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El monoteísmo como enfoque universal

 

El libro «Tawhid: Sus implicaciones para el pensamiento y la vida» del difunto pensador Dr. Ismail Raji Al-Faruqi se erige como una de las obras contemporáneas más importantes que reformuló la comprensión islámica para seguir el ritmo de los desafíos cognitivos y existenciales de la era. Este tomo intelectual no se conforma con simplemente presentar el Tawhid como un credo abstracto o una proposición teológica estática; más bien, se sumerge en sus profundidades para transformarlo en una lente integral a través de la cual se leen los campos del conocimiento, la historia, la metafísica, la ética y todo el orden social. El Dr. Al-Faruqi, conocido como una destacada autoridad académica en estudios islámicos y religión comparada, se basó en su profunda y diversa formación epistemológica —que abarca la filosofía, los estudios islámicos, el cristianismo y el judaísmo— para presentarnos esta obra enciclopédica que trasciende los límites de la narrativa tradicional para entablar un diálogo crítico con el pensamiento humano en su conjunto.

El viaje del lector con este libro comienza con la comprensión de una verdad central: que el Tawhid representa la esencia de la experiencia religiosa en el Islam, donde la realidad de la Divinidad reina como una verdad absoluta que explica la existencia y la dota de significado. Al-Faruqi enfatiza que el testimonio de que «no hay más dios que Dios» hace que la presencia del Creador llene la conciencia del musulmán en cada momento y en cada acción, transformando esta presencia en una preocupación sublime que guía todo el comportamiento humano. Esta experiencia no es meramente una emoción espiritual pasajera experimentada por el individuo de forma aislada; más bien, es una profunda realización del significado de la normatividad rectora del universo. En la concepción islámica, Dios no es visto como una causa primera apartada de Su creación, como lo describen algunas filosofías antiguas, sino más bien como un fin último hacia el cual se dirigen todos los demás fines, y una fuente de legislación y guía continuas. Así, Al-Faruqi establece su idea central de que el Tawhid es el principio que dota a la civilización islámica de su identidad única, vinculando sus elementos dispares para formar un cuerpo orgánico integrado que interactúa con las realidades del tiempo y el espacio con una eficacia inquebrantable.

Al-Faruqi se mueve con excepcional brillantez desde la teorización dogmática pura hacia el compromiso directo con el principio de la historia y el principio del conocimiento, presentando una lectura filosófica que sitúa al ser humano en el centro de la ecuación de la existencia. En su visión del principio de la historia, el Islam rechaza por completo la visión pesimista o de retraimiento del mundo; en cambio, obliga a los seres humanos, en su calidad de vicerregentes de Dios en la tierra, a intervenir de manera positiva y continua en el flujo del tiempo y el espacio para moldear su trayectoria. Esta intervención no pretende, bajo ninguna circunstancia, destruir la naturaleza o escapar de ella a través de un monaquismo aislado; más bien, busca reconstruirla de acuerdo con el patrón Divino y los mandatos del Señor, convirtiendo así al musulmán en un agente activo y responsable en el corazón del movimiento histórico y un importante contribuyente a la configuración de los destinos de la humanidad. Esta proposición refleja una tendencia accionalista (Accionalismo) que afirma que la verdadera fe debe manifestarse en acciones concretas que alteren la faz de la realidad para mejor.

En el nivel del conocimiento, Al-Faruqi postula el Tawhid como un baluarte inexpugnable contra el escepticismo y el nihilismo, estableciendo la certeza que vincula indisolublemente la unicidad de Dios con la unidad de la verdad absoluta. En la perspectiva islámica, es imposible ceder ante la posibilidad de no alcanzar la verdad o someterse a una relatividad del conocimiento que vacía a la existencia de su valor; más bien, la fe (Iman) misma se presenta como una categoría epistemológica (categoría gnoseológica) construida sobre la razón y el discernimiento, no sobre una mera sumisión ciega. Este estrecho nexo entre lo Divino y lo epistemológico abre de par en par la puerta a la tolerancia intelectual y la aceptación del otro, siempre que la búsqueda de la verdad se lleve a cabo dentro de un marco de racionalidad disciplinada y reconocimiento de la unidad del Creador, fuente de todo en el universo.

Cuando el libro aborda el principio de la metafísica, presenta una concepción extremadamente sofisticada del universo como un sistema teleológico preciso e intrincado. En la visión basada en el Tawhid, tal como la detalla Al-Faruqi, el universo no es el producto de la casualidad ciega o del caos absurdo; más bien, es un escenario organizado dirigido a servir los propósitos del Creador, Gloria a Él, donde cada átomo conspira y cada fenómeno interactúa para lograr un estupendo equilibrio ecológico y espiritual que refleja la sabiduría del Hacedor. Este universo ordenado armoniza orgánica y completamente con el principio de la ética, lo que resalta la profunda tendencia humanista en el Islam. El libro enfatiza fuertemente la inocencia original de los seres humanos, rechazando rigurosamente el concepto del pecado original que agobia a la humanidad, y afirmando en contraste que el propósito de la creación humana es la acción libre y responsable para realizar la Voluntad Divina en la tierra. Esta exaltada comprensión se traduce en una tendencia comunitaria inherente (Umatismo) y una tendencia universal (Universalismo) que no se conforma con la salvación individual, sino que requiere una encarnación realista en la vida del individuo, la sociedad, la política y la economía.

La fluidez con la que Al-Faruqi entreteje estos complejos principios convierte al libro en un documento vivo capaz de estimular la mente y hacer avanzar las ruedas del pensamiento crítico. En esta primera parte, hemos intentado sentar las bases metodológicas para comprender la naturaleza del Tawhid como punto de partida para la civilización y el pensamiento, y cómo este principio redefine la posición del ser humano en la historia y el universo epistemológico.

Después de que el Dr. Ismail Raji Al-Faruqi sentara las bases epistemológicas y metafísicas del Tawhid en los capítulos iniciales de su libro, nos lleva en un deslumbrante salto analítico desde el reino de la abstracción filosófica e individual hacia la inmensidad de la sociedad humana, postulando «el principio del orden social» como una de las manifestaciones más significativas del Tawhid en el movimiento de la historia. En esta coyuntura vital del libro, Al-Faruqi destaca la singularidad absoluta del Islam en comparación con todas las religiones y civilizaciones conocidas en el mundo, afirmando que el Islam no ve la religión como un sector aislado del movimiento de la vida, sino que considera que la «religión» es en sí misma el «proceso de vida» y la columna vertebral de la historia. Esta visión surge de la profunda creencia de que la naturaleza y el universo son un regalo inocente y bondadoso del Creador, y que el compromiso moral humano no consiste en condenar este mundo o retirarse de él, sino en cultivarlo, transformarlo en un jardín próspero, disfrutar de sus bondades y establecer una estructura social, política y económica que encarne la voluntad de Dios con justicia y equidad.

A partir de esta premisa positiva hacia el mundo, Al-Faruqi se embarca en una magistral deconstrucción crítica de las visiones sociales dentro de otras tradiciones religiosas y filosóficas, destacando el gran contraste entre ellas y la perspectiva del Tawhid. Postula que las religiones indias, como el hinduismo y el budismo, veían el mundo como un mal potencial o un sufrimiento continuo, haciendo que la «salvación» dentro de ellas fuera sinónimo de liberación del cautiverio de este mundo material y escape de la rueda de la vida. Por el contrario, comprometerse con el mundo con el propósito de desarrollarlo y cultivarlo se considera, en esas filosofías, una prolongación del sufrimiento material, negando así la existencia de un verdadero motivo metafísico para construir un orden social activo y progresista.

Cuando Al-Faruqi dirige su brújula crítica hacia la herencia judeocristiana, diagnostica cuestiones problemáticas de diferente naturaleza. Sostiene que el judaísmo, a pesar de su gran atención al orden social y legal, confinó este orden dentro de un marco étnico y tribal cerrado, transformando la gracia Divina en un privilegio exclusivo para un «pueblo elegido» basado en el vínculo de sangre y biología, despojando así al mensaje celestial de su dimensión humana global. El cristianismo histórico, por el contrario, surgió como una reacción airada a este tribalismo y ofreció un llamado universal; sin embargo, influenciado por filosofías gnósticas y crisis históricas, tendió a condenar el mundo material, considerándolo como el dominio del pecado. Este dualismo condujo gradualmente a la retirada de la Iglesia de la acción política y social directa, y al establecimiento de la dicotomía «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», una dicotomía que Al-Faruqi considera completamente contradictoria con la integralidad del Tawhid, el cual no reconoce ninguna autoridad independiente de los criterios de la justicia Divina.

La mente secular moderna tampoco escapó al bisturí analítico de Al-Faruqi. Sostiene que el secularismo, que buscaba extirpar la religión de la esfera pública, fue una respuesta históricamente justificada en Occidente contra la tiranía eclesiástica y su monopolio sobre los certificados de verdad y salvación, pero es inadecuado como estándar universal. Dentro de la perspectiva islámica, marginar los valores trascendentes de la guía de los asuntos públicos significa entregar la sociedad a los mecanismos del mercado, a los caprichos absolutos de la mayoría o a la tiranía política, sin la presencia de un marco moral de referencia rector supremo.

Aquí, Al-Faruqi postula el concepto de la «Ummah» (Umatismo) no simplemente como una reunión humana emocional, sino como una necesidad existencial y un imperativo metafísico para la aplicación del Tawhid. Las buenas intenciones y la moralidad individual, a pesar de su centralidad, son insuficientes para realizar el propósito Divino en la tierra; debe haber un vasto teatro de operaciones donde estas intenciones se transformen en instituciones, leyes, legislaciones e interacciones económicas. La «Ummah», según Al-Faruqi, es una encarnación viva de la Voluntad Divina en la dimensión del tiempo y el espacio; es una sociedad abierta, sin límites de raza o color, fundamentada en un contrato social cuyo objetivo es la implementación de la justicia y la vicerregencia, donde la acción social positiva se convierte en el verdadero boleto de admisión al complacimiento de Dios.

La lectura de Al-Faruqi sobre el tejido social en el Islam lo libera de los rígidos moldes de la jurisprudencia para presentarlo como una filosofía social dinámica, que siempre coloca al ser humano en un estado de movilización constante para mejorar su realidad, rechazando el recurso a la negatividad o la justificación.

El Dr. Ismail Raji Al-Faruqi nos traslada, en este eje de su libro «Tawhid», a un área altamente sensible y compleja: cómo transformar el principio doctrinal en una realidad institucional que rija la política y administre la economía. En la visión de Al-Faruqi, el Tawhid no puede estar completo dentro de la conciencia de un musulmán a menos que se materialice en un «sistema político» que redefina el poder, y un «sistema económico» que libere al ser humano de la esclavitud de la materia. Aquí, el libro presenta una visión revolucionaria que trasciende los modelos occidentales predominantes, ya sean capitalistas liberales o socialistas, para ofrecer un modelo que deriva su legitimidad de la «Gobernanza Divina» y su eficacia de la «Vicerregencia Humana».

En los asuntos políticos, Al-Faruqi parte del hecho de que el Tawhid niega la soberanía absoluta de cualquier ser humano, institución o estado. La soberanía, en la perspectiva islámica, pertenece solo a Dios, y la autoridad ejercida por los humanos es simplemente un «fideicomiso» derivado de una delegación Divina condicionada a la justicia. Este concepto destroza las raíces de la tiranía en su infancia; el gobernante no es la sombra de Dios en la tierra, sino más bien un agente de la Ummah para ejecutar la ley de Dios, y su responsabilidad ante el pueblo es paralela a su responsabilidad ante el Creador. Al-Faruqi establece el principio de la «Shura» (consulta) no como una opción democrática pasajera, sino como una necesidad existencial para el sistema político basado en el Tawhid, por lo cual la participación en la toma de decisiones se convierte en una obligación legal que recae sobre cada individuo en la Ummah. El estado, en el pensamiento de Al-Faruqi, no es un fin en sí mismo, sino más bien un medio para lograr los propósitos del Tawhid en la tierra, proteger la integridad del Islam y asegurar una vida digna para los súbditos de diversas religiones y etnias, convirtiéndolo en un estado «misionero» universal que trasciende las estrechas fronteras del nacionalismo, el cual Al-Faruqi considera un ídolo moderno que contradice la integralidad del Tawhid.

A nivel económico, el libro presenta una tesis muy madura sobre «El Tawhid y el Principio de la Riqueza». Al-Faruqi rechaza por completo la idea de la «propiedad absoluta» promovida por el capitalismo, al igual que rechaza la «expropiación de la propiedad» defendida por el socialismo. En cambio, postula el concepto de «propiedad de vicerregencia»; la riqueza, en su esencia, pertenece a Dios, y el ser humano es un vicerregente sobre ella, para gastarla en lo que beneficie a las personas. Este principio transforma la actividad económica de ser un escenario de lucha de clases o codicia individual a una forma de «adoración» y un medio de proximidad a Dios. En el sistema económico de Al-Faruqi, la producción se convierte en un deber, el consumo está disciplinado por la moderación y la distribución está gobernada por la solidaridad mutua.

Al-Faruqi explica cómo el Tawhid impone un equilibrio preciso entre el interés individual y el bien público. El Islam fomenta la iniciativa individual y el lucro lícito, pero al mismo tiempo, establece estrictas restricciones morales y legislativas para prevenir la tiranía financiera, destacando entre ellas la prohibición de la usura (Riba), que Al-Faruqi ve como una herramienta para esclavizar a los pobres y alterar el ciclo económico real. Por el contrario, el Zakat y la caridad surgen no como actos opcionales de bondad, sino como derechos reconocidos y garantías sociales destinadas a la circulación de la riqueza y a prevenir su acumulación en manos de unos pocos. La economía del Tawhid, tal como la describe el libro, es una economía «ética» por excelencia, cuyo objetivo es satisfacer las necesidades materiales humanas sin descuidar las aspiraciones espirituales, enfatizando que la prosperidad material es un medio para permitir que los seres humanos cumplan su misión cósmica, no el propósito último de la existencia.

Lo que distingue el tratamiento de Al-Faruqi de estas cuestiones es su capacidad para fusionar el texto legal con el análisis filosófico y la realidad práctica; no habla de una utopía imposible, sino que esboza cómo los valores del Tawhid pueden abordar las crisis de la deuda global, la pobreza y la marginación política. Al-Faruqi logró hacer del «Tawhid» un programa de acción política y económica capaz de competir en el mercado global de las ideas, considerando que la Ummah islámica está llamada hoy, más que nunca, a presentar esta alternativa civilizatoria a un mundo que se tambalea bajo el peso de materialismos áridos y conflictos destructivos.

La ambición de Ismail Raji Al-Faruqi no se detiene en los límites de la organización estatal y la gestión financiera; más bien, se extiende para incluir las manifestaciones más profundas del espíritu humano en el «Principio de la Ética» y el «Principio de la Belleza», para presentar una visión integral basada en el Tawhid que fusiona el comportamiento individual y la creatividad artística en un solo crisol. En esta parte del libro, encontramos a Al-Faruqi como un filósofo moral y crítico estético de alto calibre, que busca liberar «lo bello» y «lo bueno» de los grilletes del materialismo árido y la relatividad laxa, para vincularlos a la centralidad de la Divinidad que dota de significado a cada movimiento y quietud.

En la filosofía de la ética, Al-Faruqi establece lo que denomina la «Ética Accionalista» (Accionalismo), una visión que rechaza por completo la idea de la salvación pasiva o la adoración aislada. Al-Faruqi cree que el Tawhid impone a los seres humanos una responsabilidad moral inseparable de su existencia, una responsabilidad basada en la «Inocencia Original». Aquí, