero sí señala sin ambigüedad el uso que el régimen hizo del título mundial. El estadio como escenario de la mentira, el gol como cortina de humo ante la masacre: estas son imágenes que el libro pone en circulación con una eficacia que ningún ensayo académico podría igualar.
Galeano también señala el uso del fútbol como válvula de escape social, el mecanismo por el cual los sectores dominantes permiten e incluso fomentan la pasión futbolística de las masas precisamente porque esa pasión canaliza energías que de otro modo podrían convertirse en movilización política. Esta es la tesis clásica del «opio del pueblo» aplicada al deporte, y Galeano la presenta con matices: no niega que el mecanismo existe, pero rechaza la conclusión simplista de que los aficionados son víctimas pasivas de una manipulación total. La pasión popular por el fútbol tiene también elementos de resistencia, de afirmación identitaria, de solidaridad comunitaria que no pueden reducirse a su función de control social.
VII. América Latina y el fútbol: Una identidad en movimiento
El fútbol a sol y sombra es también un libro sobre la identidad latinoamericana, o más precisamente, sobre una de sus expresiones más universalmente reconocidas. El fútbol latinoamericano —el de Brasil, el de Argentina, el de Uruguay, el de Colombia, el de México— ha producido algunos de los momentos más extraordinarios de la historia del deporte, y Galeano se pregunta por qué. Su respuesta no es biologicista ni folclórica: no dice que los latinoamericanos juegan mejor porque tienen algo especial en la sangre o en el alma. Dice que juegan diferente porque tienen una historia diferente.
El fútbol llegó a América Latina traído por los colonizadores y los misioneros ingleses a finales del siglo XIX, pero rápidamente fue apropiado y transformado por los pobres, por los afrodescendientes, por los mestizos, por los que no tenían acceso a los clubes privados de los ingleses y los criollos ricos. Esta apropiación popular produjo estilos de juego que se alejaron de la disciplina táctica del fútbol inglés y desarrollaron una relación con el balón más individual, más creativa, más improvisada. El jogo bonito brasileño, con su énfasis en la habilidad individual, el regate, la gambeta, la pausa dramática, es para Galeano una expresión de la creatividad de los pobres, de la inteligencia que se desarrolla cuando no se tienen recursos materiales pero sí se tiene tiempo, espacio y talento.
Esta interpretación del fútbol latinoamericano como expresión de la creatividad popular tiene una dimensión política que Galeano nunca deja de vista: los estilos de juego no son neutros, son el producto de condiciones sociales específicas, de historias de exclusión y de resistencia. Cuando Brasil ganó el Mundial de 1970 con el equipo que incluyó a Pelé, a Rivelino, a Tostão, a Jairzinho, estaba ganando también con un estilo que había nacido en los suburbios de Río y de São Paulo, en los campos improvisados de las favelas, en la tradición del fútbol callejero que los clubs de élite habían sistemáticamente marginado durante décadas.
Galeano también aborda la tensión entre el fútbol-arte y el fútbol-resultado que ha marcado la historia del deporte sudamericano. Argentina es el ejemplo más dramático de esta tensión: un país que ha producido una cantidad extraordinaria de jugadores creativos y técnicamente brillantes, pero que ha sido también el laboratorio de algunas de las propuestas tácticas más defensivas y antiestéticas del fútbol mundial, el catenaccio rioplatense que sacrifica el juego en el altar del resultado. Esta tensión, para Galeano, no es meramente futbolística: refleja algo más profundo sobre las relaciones entre creatividad e institucionalidad, entre el genio individual y la disciplina colectiva, entre el arte y el poder.
VIII. El portero, el árbitro, los fanáticos: El ecosistema del fútbol
Una de las virtudes estructurales del libro es que no se limita a los jugadores y a los momentos de gloria, sino que construye un retrato completo del ecosistema futbolístico, incluyendo a figuras que normalmente permanecen en las sombras de la narrativa deportiva convencional.
