Humanos sin amos
¿Cómo están David Graeber y David Wingro reescribiendo la historia de la humanidad?

Desde que nos sentamos en nuestros primeros pupitres escolares, se nos ha inculcado una única historia inmutable sobre nuestra historia humana, una historia que parece coherente, lógica e inevitable hasta el punto de impedirnos cuestionarla. Esta historia comienza con la «infancia de la humanidad», donde nuestros primeros antepasados vivían en pequeños grupos de cazadores-recolectores, vagando por la tierra con una inocencia natural o un salvajismo primitivo. Luego vino el «descubrimiento» de la agricultura, y con él nació la propiedad privada, las sociedades se expandieron y surgió la necesidad inevitable de administración y burocracia, lo que finalmente llevó al surgimiento del Estado, las clases sociales y la desigualdad de clases que vivimos hoy.
Según esta narrativa, la desigualdad, las guerras y la burocracia asfixiante son simplemente el «impuesto de la civilización» que debemos pagar a cambio de tener teléfonos inteligentes, medicina moderna y la relativa seguridad que ofrecen los Estados modernos. O vivimos en un estado de guerra de todos contra todos, como imaginó el filósofo inglés Thomas Hobbes, o somos «buenos salvajes», como concibió el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau.
Pero, ¿y si toda esta historia… fuera solo un mito?
Aquí interviene el libro «El amanecer de todo: Una nueva historia de la humanidad» (The Dawn of Everything: A New History of Humanity), que es el fruto de una colaboración extraordinaria de diez años entre el difunto antropólogo David Graeber (uno de los pensadores radicales más destacados de nuestro tiempo y una de las mentes fundadoras del movimiento «Occupy Wall Street») y el renombrado arqueólogo David Wengrow. Este libro no es solo una nueva adición a los estantes de historia, sino un verdadero terremoto intelectual y un intento audaz y riguroso de desmantelar la narrativa tradicional que ha encadenado nuestra imaginación política y social durante siglos.
Demoliendo el ídolo del «Determinismo Histórico»
Graeber y Wengrow comienzan con un ataque directo a las grandes narrativas presentadas por pensadores contemporáneos como Yuval Noah Harari en «Sapiens» o Jared Diamond en «Armas, gérmenes y acero». Los autores sostienen que estos libros, a pesar de su abrumadora popularidad, simplemente reproducen el mismo viejo mito, pero con una envoltura científica moderna. Nos dicen que el camino de la humanidad fue lineal e inevitable: de pequeñas bandas a tribus, luego a jefaturas y, finalmente, a estados imperiales complejos.
Con rigor académico, los autores nos presentan una avalancha de evidencias arqueológicas y antropológicas modernas que han sido ignoradas, deliberada o inadvertidamente, porque simplemente no encajan con la «historia oficial». El lector descubre que los primeros humanos no eran meras máquinas biológicas que reaccionaban a su entorno en busca de calorías, sino que eran seres profundamente políticos, con una profunda autoconciencia, que experimentaban constantemente con diferentes formas de organización social.
La crítica indígena: ¿Cómo inspiraron los nativos americanos a la Ilustración europea?
Uno de los capítulos más sorprendentes del libro, que bien podría ser un reportaje de investigación independiente, es el relacionado con la «Crítica indígena» (The Indigenous Critique). Graeber y Wengrow le dan la vuelta a la narrativa eurocéntrica que afirma que conceptos como la «libertad» y la «igualdad» son inventos puramente europeos que surgieron de las mentes de los filósofos de la Ilustración en los salones de París y Londres.
En cambio, el libro revela, a través de documentos históricos, diálogos reales y profundos que tuvieron lugar en el siglo XVII entre misioneros y funcionarios franceses, por un lado, y pensadores y líderes nativos de América del Norte, por el otro. Aquí destaca el nombre de «Kandiaronk», un líder y pensador de la nación «Wendat», que fue un brillante conversador y un feroz crítico de la sociedad europea.
Kandiaronk criticó duramente la desigualdad en Francia, el salvajismo del sistema judicial, la dependencia ciega del dinero, la falta de libertades individuales y la sumisión ciega de los europeos a la autoridad. El libro sostiene, con pruebas textuales convincentes, que estas mordaces críticas dirigidas por los pueblos indígenas a la sociedad europea fueron las que conmocionaron la mente europea y obligaron a los pensadores occidentales a reflexionar sobre los conceptos de igualdad y libertad, constituyendo la verdadera chispa que encendió la era de la Ilustración. En otras palabras, los filósofos de la Ilustración no estaban inventando los conceptos de igualdad de la nada, sino que estaban respondiendo a la «Crítica indígena» que venía del otro lado del océano.
Innumerables experimentos sociales
Lo que te mantiene atrapado en la lectura de este enorme tomo es la forma en que los autores narran la diversidad de la vida humana en tiempos prehistóricos. El libro nos dice que las sociedades de cazadores-recolectores no eran todas comunidades igualitarias simples. Algunas construyeron complejas estructuras jerárquicas, tumbas fastuosas e incluso tal vez practicaron la esclavitud, pero —y aquí radica la genialidad— lo hacían de manera «estacional».
En partes de América del Norte y Europa, las sociedades alternaban entre sistemas sociales completamente diferentes según las estaciones del año. En verano, se dispersaban en pequeños grupos igualitarios. Y en invierno, se reunían en grandes asentamientos y construían estructuras de poder jerárquicas, policías y reyes, para desmantelar todo eso una vez que llegaba la primavera. Esta alternancia demuestra que nuestros antepasados poseían una imaginación política activa y eran plenamente conscientes de los peligros del poder, y por eso lo hicieron temporal y un juego de roles, no un destino inevitable del que no se podía escapar.
Quizás una de las convicciones más arraigadas en nuestros planes de estudio y en nuestra conciencia histórica es ese momento decisivo que llamamos la «Revolución Agrícola». La narrativa clásica nos dice que el descubrimiento de la agricultura fue el punto de no retorno; una vez que el primer humano esparció las semillas y se instaló a esperar la cosecha, cayó en una trampa ineludible. De repente surgieron los conceptos de propiedad privada de la tierra, la protección de las cosechas requirió la construcción de ejércitos, y el almacenamiento del excedente agrícola exigió el surgimiento de una clase de administradores y burócratas. Y así, de manera inevitable, nació la estratificación social y surgió el Estado. Pensadores como Jared Diamond han retratado la agricultura como «el peor error en la historia de la humanidad».
Sin embargo, escarbando en los últimos descubrimientos arqueológicos, David Graeber y David Wengrow ponen esta narrativa patas arriba. Los autores ven en su libro «El amanecer de todo» que el término «revolución» en sí mismo es muy engañoso; sugiere un evento repentino y una transición dramática y rápida que cambió la faz de la historia de la noche a la mañana. En realidad, la evidencia arqueológica moderna nos dice que la transición a la agricultura fue un proceso lento, intermitente y que tomó miles de años.
La «Agricultura lúdica» (Play Farming): Una elección, no un destino
En lugar de saltar a ciegas a la trampa agrícola, nuestros antepasados practicaron lo que los autores llaman «Agricultura lúdica». Durante largos períodos que abarcaron miles de años, los humanos cultivaban ciertas plantas, pero no dependían totalmente de ellas. Las cultivaban y luego las dejaban para emprender viajes de caza y recolección. Conocían la agricultura, entendían sus mecanismos, pero se negaron conscientemente a convertirse en esclavos de los campos.
El libro plantea una idea asombrosa y revolucionaria: el rechazo a la agricultura intensiva no surgió de la ignorancia o el atraso, sino que fue una decisión política y social consciente. Muchas sociedades se dieron cuenta de que la dependencia total de la agricultura requería un trabajo duro y tedioso y creaba una jerarquía social, por lo que eligieron por su propia voluntad mantener su estilo de vida más diverso y libre. Graeber y Wengrow utilizan el concepto de «Cismogénesis» (Schismogenesis) para explicar cómo algunas sociedades vivían codo a codo con comunidades agrícolas, pero elegían deliberadamente no cultivar, solo para diferenciarse de sus vecinos y preservar sus propios valores, al igual que las naciones de hoy eligen sus sistemas políticos y económicos para diferenciarse de sus rivales.
Megaciudades… pero sin amos
Si superamos el impacto de que la agricultura no fue una trampa inevitable, chocamos con la segunda piedra angular de la narrativa tradicional: la «inevitabilidad del Estado con el aumento de la población». La regla sociológica que recibimos como un axioma dice: si la población de un asentamiento supera unos pocos miles, es imposible administrarla sin una jerarquía, una policía, un sistema de clases y un gobernante central. «No se puede administrar una ciudad moderna con un sistema de consejos tribales», nos dicen los defensores del determinismo.
Aquí, «El amanecer de todo» abre los archivos de antigüedades olvidadas y marginadas para presentarnos pruebas concluyentes que refutan esta regla. El libro nos lleva a un viaje periodístico ilustrado a los gigantescos yacimientos de «Tripilia» (Trypillia) en Ucrania y Europa del Este, que datan de la Edad del Cobre (alrededor del 4000 a. C.). Estos sitios eran ciudades enormes, más grandes que cualquier ciudad de Mesopotamia en ese momento, albergando a decenas de miles de habitantes.
¿La sorpresa impactante sobre la que la historia tradicional guardó silencio? Los arqueólogos no encontraron en estas megaciudades ningún rastro de palacios, templos masivos, edificios administrativos centrales o tumbas fastuosas que indicaran la presencia de un rey o una clase dominante. Las ciudades estaban diseñadas en forma de círculos concéntricos, consistentes en casas de igual tamaño, centradas alrededor de grandes plazas de reunión. Eran metrópolis urbanas complejas y prósperas, que vivieron durante siglos en relativa paz y administraron sus propios asuntos sin la necesidad de una burocracia opresiva o una clase de aristócratas.
Y la cosa no se detiene en Europa del Este. El libro nos traslada a la asombrosa ciudad de «Teotihuacán» en Mesoamérica, que competía con Roma en tamaño durante sus días de gloria. Las excavaciones revelan que esta ciudad ya había comenzado a construir una jerarquía autoritaria, pero en algún momento de la historia ocurrió una revolución popular, se detuvo la construcción de templos de dioses-reyes y los recursos de la ciudad se dirigieron a construir un sistema de vivienda social de alta calidad y cómodo que incluyó a casi todos los residentes de la ciudad. Los habitantes de Teotihuacán decidieron vivir en una ciudad igualitaria y lograron administrarla durante siglos sin reyes.
Incluso en la civilización del Valle del Indo (en los actuales Pakistán e India), en ciudades como «Harappa» y «Mohenjo-Daro», encontramos una planificación urbana extremadamente precisa, sistemas de alcantarillado que superan a los que existían en algunas capitales europeas en el siglo XIX, pesos y medidas estandarizados, y un comercio a gran escala… todo esto sin ningún rastro de estatuas de reyes, palacios gobernantes o ejércitos centrales.
¿Qué significa todo esto?
La revisión de esta evidencia en «El amanecer de todo» asesta un golpe mortal a la desesperación política contemporánea. Si la narrativa tradicional nos dice que la desigualdad social es el impuesto inevitable por vivir en sociedades grandes y complejas, Graeber y Wengrow demuestran con pruebas materiales que nuestros antepasados lograron construir ciudades masivas, civilizaciones florecientes y complejas redes comerciales, mientras mantenían organizaciones sociales basadas en la igualdad y la cooperación voluntaria. Poseían una flexibilidad política de la que nosotros carecemos hoy.
Después de que David Graeber y David Wengrow demuelen los mitos relacionados con la agricultura y las ciudades en las primeras partes de su libro «El amanecer de todo», nos trasladan a la pregunta más compleja y apremiante en la historia de las ciencias sociales: ¿Qué es el «Estado»? ¿Y cómo terminamos prisioneros dentro de sus muros? En esta sección de su épica revisión, los autores practican una especie de «anatomía política» de esta entidad que hoy consideramos un destino ineludible. La narrativa tradicional nos dice que el «Estado» surgió como un paquete único e integrado: un rey, un ejército, una burocracia y una ley. Pero Graeber y Wengrow, con su estilo de periodismo de investigación, desmantelan este paquete para mostrar que nunca fue un bloque único, sino más bien experimentos humanos tropezados en el control, cuya fusión en una sola entidad tomó miles de años.
Los tres pilares del control: El triángulo maldito
El libro plantea una visión revolucionaria: lo que llamamos el «Estado moderno» es en realidad la fusión de tres tipos independientes de poder, que no necesariamente convergían en las sociedades antiguas. Los autores los llaman «los tres principios de dominación»:
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Soberanía (El control de la violencia): La capacidad de ejercer violencia física absoluta y arbitraria, como vemos en los rituales de sacrificio humano en los reinos antiguos o el derecho de los reyes a matar.
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Administración (El control de la información): La burocracia, la capacidad de inventariar, censar, gravar y controlar los recursos a través de registros.
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Carisma (Política heroica): El control a través de la persuasión, la competencia individual, la oratoria y los duelos políticos que vemos en sociedades «heroicas» como la Grecia homérica.
Los autores argumentan que la historia antigua está llena de sociedades que poseían uno o dos de estos pilares, pero que rechazaron el tercero de manera consciente. Por ejemplo, la civilización Inca poseía un asombroso sistema administrativo y burocrático (el segundo pilar) y la soberanía absoluta del gobernante (el primer pilar), pero no poseía «política» en el sentido carismático competitivo. Por el contrario, algunas sociedades tenían una política heroica ruidosa y competiciones carismáticas, pero carecían por completo de burocracia o del derecho a matar arbitrariamente.
El gran engaño en nuestra historia moderna es que nos hicimos la ilusión de que estos tres elementos debían unirse para formar un «Estado exitoso». Graeber y Wengrow demuestran que el «Estado» en este sentido no es una evolución natural, sino un extraño accidente histórico en el que estas tres fuerzas se fusionaron para crear un sistema opresivo integral del que es difícil escapar.
Las tres libertades perdidas
Si el libro busca entender cómo nos quedamos «atrapados» en este sistema, comienza definiendo qué es lo que realmente hemos perdido. Los autores sugieren que los humanos en la mayor parte de su historia disfrutaron de tres libertades fundamentales, que hoy consideramos «ciencia ficción»:
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La libertad de movimiento: La capacidad de abandonar tu comunidad e ir a otro lugar, con la certeza de que serás recibido y bienvenido en una nueva comunidad. Esta libertad era la válvula de seguridad contra la tiranía; si un líder intentaba imponer su voluntad, la gente simplemente se marchaba.
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La libertad de desobedecer órdenes: Las órdenes en las sociedades antiguas no eran obligatorias en el sentido moderno. Un líder podía sugerir, pero no poseía un mecanismo coercitivo para obligar a otros a ejecutar.
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La libertad de cambiar el sistema social: Esta es la libertad más importante y el objetivo final del libro. Los humanos se movían entre diferentes sistemas políticos estacionalmente o según fuera necesario. Entendían que el sistema social no es «naturaleza», sino una «construcción» que se puede desmantelar y reconstruir.
El libro sostiene que la verdadera tragedia de la humanidad no es el surgimiento del Estado, sino la «pérdida de la capacidad de imaginar una alternativa a él». Hemos perdido la flexibilidad que permitió a nuestros antepasados experimentar la libertad y la igualdad durante miles de años.
¿Cómo nos «atrapamos»? De los rituales a las leyes
Graeber y Wengrow presentan una hipótesis controvertida sobre cómo el poder pasó de ser un «juego» o un «ritual temporal» a una «realidad permanente». Los autores señalan que muchas herramientas de control comenzaron como juegos o rituales religiosos. Los sacrificios humanos, la violencia ritual y la burocracia temprana se practicaban inicialmente en épocas específicas del año o en estrechos contextos funerarios.
El desastre ocurrió cuando estas «excepciones rituales» comenzaron a convertirse en «reglas permanentes». Cuando el guardia que protegía el templo durante una temporada se convirtió en un policía permanente, y cuando el censo necesario para distribuir alimentos en una hambruna se convirtió en un sistema fiscal interminable.
Los autores utilizaron aquí el término «arteriosclerosis política» para describir el proceso en el que las sociedades perdieron su flexibilidad. En lugar de que el ser humano sea el creador del sistema, el sistema se convirtió en el que crea al ser humano, restringe su movimiento y confisca su imaginación.
Revisión del concepto de «Civilización»
En esta parte del libro, los autores lanzan un ataque a la forma en que usamos la palabra «civilización». A menudo asociamos la civilización con la arquitectura monumental, la escritura y la burocracia. Pero Graeber y Wengrow proponen una definición diferente: la verdadera civilización es la capacidad de crear una sociedad que respete las libertades fundamentales del ser humano.
Dan el ejemplo de las «zonas rebeldes» en la historia, como los pueblos de las tierras altas en el sudeste asiático o las sociedades de América del Norte antes del colonialismo, que rechazaban deliberadamente la escritura porque la asociaban con la recaudación de impuestos y la esclavitud. Estos no eran «primitivos» incapaces de inventar, sino «radicales políticos» que rechazaron la tecnología del control para preservar su libertad.
La propiedad no es una relación entre «una persona y una cosa», sino entre «personas»
Los autores plantean una idea que puede parecer extraña al principio: la propiedad privada, en su esencia, no es una relación entre una persona y un pedazo de tierra o una herramienta, sino que es una relación entre el dueño de la tierra y el resto de la humanidad, y es una relación basada fundamentalmente en el «derecho de exclusión» respaldado por la violencia. En términos periodísticos directos: la propiedad es tu derecho a decirle a los demás «No puedes entrar a este lugar», y si lo intentas, tengo derecho a usar la fuerza contra ti.
Pero, ¿de dónde vino esta idea? El libro emprende un asombroso viaje antropológico para conectar la propiedad con lo «sagrado». Los autores señalan que las sociedades antiguas designaban ciertos objetos (herramientas rituales, estatuas de dioses, restos de antepasados) como objetos «sagrados» que nadie podía tocar ni a los que podía acercarse. Esta «exclusión» era inicialmente religiosa y simbólica, y tenía como objetivo proteger el espíritu de la comunidad.
El desastre político ocurrió cuando este concepto ritual fue «secularizado». La exclusión se transformó de proteger lo «sagrado» en beneficio de todos, a proteger la «propiedad» en beneficio del individuo. Los reyes y los ricos tomaron prestado el prestigio de los «dioses» para rodear sus posesiones del mismo halo de prohibición, convirtiendo el derecho de exclusión de un ritual religioso en una ley civil respaldada por las armas.
El papel olvidado de las mujeres: Una revolución del «Cuidado», no de la «Producción»
Graeber y Wengrow nos trasladan a un espacio que a menudo es marginado en los libros de historia tradicionales: el papel de la mujer. La narrativa clásica siempre se centra en el «Hombre cazador» o el «Hombre guerrero» como el principal agente de cambio. Pero «El amanecer de todo» presenta una visión completamente diferente, situando a las mujeres en el corazón de la innovación humana.
