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¿Por Qué La Humanidad Es Propensa A La Guerra?

El género humano y su obsesión con la autodestrucción

En un mundo que hoy se mantiene de puntillas, anticipando con gran ansiedad la escalada de los focos de conflicto internacional y fascinado —al mismo tiempo— por las tecnologías modernas de la letalidad, la vieja y urgente pregunta vuelve a imponerse sobre la mesa del debate humano: ¿Por qué los seres humanos hacen la guerra? Esta pregunta no parece un lujo intelectual en una época donde la guerra cibernética se entrelaza con la artillería convencional, y donde los ejércitos se mueven sobre la base de justificaciones que a veces recurren a mitos históricos y otras veces a complejos cálculos geopolíticos. Es el dilema de los dilemas, el enigma que filósofos, científicos, poetas e historiadores han intentado descifrar a lo largo de las eras sin lograr un antídoto eficaz que evite que la especie humana se deslice repetidamente hacia el abismo.

En medio de este escenario turbulento llega el libro del prominente historiador británico Richard Overy, publicado recientemente bajo un título decisivo y directo: «Why War?» (¿Por qué la guerra?), para ofrecer un intento ambicioso y majestuoso de releer los mapas intelectuales que han tratado de explicar esta locura organizada. Overy, para quienes no lo conocen, no es un extraño en los pasillos de la destrucción humana; es uno de los historiadores globales más destacados que ha dedicado décadas de investigación académica al estudio de la Segunda Guerra Mundial, las características de los regímenes dictatoriales totalitarios y el ascenso del nazismo y el estalinismo. Sin embargo, en este nuevo libro, se despoja de la capa del historiador tradicional atrapado dentro de los documentos de archivo diplomático de un siglo específico y se adentra en un espacio más amplio que abarca decenas de miles de años, utilizando las herramientas tanto de las humanidades como de las ciencias naturales por igual.

El valor central del que parte Overy en esta obra no radica en ofrecer una nueva narrativa histórica de batallas famosas o analizar la genialidad de los líderes militares, sino en el intento de comprender la «infraestructura» de la violencia colectiva. Interroga al cuerpo humano, la mente subconsciente, la cultura tribal y el entorno circundante, llegando hasta los sistemas de creencias y la lucha por el poder, para finalmente formular una guía crítica e integral que deconstruye cómo la guerra se transformó de una mera herramienta primitiva para la supervivencia en una institución social, política y cultural profundamente arraigada de la que el mundo contemporáneo es incapaz de escapar.

Las sombras de la correspondencia histórica: Einstein y Freud en la trampa de la perplejidad

Overy comienza su viaje epistemológico regresando a un momento histórico crucial que encapsula la perplejidad de la mente moderna. En 1932, bajo los auspicios del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, tuvo lugar una famosa correspondencia entre dos gigantes intelectuales del siglo XX: el físico Albert Einstein y el fundador del psicoanálisis Sigmund Freud. Einstein, impulsado por una postura humanista antibélica y una profunda ansiedad ante los presagios de un nuevo conflicto europeo, planteó una pregunta directa a Freud: «¿Hay alguna manera de liberar a la humanidad de la amenaza de la guerra?». Einstein pensaba que el hombre que pasó su vida explorando las profundidades de la psique humana poseía las claves del entendimiento capaces de refrenar esta autodestrucción.

Pero la respuesta que llegó de Freud fue decepcionante, incluso profundamente ahogada en su lúgubre melancolía. Freud argumentó que la violencia no es ajena al hombre, sino una característica original que distingue a todos los reinos animales, incluida la raza humana. Sostuvo que la propensión a la lucha y la destrucción proviene de un impulso instintivo arraigado en las profundidades de todo ser vivo, al que denominó la «pulsión de muerte», una energía psíquica destructiva que no puede ser abolida pero que, en el mejor de los casos, puede ser guiada o canalizada.

Overy toma esta correspondencia, que no alberga ningún optimismo, como punto de partida para afirmar que la respuesta a la pregunta de la guerra sigue siendo, casi un siglo después de aquel debate, desgarradora, frustrante y evasiva al sumo grado. Señala con perspicacia periodística y juicio histórico que el verdadero dilema puede radicar en la formulación misma de la pregunta; pues al observar la larga historia llena de conflictos colectivos organizados, la pregunta más lógica y urgente podría ser: «¿Por qué la guerra no ocurre siempre?», en lugar de «¿Por qué ocurre?».

Rompiendo el mito del «primitivo pacífico»: ¿Qué dice la arqueología?

Durante muchas décadas, una narrativa romántica dominó la antropología y la arqueología, defendiendo la idea de la «paz primitiva» del hombre. Esta teoría, adoptada por grandes investigadores como Bronislaw Malinowski y Margaret Mead, sostenía que las primeras sociedades humanas que vivieron antes del surgimiento del Estado eran pacíficas por naturaleza, y que la violencia no superaba las peleas locales o los rituales de exhibición no letales, y que la guerra en su forma brutal fue una invención moderna asociada con la aparición de los estados, las propiedades y las organizaciones burocráticas complejas. Malinowski veía la guerra moderna como una «aberración nihilista» que no tenía conexión con la naturaleza pura del hombre primitivo.

Sin embargo, Richard Overy, impulsado por recientes descubrimientos arqueológicos y antropológicos, demuele por completo este romanticismo intelectual en los primeros capítulos de su libro. El autor explica que la idea del «primitivo pacífico» ya no se sostiene ante el torrente de evidencias que emergen de las entrañas de la tierra. Los exámenes médicos forenses de esqueletos que datan de la Edad de Piedra (Neolítico) y épocas anteriores revelan un patrón aterrador de violencia colectiva organizada y letal.

Overy revisa ejemplos horripilantes que confirman la antigüedad del crimen colectivo humano; en el sitio de «Crow Creek» en Dakota del Sur, América del Norte, se encontró una fosa común que contenía los restos de 415 esqueletos que datan de mediados del siglo XIV d.C. Los análisis científicos minuciosos mostraron que el 89% de estas víctimas habían sido escalpadas, y una gran parte de ellas portaba rastros de golpes de hachas de piedra en los cráneos, lo que refleja una masacre integral de exterminio a la que el grupo fue sometido siglos antes de la llegada del hombre blanco con sus armas mortales.

El asunto no se limita únicamente al continente americano; en el corazón de Europa, específicamente en el valle del Rin (el sitio de Talheim) y cerca de Viena (el sitio de Asparn), los arqueólogos han encontrado fosas comunes de restos humanos pertenecientes a las culturas de la Edad de Piedra temprana. Los cuerpos fueron arrojados en fosas defensivas, y los huesos portaban rastros claros de flechas de piedra incrustadas en las vértebras y cráneos aplastados por hachas cortantes, lo que demuestra que las masacres colectivas formaban parte de las herramientas de interacción humana desde los albores de la historia.

Estos datos llevan a Overy a adoptar una definición operativa amplia de la guerra, una que no la restringe a ejércitos regulares y grandes batallas, sino que ve la guerra en toda «violencia colectiva, intencional y letal que ocurre entre distintos grupos humanos», ya sea que tome la forma de incursiones repentinas, emboscadas, escaramuzas tribales o masacres de liquidación.

El mapa metodológico del libro: La dualidad de los impulsos inevitables y las elecciones conscientes

Para proporcionar un análisis cohesivo sin perderse en los detalles de las miles de guerras libradas por la humanidad, Overy divide metódicamente su libro en dos partes principales que representan dos grandes corrientes intelectuales en la explicación de la violencia:

La primera parte: Explicaciones que se basan en fuerzas naturales y culturales (determinismo biológico y ambiental): Examina cómo el hombre cae presa de los mecanismos de la evolución, las presiones psicológicas inconscientes o los determinantes ambientales y ecológicos de gran impacto que lo empujan con fuerza hacia el conflicto como una estrategia para la supervivencia y la adaptación.

La segunda parte: Explicaciones que se basan en la percepción consciente (motivos teleológicos): Analiza la guerra como una elección consciente y una cultura que el propio hombre crea para lograr objetivos específicos, medibles y variables en el tiempo. Overy condensa estos motivos en cuatro grandes ejes: recursos, creencias, poder y seguridad.

Overy afirma que estos dos caminos no están completamente separados en la realidad práctica, sino que se entrelazan de maneras complejas. El ser humano impulsado por sus genes o su entorno justifica sus guerras con ideologías religiosas o nacionalistas, y los estados modernos que libran guerras estratégicas complejas por seguridad o recursos no pueden activar estas guerras sin invocar la psicología de la movilización y la incitación tribal primitiva latente en las profundidades de la conciencia humana.

Poniendo a juicio el determinismo biológico: ¿Heredan los ejércitos sus genes de la selva?