El portero recibe en el libro un tratamiento especialmente generoso y melancólico. Galeano lo describe como el ser más solitario del fútbol, el único jugador que está obligado a permanecer mientras todos los demás se mueven, el único que vive permanentemente en la espera de una catástrofe que puede llegar en cualquier momento. El portero no puede atacar, no puede crear, solo puede defender, y cada gol que le meten es una humillación pública ante decenas de miles de espectadores. Esta figura del portero como símbolo de la soledad y de la vulnerabilidad es típica de la sensibilidad literaria de Galeano: su mirada siempre busca al que está al margen, al que carga con el peso del colectivo sin recibir sus gloria.
El árbitro es otro personaje que recibe un retrato ambiguo y profundo. Galeano lo describe como el ser más odiado del fútbol, el que siempre se equivoca a los ojos de todos, el que lleva el poder sin que nadie le haya elegido democráticamente y sin que nadie le respete verdaderamente. El árbitro como figura del poder ilegítimo, del juez que aplica la ley sin haberla escrito, del intermediario entre la pasión y la norma: estas resonancias son las que Galeano explota con su habitual habilidad para cargar las imágenes de significado político sin hacerlo explícito.
Los fanáticos —las hinchadas, los ultras, los barras bravas— reciben también un tratamiento complejo. Galeano los ama y los teme al mismo tiempo. Los ama porque representan la pasión popular en su estado más concentrado y más auténtico, la devoción sin cálculo ni vergüenza que es uno de los rasgos más hermosos de la cultura futbolística. Los teme porque esa misma devoción puede transformarse en violencia ciega, en odio tribal, en racismo y xenofobia que desmienten todo lo que el fútbol podría ser. Las tragedias de Heysel y de Hillsborough están presentes en el libro como recordatorios de que la pasión sin conciencia puede matar, de que el estadio puede ser también un lugar de muerte y no solo de alegría.
IX. La escritura: Prosa, poesía y política
No se puede hablar de El fútbol a sol y sombra sin hablar de su escritura, porque en este libro la forma es inseparable del contenido. Galeano es ante todo un escritor, y su prosa es de una calidad literaria que rara vez se encuentra en los libros sobre deporte.
Su estilo tiene varios rasgos identificables. Primero, la brevedad y la densidad: Galeano concentra en pocas líneas lo que otros escritores desarrollarían en páginas. Cada frase está cargada de sentido, cada imagen ha sido trabajada hasta extraerle todo lo que puede dar. Este estilo aforístico, que recuerda a veces al periodismo literario latinoamericano y otras veces a la tradición del ensayo poético, es el resultado de décadas de oficio y de una concepción muy exigente de la escritura como arte.
Segundo, el uso del presente histórico: Galeano narra los partidos y las jugadas del pasado en tiempo presente, como si estuvieran ocurriendo ahora mismo, como si el lector estuviera en las gradas viendo a Garrincha gambetear a sus rivales o a Pelé cabecear en el segundo palo. Este procedimiento narrativo, que es también uno de los recursos favoritos de la crónica latinoamericana, produce un efecto de inmediatez y de urgencia que hace de la lectura casi una experiencia física.
Tercero, la combinación de registros: Galeano pasa con fluidez del lirismo a la ironía, del panegírico a la denuncia, de la descripción física al análisis político. Estas transiciones nunca se sienten forzadas porque están sostenidas por una voz muy personal y muy segura, la voz de alguien que sabe exactamente qué quiere decir y cómo quiere decirlo.
Cuarto, el uso de la imagen concreta como vehículo del pensamiento abstracto: Galeano rara vez formula sus ideas políticas o filosóficas en términos abstractos. Prefiere siempre encontrar la imagen, la anécdota, el detalle físico que hace la idea visible y tangible. Cuando quiere hablar de la explotación del jugador latinoamericano por las estructuras del capitalismo deportivo, no lo dice en esos términos: cuenta la historia de Garrincha muriendo pobre y olvidado. La abstracción se encarna en la historia particular, y la historia particular ilumina la abstracción general.
X. El fútbol y la modernidad latinoamericana
El fútbol a sol y sombra puede leerse también como un texto sobre la modernidad latinoamericana y sus contradicciones. El fútbol llegó a América Latina con la modernización capitalista del siglo XIX y se convirtió en uno de los terrenos donde las sociedades latinoamericanas elaboraron su relación con la modernidad: a veces adoptándola entusiastamente, a veces resistiéndola, a veces transformándola desde adentro.
La historia del fútbol latinoamericano es la historia de una apropiación cultural que terminó siendo más profunda que la importación original. Inglaterra inventó el fútbol moderno, le dio sus reglas y sus instituciones, pero Brasil, Argentina y Uruguay le dieron algo que los ingleses no habían previsto: una filosofía del juego, un estilo, una relación con el balón que transformó el deporte en algo que los propios ingleses reconocieron como superior a lo que ellos habían creado. Esta inversión —los colonizados que superan a los colonizadores en el juego que estos les enseñaron— es para Galeano uno de los episodios más fascinantes de la historia cultural de América Latina.
Pero esta fascinación no le impide ver las sombras. El fútbol latinoamericano, con toda su creatividad y su belleza, ha sido también el escenario de algunas de las peores expresiones de la cultura patriarcal y machista de la región. Galeano no lo dice explícitamente con ese vocabulario, pero la ausencia de las mujeres en su relato del fútbol —un relato que es casi exclusivamente masculino, como era el fútbol de su época— es en sí misma elocuente. El fútbol como ritual de masculinidad, como espacio de la homosociabilidad masculina, como territorio del que las mujeres han sido excluidas sistemáticamente: estas son dimensiones que el libro toca solo tangencialmente, y que quizás sean su limitación más significativa desde una perspectiva contemporánea.
XI. El Mundial como teatro de la historia
Los Mundiales de fútbol son los momentos álgidos del libro, los escenarios donde las tensiones que Galeano ha ido tejiendo a lo largo del texto se concentran y se dramatizan. Galeano dedica atención especial a algunos mundiales que para él tienen una resonancia particular.
El Mundial de Uruguay 1930, el primero, es retratado como un momento de inocencia relativa: el fútbol todavía no era el negocio global que sería después, todavía era posible imaginar que la Copa del Mundo era una fiesta popular y no una operación comercial. El triunfo de Uruguay, un país pequeño y pobre que derrotó a Argentina en la final, es para Galeano uno de los más hermosos upset de la historia deportiva, la demostración de que en el fútbol —al menos en el fútbol de entonces— los más pequeños podían vencer a los más grandes.
El Mundial de Brasil 1950, con la derrota de la selección anfitriona ante Uruguay en el Maracaná —el «Maracanazo»— es tratado con una densidad casi mitológica. Galeano describe ese partido como una de las grandes tragedias colectivas del siglo XX latinoamericano, un momento de desolación nacional que marcó a generaciones de brasileños. La imagen del Maracaná en silencio sepulcral después del gol de Ghiggia es una de las más poderosas del libro: doscientas mil personas en completo silencio, la alegría transformada instantáneamente en luto.
El Mundial de México 1970 y la selección brasileña de Pelé, Rivelino y Tostão representan para Galeano el cenit del fútbol-arte, el momento en que el juego alcanzó la perfección más cercana que ha logrado en toda su historia. Galeano escribe sobre ese equipo con una reverencia que en ningún otro momento del libro adopta: es el único equipo al que parece dispuesto a conceder una grandeza sin sombra, aunque inmediatamente se corrija a sí mismo recordando que el Brasil de 1970 también fue el Brasil de la dictadura militar.
El Mundial de Argentina 1978, ya mencionado, es el momento más oscuro del libro. Galeano lo aborda con una sobriedad que es más devastadora que cualquier denuncia estridente: simplemente yuxtapone los festejos en las calles de Buenos Aires con lo que estaba ocurriendo en los centros clandestinos de detención, y deja que la contradicción hable por sí sola.
