ReportajesTemas Destacados

El fenómeno del “muskismo: cuando la tecnología se traga al Estado y diseña el espacio público”.

En una etapa en la que el sistema internacional está presenciando importantes transformaciones estructurales y el ascenso de nuevas potencias estratégicas que dependen de la planificación estatal central y de un control estricto sobre las cadenas de suministro globales, el sistema capitalista occidental está produciendo un fenómeno antitético que no es menos impactante para el futuro de las interacciones internacionales: el fenómeno del «Muskismo».

El poder en el siglo XXI ya no es monopolio de los Estados, sus flotas y sus instituciones tradicionales. Más bien, ha surgido un nuevo tipo de actor que posee satélites, plataformas de medios de comunicación globales y un capital que supera los presupuestos de países enteros. En este complejo contexto geopolítico y económico, el libro «Muskismo», de los escritores y pensadores Quinn Slobodian y Ben Tarnoff, llega para diseccionar un fenómeno que va mucho más allá de la mera personalidad del multimillonario Elon Musk, para convertirse en una ideología integrada y en un nuevo y feroz modelo de capitalismo tecnológico.

Una biografía del capitalismo, no del individuo

Slobodian y Tarnoff comienzan su aproximación rechazando la habitual simplificación periodística que confina a Musk a dos imágenes contradictorias: o bien el genio salvador que llevará a la humanidad a Marte, o el multimillonario excéntrico y temerario. En su lugar, el libro trata el «Muskismo» como un estudio de caso que encarna profundas transformaciones en la economía política global.

El libro no lee la carrera de Musk como una historia de éxito individual, sino más bien como un producto inevitable de la acumulación de políticas económicas que han disminuido el papel del Estado en favor de la influencia sin restricciones de las gigantescas empresas tecnológicas. Es la etapa posneoliberal clásica, en la que los mercados libres ya no operan de forma aislada del dominio monopolístico. Más bien, los pioneros de Silicon Valley han comenzado a actuar como nuevos señores feudales en la era digital, poseyendo la infraestructura vital de la que dependen Estados, ejércitos e individuos por igual.

La privatización de la esfera pública

Una de las intersecciones más destacadas que el libro presenta brillantemente es la idea del control de la esfera pública. Mientras que los filósofos de la modernidad teorizaron durante mucho tiempo sobre la importancia de la esfera pública como un espacio racional donde se forman las opiniones y las ideas chocan libremente, el «Muskismo» llega para nacionalizar este espacio y privatizarlo por completo.

La compra de plataformas de redes sociales masivas no representa, en este contexto, una mera inversión comercial, sino más bien una adquisición estratégica de la infraestructura semántica de la sociedad moderna. Aquí, el libro señala cómo el «Muskismo» mezcla un discurso populista que afirma proteger la «libertad de expresión absoluta» con el ejercicio de un poder algorítmico y financiero absoluto que controla quién habla, cómo habla y qué voz se escucha. Esta flagrante contradicción entre las afirmaciones de democracia directa y la práctica oligárquica (el gobierno de unos pocos) está en el centro de la ideología desmantelada por Slobodian y Tarnoff.

El ascenso de la «empresa-estado»

El libro también nos lleva en un viaje a través de las repercusiones estratégicas de esta influencia. Poseer redes de satélites que controlan comunicaciones vitales durante conflictos armados, y establecer infraestructuras para industrias futuras críticas, como los vehículos eléctricos y el espacio, convierte al «Muskismo» en una entidad que negocia con Estados plenamente soberanos en pie de igualdad. El libro destaca cómo el Estado, incluso en las democracias occidentales más poderosas, ha retrocedido para convertirse en un cliente dependiente de estas entidades tecnológicas privadas, planteando serias preguntas sobre la naturaleza de la transición en los equilibrios de poder global. ¿Estamos simplemente ante una transferencia de poder entre grandes naciones, o el poder mismo se está filtrando fuera de las fronteras del «Estado-nación» para asentarse en Silicon Valley?

La ideología del «Muskismo»: Entre la utopía tecnológica y el reaccionarismo político

Si el capitalismo clásico se basó en el «laissez-faire, laissez-passer», entonces el «Muskismo», como postulan Quinn Slobodian y Ben Tarnoff en su libro, se basa en el principio de «déjalo tuitear, déjalo poseer la infraestructura». El libro no se limita a trazar el ascenso de Elon Musk como fenómeno financiero, sino que se sumerge en la profundidad filosófica e ideológica que impulsa este nuevo modelo económico y político, revelando una mezcla compleja y confusa de visiones futuristas extremas (Tecno-utopismo) y tendencias políticas y sociales reaccionarias.