Cuando los políticos fracasan en explicar sus catástrofes, a menudo tienden a culpar a la naturaleza humana, considerando la guerra como un destino inevitable impulsado por instintos sobre los cuales no tenemos control. Richard Overy dedica un amplio espacio del segundo capítulo a poner a juicio esta propuesta defendida por los pioneros de la sociobiología y la psicología evolutiva. Los partidarios de esta corriente argumentan que el ser humano, en última instancia, no es más que un mamífero evolucionado que lleva en su ADN un pesado legado de violencia que fue necesario para la supervivencia en las eras primordiales. Estos adeptos se apoyan en famosos estudios de comportamiento realizados en primates genéticamente cercanos a nosotros, como los chimpancés de la selva profunda, donde la científica Jane Goodall en la década de 1970 documentó lo que se conoció como la «Guerra de los Chimpancés de Gombe», en la que dos grupos de simios lanzaron incursiones organizadas y mortales para exterminarse mutuamente con el objetivo de controlar el territorio y las hembras.

Pero Overy rechaza esta proyección directa y simplista del comportamiento animal sobre la complejidad humana. Explica que la comparación biológica es una falacia científica e histórica; pues el hombre también posee en su ascendencia mamífera a la especie «bonobo», que son primates muy cercanos a los chimpancés pero viven en sociedades basadas en la cooperación, la paz completa y la resolución de conflictos a través de la interacción social en lugar de la matanza. Más importante aún, a ojos de Overy, la violencia animal sigue siendo instintiva, inmediata e individual o semicoléctiva y limitada, mientras que la guerra humana es un acto institucional que requiere una larga planificación, financiamiento, desarrollo de armas, organización burocrática y división del trabajo. Los genes pueden explicar la ira o la reacción defensiva inmediata al exponerse al peligro, pero son completamente incapaces de explicar cómo un general se sienta en una habitación con aire acondicionado para planificar un ataque militar que se ejecutará seis meses después en otro continente. La guerra, por lo tanto, no es una secreción biológica inevitable, sino una construcción cultural y organizacional compleja que trasciende los límites del instinto animal.

Laboratorios de psicología: ¿Cómo se convierte un buen vecino en un asesino profesional?

Overy se traslada luego del reino de la biología y los genes a los pasillos de la psique humana, cuestionando cómo los regímenes políticos logran convertir a individuos pacíficos, que practican su vida diaria con amabilidad, en máquinas de matar colectivas en tiempos de guerra. Aquí, el autor convoca los grandes logros de la psicología experimental del siglo XX, particularmente el famoso experimento de Stanley Milgram sobre la «obediencia a la autoridad» y el experimento de la prisión de Stanford dirigido por Philip Zimbardo. Estos experimentos de laboratorio revelaron una realidad aterradora y perturbadora para la conciencia moral; a saber, que el ser humano posee una enorme propensión a abandonar su brújula moral individual tan pronto como se sumerge en un contexto colectivo organizado, o al recibir órdenes de una autoridad que considera legítima.

Overy analiza esta transformación psicológica a través del concepto de «deshumanización del otro», que es la táctica psicológica más importante empleada por la propaganda de guerra en todas las épocas. Para que un ser humano mate a otro ser humano sin caer víctima de un complejo de culpa o de un trauma psicológico agudo, este enemigo debe ser representado primero bajo la forma de «ratas», «plagas» o una «amenaza existencial bárbara» que atenta contra la supervivencia del grupo. A través de esta distorsión cognitiva, la maquinaria mediática y política logra despertar la psicología tribal latente en la mente subconsciente, donde el mundo se divide tajantemente entre el absoluto «nosotros» en su bondad y el absoluto «ellos» en su maldad. El ego individual se funde dentro del ego colectivo, y sacrificar al otro se convierte en un deber sagrado para proteger a la tribu o la nación, lo que explica cómo ciudadanos comunes, que eran buenos padres y amantes de la música, participaron en las atrocidades del Holocausto o en las masacres de Ruanda sin pestañear.

La trampa de la mente colectiva y la estrategia de la huida hacia adelante

Inmerso en este contexto psicológico, Overy ve que la guerra se alimenta de una especie de racionalidad distorsionada o «locura organizada». Los líderes militares y políticos que toman la decisión de encender los conflictos no son necesariamente psicópatas o locos en el sentido médico, sino que a menudo son individuos que actúan de acuerdo con una lógica estricta y cerrada impuesta por su posición en el poder y su temor a perder el estatus. El autor habla de lo que denomina la «trampa de la mente colectiva de los líderes», donde los informes de inteligencia engañosos y el deseo de complacer al gobernante oscurecen los hechos desnudos, creando un ambiente de soberbia cognitiva que ciega a los tomadores de decisiones ante las consecuencias de sus actos.

Y cuando la guerra comienza y las cosas no salen de acuerdo con los planes establecidos, la psicología de los líderes y de las sociedades entra en una nueva fase de terquedad destructiva conocida como la «falacia del costo hundido» o el costo de aferrarse a la decisión. Retroceder y admitir el error propio se convierte en un suicidio político y en un reconocimiento de que la sangre de las víctimas fue en vano, empujando a los regímenes a huir hacia adelante, escalar la intensidad de la violencia e inyectar más recursos y vidas en el horno de una batalla perdida, con la esperanza de lograr una victoria ilusoria que justifique los sacrificios previos. Así, la decisión que comenzó como cálculos estratégicos conscientes se convierte en un vórtice psicológico existencial en el que el Estado pierde el control sobre la dinámica de la guerra, de modo que la guerra pasa a ser lo que dirige a la sociedad en lugar de que la sociedad dirija a la guerra.

Resumen de la confrontación intelectual: La naturaleza es flexible y la cultura es el anfitrión

Richard Overy concluye refutando la idea de que los seres humanos están biológicamente condenados a la autodestrucción. La naturaleza humana, en su esencia, se caracteriza por una enorme flexibilidad y una alta capacidad de adaptación; contiene las semillas de la violencia destructiva y las semillas de la cooperación altruista simultáneamente. La verdadera pregunta no es si poseemos instintos agresivos, sino cómo la cultura y las instituciones políticas emplean o restringen estos instintos.

La guerra, según esta perspectiva crítica, no es una enfermedad genética nacida con nosotros, sino un software cultural y social que inventamos para satisfacer ciertas necesidades, y luego la institucionalizamos y santificamos metódicamente a lo largo de la historia hasta imaginar que formaba parte de las leyes de la naturaleza. Con esta demolición epistemológica de los determinismos biológicos y psicológicos, Overy allana el camino para la transición a la segunda parte de su libro, donde abandonará el examen de los instintos ciegos para dedicarse a diseccionar los motivos teleológicos conscientes, revisando cómo la lucha por la tierra, los recursos y el agua se transformó en el motor principal de los trenes de la muerte a lo largo de las eras.

La ilusión de la tierra común: Cuando la geografía se convirtió en una jaula de hierro

Después de que Richard Overy termina de demoler los determinismos biológicos y psicológicos, pasa en esta parte de su lectura crítica a diseccionar el motor material y más obvio en la historia de los conflictos humanos; a saber, la lucha desesperada por los recursos y la tierra. El autor disipa aquí la idea común que consideraba la tierra en la antigüedad como un amplio espacio común que acomodaba a todos, afirmando que la geografía fue siempre, y desde los albores de la historia, como una estrecha jaula de hierro que gobernaba las elecciones de los grupos humanos y determinaba sus destinos. Porque la tierra no es solo un espacio neutral de tierra, sino que es el repositorio principal para los medios de supervivencia; desde el agua, los pastos, las rutas comerciales y la riqueza latente en sus entrañas, convirtiendo el control sobre ella en una cuestión de vida o muerte para cualquier sociedad.

Overy explica que la transición histórica decisiva del estilo de vida de la caza y la recolección al patrón de la agricultura y el asentamiento en el Neolítico fue el gran punto de inflexión que institucionalizó la guerra en aras de la tierra. Porque una vez que los grupos humanos invirtieron su esfuerzo y tiempo en reclamar un pedazo de tierra, construir canales de riego y cercar campos, nació la idea de la propiedad y las fronteras, y con ella surgió la necesidad urgente de defender esta inversión existencial contra grupos vecinos pastorales o nómadas empujados por la escasez y las hambrunas a invadir. La geografía, por lo tanto, nunca fue un mero escenario de fondo en el que se libran batallas, sino que fue en sí misma el premio, el motivo y la razón esencial en la configuración de las estrategias de ataque y defensa.

La escasez de recursos y la dinámica de supervivencia: Refutando a Malthus y arraigando a Overy

Al explicar cómo la escasez enciende la mecha de las guerras, Overy discute la famosa tesis del economista británico Thomas Malthus, quien argumentó que las guerras, las epidemias y las hambrunas son formas naturales inevitables de restablecer el equilibrio entre el crecimiento de la población, que aumenta según una progresión geométrica, y la producción de alimentos, que crece según una lenta progresión aritmética. A pesar del atractivo y la sencillez de esta explicación malthusiana, Overy ofrece una visión más profunda y estructurada; pues ve que la escasez que conduce a la guerra no es siempre una escasez natural absoluta impuesta por la naturaleza, sino que con frecuencia es una «escasez artificial» o escasez relativa resultante de la mala distribución de los recursos, la codicia política o el deseo de asegurar reservas estratégicas para el futuro a expensas de los demás.

El autor ofrece ejemplos vívidos de la historia antigua y moderna que revelan cómo el sentimiento de miedo ante la escasez futura es un motor mucho más fuerte que la escasez presente real. El Imperio Romano no sufría de una hambruna mortal cuando decidió expandirse en el norte de África y Egipto, sino que buscaba asegurar «graneros» permanentes para garantizar la estabilidad de Roma y prevenir futuros disturbios sociales. In la era moderna, esta dinámica se encarnó horriblemente en el concepto nazi de «espacio vital» (Lebensraum), donde Hitler justificó sus sangrientos planes expansionistas en Europa del Este y Rusia por la estricta necesidad del pueblo alemán de espacios agrícolas y recursos energéticos que garantizaran su supervivencia y dominio en los siglos venideros, demostrando que la obsesión por asegurar los recursos es capaz de convertir las ideologías políticas en programas integrales de exterminio geopolítico.

De los campos de trigo a los pozos de petróleo: La evolución de las materias primas y los mapas cambiantes de sangre

Overy rastrea minuciosamente cómo evolucionó la naturaleza de los recursos en disputa con el desarrollo de la civilización humana y los saltos tecnológicos, sin cambiar la esencia conflictiva en sí misma. Porque si las guerras antiguas y medievales se centraban principalmente en tierras agrícolas fértiles, fuentes de agua fresca, pastos y rutas de caravanas de seda o especias, la Revolución Industrial trajo consigo una revolución radical en la lista de materias primas por las que fluye la sangre. El interés estratégico se desplazó repentinamente hacia las minas de carbón, el hierro, el caucho, llegando hasta el líquido negro mágico y perturbador: el petróleo.

Overy analiza cómo la energía se convirtió en el nervio motor de las guerras modernas; pues los ejércitos logísticos masivos, los aviones, los tanques y las flotas no pueden moverse sin combustible, creando un extraño círculo vicioso: se libran guerras para controlar el petróleo y se consume petróleo para librar guerras. El libro revisa cómo los cálculos del petróleo y los minerales vitales fueron el motor oculto detrás del ataque japonés a Pearl Harbor y su expansión en el sudeste asiático, del mismo modo que fueron un motivo principal para los planes de los Aliados y del Eje en el Medio Oriente y el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial. Incluso en nuestro mundo contemporáneo, Overy ve que los conflictos no se han desprendido de este legado material; más bien, se preparan para entrar en nuevas fases de lucha por los minerales raros utilizados en la alta tecnología o por el control de las fuentes de agua fresca amenazadas por la sequía debido al cambio climático.

Los recursos como pretexto: La cobertura moral para los intereses desnudos

El resultado más importante que Richard Overy concluye en su deconstrucción del expediente de los recursos es que los estados y los imperios rara vez declaran su deseo de pillaje y robo de una manera abierta y directa. En cambio, los intereses materiales desnudos siempre se envuelven en máscaras morales, religiosas o civilizatorias pulidas para garantizar la movilización de las masas y obtener su aceptación del sacrificio. La conquista española de América Latina, que fue impulsada por una fiebre obsesiva por el oro y la plata para rescatar al quebrado tesoro español, se presentó al mundo como una misión sagrada para difundir el cristianismo y salvar las almas de los habitantes indígenas «bárbaros».

Lo mismo hicieron las potencias coloniales europeas en el siglo XIX cuando se repartieron el continente africano y saquearon su caucho, cobre y fosfato bajo el eslogan de «la carga del hombre blanco» y la misión de civilizar a los pueblos atrasados. Esta manipulación cognitiva repetida a lo largo de la historia confirma, según la lectura de Overy, que los recursos siguen siendo el dínamo oculto que alimenta con combustible a la máquina de guerra, mientras que las ideologías y las doctrinas se encargaron de crear la legitimidad moral necesaria para operar esta máquina sin remordimientos, un vínculo complejo e interesante que abre de par en par la puerta para que transitemos del mundo concreto de la materia al espacio de las ideas abstractas y las creencias absolutas.

Cuando la idea se convierte en un arma: El poder de la metafísica frente a los cálculos racionales

Cuando nos volvemos hacia la historia humana, descubrimos que las guerras más feroces y crueles no fueron aquellas libradas por campos de trigo o pozos de petróleo, sino aquellas cuya llama fue encendida por ideas abstractas y certezas doctrinales. Richard Overy dedica un capítulo fundamental de su libro a deconstruir este fenómeno, advirtiendo contra la reducción de la guerra a sus dimensiones puramente materiales. Porque el hombre, a diferencia de los animales, es un ser creador de símbolos que vive en un mundo de significados; está dispuesto a sacrificar su vida y la vida de los demás no solo en defensa de su cuerpo, sino en defensa de un concepto, una creencia o una visión cósmica que considera la verdad absoluta. Overy ve que la doctrina, ya sea una religiosa metafísica o una secular positivista, posee una capacidad única para romper las inhibiciones individuales de la violencia y transformar el conflicto de una confrontación política que puede resolverse mediante la diplomacia en una epopeya existencial que no termina sino con la destrucción de una de las dos partes.

El peligro de la guerra doctrinal radica en su cancelación de la lógica material de pérdidas y ganancias; el soldado impulsado por la fe absoluta no se preocupa por el costo económico o humano de la guerra, porque el premio que busca no es de este mundo, o porque la utopía que predica merece a sus ojos sacrificar a toda una generación. Aquí, la metafísica se transforma en un poder cinético masivo, y las ideas se convierten en herramientas más mortíferas y no menos destructivas que las bombas, donde otorgan a los guerreros un sentido de pureza moral y elevación divina o histórica mientras practican los tipos más feos de infligir daño a sus enemigos, quienes son clasificados en este caso como renegados, infieles o enemigos del pueblo y del progreso histórico.

Las guerras religiosas y el legado de la limpieza: Cuando Dios habla a través de los cañones

Overy revisa la historia de las guerras religiosas en Oriente y Occidente, deteniéndose en las Cruzadas y las guerras religiosas europeas del siglo XVII como dos modelos flagrantes de cómo las sociedades fueron destruidas en nombre del derecho divino. El autor explica que la religión en sí misma puede contener textos de paz y tolerancia, pero la institucionalización política de la religión y la alianza de sus custodios con emperadores y reyes convierte la fe individual en una ideología de movilización excluyente. En la guerra europea de los Treinta Años, por ejemplo, las diferencias teológicas entre católicos y protestantes se convirtieron en un holocausto humano que consumió a un tercio de la población de Alemania, no solo por el deseo de expansión geográfica, sino porque cada parte veía en la otra una encarnación de Satanás en la Tierra y, en consecuencia, exterminarlo se convirtió en un deber religioso para limpiar al mundo de la impureza.

El rasgo prominente de las guerras religiosas, según lo analiza Overy, es la ausencia del concepto de un «enemigo legítimo» con el que se pueda negociar. En las guerras convencionales, el enemigo es un oponente que posee intereses que pueden ser intercambiados por tierras o dinero; mientras que en la guerra de doctrinas, el enemigo es un mal absoluto que debe ser desarraigado o forzado a la sumisión total y a la conversión de su creencia. Esta totalidad excluyente conduce inevitablemente a prácticas de limpieza étnica y religiosa, donde la matanza no se limita a los guerreros en los campos de batalla, sino que se extiende para incluir a mujeres, niños y ancianos, destruyendo la sociedad humana que porta el pensamiento del enemigo y asegurando que esta «herejía» no vuelva a emerger de las cenizas.

Las ideologías seculares modernas: Alternativas sagradas con ropaje científico

Con el declive de la autoridad de la religión tradicional en la era de la Ilustración y el surgimiento del Estado-nación moderno, muchos filósofos pensaron que la humanidad se inclinaría hacia la paz gracias a la racionalidad de la ciencia y la ley. Pero Richard Overy disipa esta ilusión con la audacia del historiador que examinó las catástrofes del siglo XX; revelando que la era moderna no se libró de las guerras doctrinales, sino que «secularizó lo sagrado». Las principales ideologías totalitarias, como el nacionalismo chovinista, el nazismo y el estalinismo, reemplazaron a las antiguas religiones y se vistieron con el ropaje de la ciencia y la historia para justificar atrocidades que superaron lo que presenció la era medieval. «La nación», «la raza pura» o «el proletariado y la utopía comunista» se transformaron en nuevos dioses a los que se ofrecen sacrificios humanos por millones.

Overy analiza la ideología nazi no como una anomalía histórica pasajera, sino como el ápice horripilante de convertir una idea falsa en un programa de exterminio institucionalizado; donde el nazismo fusionó mitos nacionalistas con un darwinismo social distorsionado para fabricar una doctrina que veía en la guerra un medio inevitable para garantizar la supremacía de la raza más fuerte. A la inversa, el estalinismo movilizó a millones de seres humanos bajo el eslogan de la inevitabilidad histórica y la lucha de clases, justificando la liquidación de millones de «kulaks» y contrarrevolucionarios como medidas necesarias para alcanzar el prometido paraíso comunista. Estos regímenes, según la lectura del autor, adoptaron doctrinas de salvación terrenales y, a pesar de su reclamo de racionalidad y cientificismo, fueron gestionados por una mentalidad de inquisición religiosa que no difería en su esencia psicológica de las inquisiciones de la Edad Media.

La Guerra Fría y más allá: Conflicto de grandes narrativas y democracia armada

Overy no deja de explicar en este contexto cómo la Guerra Fría entre los bloques occidental y oriental adquirió un carácter puramente doctrinal; no fue una mera competencia geográfica entre Washington y Moscú, sino que fue una guerra entre dos visiones totales y diferentes del mundo, del hombre, de la economía y de la libertad. Cada parte veía en sí misma al portador de la antorcha de la guía humana y en la otra una amenaza destructiva para la civilización. Esta polarización intelectual hizo que el conflicto fuera de suma cero, justificando intervenciones militares sangrientas en Vietnam, Corea y Afganistán, donde cada pequeña parcela de tierra era vista como una pieza de dominó cuya caída podría provocar el colapso del sistema doctrinal mayor.

Incluso después de la caída del Muro de Berlín y el anuncio por parte de algunos de «el fin de la historia» y el triunfo del liberalismo, Overy ve que la doctrina no abandonó el teatro de la destrucción. Surgieron nuevas doctrinas y se renovaron las antiguas; aparecieron las tesis del «choque de civilizaciones» y el concepto de «difundir la democracia y los derechos humanos» se transformó en algunos casos en una ideología ofensiva que justificaba guerras preventivas, invasiones de países y el derrocamiento de regímenes por la fuerza armada, demostrando que la mente humana posee una capacidad inagotable para innovar sublimes pretextos intelectuales con los que encender fuegos. Las ideas siguen siendo, por lo tanto, en el resultado final del libro de Overy, el molde cognitivo que fusiona los instintos y los intereses materiales para producir a partir de ello ese monstruo organizado que llamamos guerra, el cual se alimenta del deseo eterno del hombre de imponer su certeza a los demás por la fuerza.

La trampa de Tucídides y el dilema de la seguridad: Cuando el miedo se convierte en un ataque preventivo

En este capítulo final, Richard Overy abandona el rastreo de los motivos internos y los antecedentes intelectuales para dedicarse a diseccionar el entorno estructural y político que crea la guerra; refiriéndose con ello a las estructuras del poder y a la distribución de la fuerza en el sistema internacional. El autor parte de una realidad histórica formulada por el filósofo griego Tucídides en su análisis de la guerra del Peloponeso, resumida en que lo que hace inevitable la guerra es el ascenso de una potencia específica y el temor que este ascenso despierta en las potencias dominantes establecidas. Overy ve que esta eterna «trampa» no es una mera coincidencia histórica, sino que es un producto directo de lo que los estudiosos de las relaciones internacionales llaman el «dilema de la seguridad»; donde la anarquía internacional y la ausencia de una autoridad central que proteja a todos empuja a cada Estado hacia la búsqueda constante de maximizar su poder militar para protegerse a sí mismo.

Pero la tragedia radica en que las medidas puramente defensivas tomadas por el Estado (A) para su seguridad son interpretadas inevitablemente por el Estado vecino (B) como una amenaza ofensiva directa. Esta aprensión mutua crea una carrera armamentista febril y un vórtice de sospecha y tensión que termina frecuentemente con la decisión de encender una guerra preventiva; no por un deseo de expansión o saqueo material, sino impulsado por el miedo puro y el deseo de golpear al enemigo antes de que se vuelva demasiado fuerte para ser derrotado. Overy explica brillantemente que el miedo a perder el estatus o a ser objeto de una agresión es un motor de guerras no menos feroz que la ambición imperial, convirtiendo la búsqueda de la seguridad en un medio ideal para destruir la seguridad misma.

La búsqueda del poder absoluto: La psicología del dominio entre las grandes potencias

Overy no se conforma con analizar el miedo estructural, sino que se sumerge en la psicología del poder en sí mismo y en cómo este se convierte en un fin que trasciende la lógica de la necesidad y la seguridad. Las grandes potencias a lo largo de la historia, una vez que poseen la supremacía material, desarrollan un tipo de «narcisismo del dominio» o el deseo de moldear el mundo de acuerdo con su propia imagen y sus estrechos intereses. La guerra se transforma en este caso en una herramienta para consolidar el estatus, imponer reglas y castigar a los rebeldes contra el orden internacional existente. El libro revisa cómo los imperios no caen habitualmente debido a ataques externos repentinos, sino debido al «sobreesfuerzo imperial» (imperial overstretch), donde la soberbia del poder y la creencia en la capacidad absoluta empujan a los estados dominantes a librar múltiples guerras en tiempos simultáneos para preservar su prestigio, agotando sus recursos y acelerando su fin.

En este contexto, Overy muestra que el orden internacional no pasa por situaciones aleatorias y sin sentido de guerra, sino que las guerras mayores son a menudo estaciones históricas determinantes para reordenar el equilibrio de poder y formular nuevos acuerdos internacionales (como la Paz de Westfalia, el Congreso de Viena o los equilibrios posteriores a la Segunda Guerra Mundial). La guerra, por lo tanto, según esta perspectiva analítica, es el bisturí violento utilizado por la geopolítica para rediseñar mapas y distribuir los asientos de liderazgo en el club internacional, un mecanismo brutal pero constante para producir un nuevo orden nacido del vientre de la destrucción del viejo orden.

Horizontes de paz y el futuro del conflicto: ¿Se puede romper el círculo vicioso?

En la sección final de esta obra magistral, Richard Overy plantea la pregunta existencial más difícil: ¿Está la humanidad condenada a un cautiverio eterno dentro de este círculo vicioso de destrucción? A pesar de la lobreguez del escenario histórico que revisó, el autor rechaza rendirse a la desesperación absoluta. Overy ve que el progreso institucional y legal logrado por la humanidad en los siglos XX y XXI, a través del surgimiento de las Naciones Unidas, el desarrollo del derecho internacional y la profundización de la interdependencia económica, ya ha contribuido a hacer que las guerras convencionales entre las grandes potencias sean más costosas y menos atractivas, si no fuera por la pesadilla de la disuasión nuclear que impone una «paz aterradora» basada en la idea de la destrucción mutua asegurada.

No obstante, Overy advierte que las semillas del conflicto no mueren, sino que cambian su corteza externa; el futuro podría no ser testigo de ejércitos de millones de hombres enfrentándose en campos abiertos, sino de guerras cibernéticas silenciosas, conflictos por poderes en zonas grises de influencia y conflictos impulsados por colapsos climáticos y presiones ambientales asfixiantes. La paz, a ojos de Overy, no es una condición natural estable que surja espontáneamente, sino una construcción artificial y frágil que requiere un esfuerzo intelectual, político e institucional constante para mantenerla, y cualquier laxitud en el mantenimiento de estos frenos culturales y legales devolverá al fantasma que acecha en la máquina humana a practicar su eterno pasatiempo de matanza colectiva.

Resumen de la epopeya intelectual: La guerra como elección y cultura, no como destino

Llegamos al final al flujo conclusivo de la tesis integral de Richard Overy; la guerra en su esencia y sustancia total es una «elección cultural e institucional, no un destino biológico o geográfico inevitable». Hemos rastreado a través de estas secciones cómo los instintos, los recursos, las ideas y las estructuras de poder conspiran juntos para producir la catástrofe, pero la última palabra pertenece siempre a la voluntad humana y a la organización social. Los seres humanos inventaron la guerra como una herramienta para resolver sus conflictos y asegurar sus intereses, y fabricaron para ella rituales, mitos e ideologías justificativas hasta que pareció como si fuera una ley natural como la gravedad.

El gran valor del libro «Why War?» radica en esta audaz deconstrucción crítica; porque una vez que nos damos cuenta de que la guerra es una construcción cultural e histórica hecha por nuestras propias manos, reclamamos de inmediato la capacidad y la responsabilidad moral de deconstruir esta edificación y reemplazarla con mecanismos más humanos y racionales. El tren humano de la muerte puede continuar su viaje impulsado por el poder del impulso histórico y las ambiciones políticas, pero la conciencia humana vigilante, que expone las mentiras doctrinales y los pretextos materiales de las guerras, sigue ser el freno final y la única esperanza para salvar a la humanidad de su autodestrucción latente tras los giros de la historia.

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