XII. La herencia del libro: Treinta años después
Han pasado casi tres décadas desde la publicación original de El fútbol a sol y sombra, y el libro mantiene una vigencia sorprendente. Muchos de los procesos que Galeano denunciaba en 1995 —la mercantilización creciente del fútbol, la hegemonía de las televisoras sobre el calendario deportivo, la corrupción en la FIFA, el éxodo de talentos latinoamericanos hacia Europa— no han hecho más que intensificarse. El fútbol de hoy es, en casi todos los sentidos que Galeano señalaba, aún más mercantilizado, aún más sometido a la lógica del espectáculo y del beneficio económico, que el de los años noventa.
Pero también algunas cosas han cambiado. El fútbol femenino, casi ausente del libro de Galeano, ha crecido de forma extraordinaria y ha comenzado a reclamar un espacio que la cultura machista le había negado sistemáticamente. La presencia de jugadores africanos y asiáticos en el fútbol europeo ha enriquecido el juego con nuevas tradiciones y nuevos estilos. La globalización ha producido mezclas culturales en el fútbol que son a la vez fascinantes y problemáticas. Si Galeano hubiera escrito el libro hoy, sin duda tendría mucho más que decir sobre estas transformaciones.
Lo que el libro conserva intacto es su densidad moral y su belleza literaria. El fútbol a sol y sombra sigue siendo uno de los mejores argumentos disponibles contra quienes creen que la cultura popular no merece el mismo nivel de atención intelectual y artística que la cultura llamada «alta». Galeano demostró que se puede escribir sobre el fútbol con la seriedad y la belleza con que se escribe sobre Dante o sobre Bach, y que hacerlo no es una concesión al gusto popular sino un reconocimiento de que la vida de los pueblos —toda ella, incluyendo sus pasiones y sus juegos— merece ser contada con el máximo cuidado y la máxima ambición.
XIII. Conclusión: El juego que somos
El fútbol a sol y sombra termina, como empezó, con una declaración de amor. Un amor que ha sobrevivido al conocimiento, que se ha mantenido vivo a través de la crítica y la duda y la desilusión, que sabe perfectamente qué es lo que ama y qué es lo que detesta de lo que ama. Este amor lúcido es quizás la postura más difícil y más honesta ante cualquier fenómeno cultural: ni la idolatría ciega ni el desprecio intelectual, sino el compromiso apasionado con la verdad de lo que se tiene enfrente.
Eduardo Galeano escribió este libro porque creía que el fútbol merece ser entendido, no solo visto; porque creía que detrás de cada partido y de cada gol hay una historia humana que vale la pena contar; porque creía que la belleza que un jugador extraordinario produce en el espacio de una cancha es una forma de arte que merecía el mismo análisis y la misma celebración que cualquier otra forma de arte humana. Y porque creía, en última instancia, que comprender el fútbol es comprender algo esencial sobre América Latina, sobre sus sueños y sus miedos, sobre su alegría y su dolor, sobre lo que es capaz de crear cuando se le deja en libertad y sobre lo que sufre cuando el poder le pone cadenas.
El fútbol, en estas páginas, es a la vez un juego y un espejo. Lo que vemos en ese espejo, si miramos con la atención que Galeano nos enseña a tener, es nuestra propia historia: contradictoria, bella, herida, rebelde. Una historia que todavía no ha terminado y que se escribe, partido a partido, en los campos de todo el mundo donde los niños corren tras una pelota con la seriedad absoluta de quien corre tras algo sagrado.
El fútbol a sol y sombra es un libro que dura. Dura porque está escrito con la pluma de alguien que sabía que el arte y la política no son enemigos sino cómplices, que la forma bella puede ser también la forma más efectiva de decir verdades incómodas, que amar sin entender es ceguera pero entender sin amar es sequedad. En la confluencia de ese amor y ese entendimiento vive este libro extraordinario, que es a la vez una celebración y una denuncia, una elegía y un manifiesto, una crónica de lo que fue y un sueño de lo que podría ser.