La falsa contradicción: El libertarismo que se alimenta del Estado

Una de las ilusiones más prominentes que el libro deconstruye con rigor periodístico y académico es el estereotipo que promueve el «Muskismo» como un triunfo del libertarismo rebelde frente a las restricciones estatales. El discurso declarado de este modelo es hostil a las regulaciones gubernamentales, desprecia la burocracia y aboga por la liberación de los mercados y el espíritu empresarial de cualquier supervisión.

Sin embargo, con una mirada más atenta a la economía política de este modelo, el libro revela cómo los imperios de tecnología avanzada, desde la fabricación de automóviles eléctricos hasta la exploración espacial y las industrias de alta precisión, no se habrían mantenido en pie por sí solos sin una dependencia intensa y sistemática de contratos gubernamentales masivos y enormes subsidios provenientes del dinero de los contribuyentes. El «Muskismo» aquí no rechaza al Estado; más bien, busca vaciarlo de su papel regulador y social, transformándolo en un mero «financiador» y «cliente» subordinado a las principales empresas tecnológicas. Este cambio refleja una transformación estructural en el sistema internacional, donde la autoridad del centro (el Estado) se erosiona a favor de actores no estatales que monopolizan las herramientas del futuro.

El asesinato de la «esfera pública» y la fabricación del tecno-feudalismo

Al deconstruir el acuerdo de adquisición de las principales plataformas de redes sociales, el libro nos sitúa ante una profunda crisis filosófica y política. Filósofos, liderados por Jürgen Habermas, han considerado durante mucho tiempo la «esfera pública» como una condición fundamental para la democracia racional; un espacio deliberativo liberado del dominio del capital y del poder coercitivo del Estado.

El «Muskismo» llega para demoler esta idea desde sus raíces. No se limita a privatizar la esfera pública, sino que la transforma en un feudo digital (Tecno-feudalismo). En este nuevo sistema feudal, los usuarios no son ciudadanos que gozan de derechos, sino más bien siervos digitales que producen datos (riqueza) en beneficio de algoritmos controlados por el único «señor feudal». Lo que se comercializa como la protección de la «libertad de expresión absoluta» es revelado por el libro como un mecanismo para imponer una autoridad arbitraria que determina quién tiene derecho a hablar y cuya voz debe ocultarse, en función de los caprichos del propietario y de orientaciones algorítmicas que sirven a sus intereses.

El «largoplacismo» frío frente a la ética del cuidado

El libro también aborda el marco ético a través del cual este modelo justifica sus políticas, conocido como el movimiento del «largoplacismo» (Longtermism). Esta filosofía postula que el mayor valor moral reside en garantizar la supervivencia de la civilización humana durante millones de años en el futuro, incluso si ello requiere sacrificar el dolor y el sufrimiento de los humanos en el presente.

Slobodian y Tarnoff explican cómo esta filosofía se utiliza como una cobertura ideológica ideal para el «Muskismo». A través de un enfoque obsesivo en la colonización de Marte o el desarrollo de súper inteligencia artificial, se justifica ignorar las crisis actuales y marginar conceptos como la «ética del cuidado» y la justicia social y ambiental. Es una ideología que ve a los humanos como números en una ecuación matemática para un futuro lejano, despojados de cualquier empatía humana por el presente vivido.

Así, el «Muskismo» se encuentra en una peligrosa encrucijada: tecnología avanzada que posee la capacidad de cambiar la faz del planeta, unida a una visión social y política que reproduce lo peor de las viejas estructuras oligárquicas, creando una nueva jerarquía de clases que divide al mundo en una élite tecnológica dominante y una masa humana totalmente subordinada y vigilada.

La geopolítica del «Muskismo»: Cuando las fronteras estatales se erosionan ante los algoritmos espaciales

Los mapas del mundo ya no se dibujan únicamente con fronteras geográficas y alambre de púas, sino que ahora están moldeados por redes de fibra óptica, órbitas satelitales y cadenas de suministro de metales de tierras raras. En este panorama cambiante, el libro «Muskismo» emerge para presentar una tesis audaz: estamos viviendo los albores de una era que trasciende el tradicional «complejo militar-industrial» hacia un «complejo tecnológico-individual» transnacional. Aquí, el «Muskismo» no aparece como una mera historia de éxito comercial, sino como un actor geopolítico que posee herramientas de influencia de las que podrían carecer los ministros de Asuntos Exteriores de las grandes potencias, poniendo el concepto de «soberanía estatal» ante una prueba histórica sin precedentes.

La privatización de la seguridad nacional y la trampa de la soberanía

Uno de los capítulos más apasionantes del libro es el que analiza la creciente dependencia de los Estados de la infraestructura tecnológica propiedad de individuos. Slobodian y Tarnoff analizan brillantemente cómo las redes de comunicación por satélite se han convertido en un elemento crucial en los conflictos contemporáneos, donde la capacidad de librar una guerra ya no se limita a poseer misiles, sino a quién tiene la «llave» para operar internet en el campo de batalla.

Este cambio refleja una flagrante paradoja: mientras los Estados buscan mejorar su soberanía digital, se ven obligados a negociar con entidades privadas que no están sujetas a supervisión parlamentaria ni a tratados internacionales. Es la «privatización de la seguridad nacional» en sus formas más extremas, donde la decisión de proporcionar o bloquear el servicio en una zona de conflicto pasa a estar ligada a valoraciones individuales o a estrechos intereses económicos, lejos de los pasillos del Consejo de Seguridad o de los centros tradicionales de toma de decisiones. Esta realidad plantea una pregunta fundamental sobre quién gobierna realmente el mundo en los momentos críticos: ¿son los gobiernos elegidos o los propietarios de la infraestructura global?

Las cadenas de suministro y el equilibrio de poder entre Oriente y Occidente

El libro no pasa por alto la dura dimensión económica de la geopolítica contemporánea, concretamente la febril lucha por la alta tecnología y las cadenas de suministro de energía limpia. Aquí, los autores rastrean la trayectoria del «Muskismo» en áreas geográficas sensibles, desde las minas de litio en América del Sur hasta las gigafábricas en Asia. El libro muestra cómo este modelo tecnológico juega con las contradicciones entre las principales potencias, beneficiándose del deseo de Occidente de restaurar la manufactura y de la necesidad de Oriente de tecnología avanzada.

En el centro de esta escena, la cuestión de los semiconductores y los vehículos eléctricos emerge como una arena de choque de voluntades. Slobodian y Tarnoff explican cómo el «Muskismo» no se adhiere a lealtades nacionales tradicionales, sino que se mueve según la lógica de la «eficiencia absoluta» y el control sobre los insumos, incluso si esto requiere construir alianzas estratégicas profundas en el corazón de los centros mundiales de fabricación que compiten con la hegemonía occidental. Este comportamiento debilita la capacidad de los Estados para utilizar el «arma de las sanciones» o las «alianzas económicas» como herramientas de presión eficaces, porque los intereses tecnológicos se han entrelazado hasta un punto que dificulta la separación quirúrgica entre los bandos políticos.

La diplomacia de «un solo hombre» y la nueva legitimidad

En el pasado, las grandes corporaciones ejercían su presión a través de grupos de presión en salas cerradas, pero el «Muskismo» ha revolucionado este método. El libro describe un nuevo tipo de «diplomacia pública» directa, donde se eluden los canales oficiales para hablar directamente con los pueblos y los líderes a través de plataformas digitales.

Esta diplomacia no solo pretende influir en las políticas, sino también extraer un nuevo tipo de «legitimidad tecnológica». En lugar de derivar su legitimidad de las urnas o del contrato social, el «Muskismo» se comercializa como un poder «técnicamente cualificado» capaz de resolver los problemas de la humanidad (como la energía, la movilidad y la colonización espacial) que los gobiernos no han logrado abordar. El libro analiza este discurso como un intento de redefinir la ciudadanía; el ciudadano en este nuevo mundo es un «usuario» o un «suscriptor» en un sistema técnico integrado, no solo un miembro de una entidad política geográfica. Por lo tanto, el «Muskismo» se convierte no solo en un competidor del Estado en el poder duro, sino en un competidor en la capacidad de formular identidad y pertenencia.

La economía del «Muskismo»: La lucha por la automatización y la reproducción de la «servidumbre» digital

Si los capítulos del «Muskismo» de Slobodian y Tarnoff nos llevaron a deambular por los pasillos de la política internacional y las filosofías del «largoplacismo», sus capítulos centrales (específicamente del capítulo tres al cinco) se sumergen en el núcleo del proceso de producción. Aquí surge la contradicción más aguda en este modelo: el deseo febril de sustituir a los humanos por máquinas, yuxtapuesto a una dependencia excesiva de un trabajo humano intenso, agotador y no sindicalizado. En este escenario, el «Muskismo» no aparece simplemente como una filosofía técnica, sino como una dura reformulación del contrato social entre el empleador y el trabajador en el siglo XXI.

La cultura «Hardcore»: El trabajo como ritual religioso

Los autores revelan cómo el «Muskismo» ha logrado transformar el trabajo de un mero medio para ganarse la vida en una «misión existencial» que justifica sacrificarlo todo. El libro analiza el término «Hardcore» (duro, extremo) que este modelo impone a sus empleados, donde al trabajador no solo se le pide competencia profesional, sino que se le exige una lealtad absoluta y que trabaje horas que superan todos los estándares legales y humanos.