Los autores sostienen que la mayoría de las innovaciones que consideramos la base de la civilización (desde la alfarería hasta el tejido y la botánica, que allanó el camino para la agricultura) fueron en su mayoría el producto del trabajo de las mujeres en contextos de «cuidado del hogar». Estas innovaciones no tenían como objetivo el control o la expansión imperial, sino mejorar la calidad de vida y desarrollar herramientas sociales.
El libro nos introduce en una fascinante discusión periodística sobre cómo estas innovaciones fueron «secuestradas» y convertidas en herramientas de poder. La agricultura, que comenzó como una «botánica feminista» basada en la diversidad y la libertad, fue transformada por los sistemas patriarcales en un sistema de producción en masa destinado a recaudar impuestos y alimentar ejércitos. Aquí surge la pregunta: ¿fue el Estado en esencia un intento masculino de controlar las redes de cuidado y producción creadas por las mujeres?
La cismogénesis (Diferenciación interactiva): ¿Por qué los vecinos insisten en ser diferentes?
Los autores regresan para aclarar el concepto de «Schismogenesis» (Cismogénesis o diferenciación interactiva) con ejemplos más profundos. Nos llevan a la costa oeste de América del Norte, donde dos grupos de pueblos indígenas vivían uno al lado del otro: las tribus del norte y las tribus del sur.
Las tribus del norte tenían un sistema aristocrático, practicaban la esclavitud y celebraban suntuosas fiestas de «Potlatch» para destruir propiedades como demostración de poder. Por el contrario, las tribus del sur (en la actual California) rechazaban por completo la esclavitud, consideraban vergonzoso alardear de la riqueza y adoptaban una ética de trabajo ascética.
Este marcado contraste no fue una coincidencia ambiental, sino una decisión política consciente. La «conclusión periodística» aquí es que los humanos no desarrollan sus culturas en el vacío, sino que a menudo eligen ser «lo contrario» de sus vecinos, cuyos sistemas odian. La antigua California no carecía de «desarrollo» para llegar a ser como el aristocrático norte, sino que eligió «no serlo». Esto demuestra una vez más que la libertad política —la capacidad de rechazar un modelo social específico— fue el verdadero motor de la diversidad humana.
La trampa de la primera «Burocracia»
El libro aborda cómo comenzó la burocracia en sitios como «Çatalhöyük» en Turquía o Mesopotamia. Los autores argumentan que los primeros sellos de arcilla no se usaban para organizar el comercio mundial como se nos ha dicho, sino que inicialmente se usaban para organizar los almacenes domésticos y garantizar la distribución de las raciones dentro de la pequeña comunidad.
El problema comenzó cuando esta herramienta técnica (el sello y el registro) se separó de su propósito humano (el cuidado y la distribución justa) y se convirtió en una herramienta en manos de una clase separada de «escribas» que comenzaron a ver a los humanos como números en sus registros. Es el momento en que la «justicia» se transformó de un concepto social vivo a una «ley» rígida escrita en tablillas de arcilla.
¿Estamos realmente «atrapados»?
Al final de esta parte, Graeber y Wengrow plantean una pregunta inquietante: si nuestros antepasados tuvieron éxito durante miles de años en evitar las trampas autoritarias y en cambiar sus sistemas sociales con la misma facilidad con que se cambiaban de ropa, ¿por qué sentimos hoy que estamos atrapados en un solo sistema inmutable?
¿Por qué nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo (a través de un desastre climático o una guerra nuclear) que imaginar el fin del capitalismo o del Estado-nación? Los autores sostienen que el problema no está en la «realidad», sino en nuestra «imaginación», que ha sido domesticada y disminuida a lo largo de siglos de narrativas históricas engañosas que nos dicen que hemos «alcanzado la mayoría de edad» y que no podemos volver a practicar los «juegos» de libertad que practicaban nuestros antepasados.