Este estilo de gestión, que el libro describe como «gestión mediante crisis permanente», se basa en crear un sentimiento constante de movilización para salvar a la civilización. Aquí, oponerse a las condiciones de trabajo o exigir derechos sindicales se convierte no solo en una disputa laboral, sino en una «traición» a la noble misión destinada a salvar a la humanidad. Es una ideología que convierte el agotamiento («burnout») en una insignia de honor y utiliza la presión psicológica como herramienta para lograr una productividad máxima que excede las capacidades del cuerpo humano, trayendo a la mente los peores modelos del capitalismo industrial en el siglo XIX, pero esta vez envueltos en el glamour de la tecnología futurista.

La batalla sindical: Cuando el «tecno-feudalismo» choca con la socialdemocracia

El libro dedica un espacio importante a analizar el choque inevitable entre el «Muskismo» y el modelo europeo de protección laboral. Slobodian y Tarnoff describen esta batalla como un choque entre dos épocas; la era de los sindicatos y los convenios colectivos que garantizan los derechos de la clase trabajadora, y la era de las «plataformas» que busca transformar a cada trabajador en un contratista independiente (trabajador gig) desprovisto de protección.

De Suecia a Alemania, el libro rastrea cómo las estructuras laborales tradicionales resistieron los intentos de imponer el modelo del «Muskismo», que rechaza la negociación colectiva. Para este modelo, los sindicatos son considerados un «obstáculo a la innovación» y una burocracia que obstaculiza la velocidad de los logros. Pero los autores revelan que la hostilidad hacia los sindicatos no es una mera cuestión de eficiencia, sino que tiene un núcleo político destinado a concentrar el poder absoluto en manos del «gerente-propietario», y cancelar cualquier voz que pueda equilibrar la influencia del capital dentro de la institución. Es un intento de sustituir la «democracia industrial» por un «paternalismo autoritario».

El mito de la automatización total y la frágil realidad

En uno de los análisis más profundos del libro, los autores abordan la paradoja de la «automatización». Si bien el «Muskismo» predica un mundo completamente dirigido por robots e inteligencia artificial, la realidad dentro de las fábricas revela una dependencia masiva de la «mano de obra rezagada» y de trabajos arduos que las máquinas aún no logran realizar.

Slobodian y Tarnoff explican que las promesas de una automatización integral a menudo sirven como una herramienta para amenazar a los trabajadores y reducir sus expectativas; «si no aceptan estas condiciones, los robots vendrán a reemplazarlos». Sin embargo, el libro demuestra, mediante la revisión de una serie de fallos técnicos en las líneas de producción, que el «Muskismo» adolece de una brecha masiva entre el discurso utópico y la realidad técnica. Esta brecha se salva agotando a los trabajadores humanos, a quienes se les pide que actúen como robots mientras esperan el día en que la tecnología realmente pueda desplazarlos. Así, la automatización se convierte no en un medio para liberar a los humanos del trabajo duro, sino en una espada de Damocles para asegurar su cumplimiento.

El fin de la clase media técnica

Esta sección del libro concluye con un resultado perturbador: el «Muskismo» no solo se dirige a los trabajadores de las fábricas, sino que se extiende a la clase media de ingenieros y programadores. Al transformar la programación y el trabajo técnico en tareas «extenuantes» sujetas a los mismos estándares de vigilancia y presión, el concepto de «élite técnica» estable se destruye a favor de un ejército de «proletariado digital» que vive en una constante ansiedad por el reemplazo. Este cambio remodela la pirámide social en los centros tecnológicos globales, donde la riqueza se concentra en una cúspide muy estrecha, mientras que se expande la base de trabajadores que carecen de seguridad laboral a pesar de sus altas habilidades.

Conclusión: Reclamar la soberanía popular sobre el futuro

En la sección de «Conclusión», los autores plantean la pregunta fundamental: ¿Es el «Muskismo» un destino inevitable? Aquí, el libro se aleja del pesimismo absoluto, presentando una visión para reclamar la tecnología como un «bien público». Slobodian y Tarnoff sostienen que la solución no radica únicamente en regular estas empresas o en imponerles impuestos más altos, sino en «expropiar» la infraestructura vital monopolizada por el «Muskismo».

La conclusión analiza la necesidad de crear un «internet público», redes de comunicación que no estén sujetas a los caprichos de los multimillonarios y tecnologías energéticas y espaciales que sirvan a los objetivos colectivos de la humanidad en lugar de a las ambiciones personales de la élite. Reclamar la tecnología, según el libro, requiere redefinir nuestra relación con las herramientas que utilizamos; en lugar de ser «usuarios» en un feudo digital, debemos convertirnos en «ciudadanos técnicos» que participen en determinar el destino de las innovaciones que dan forma a sus vidas.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba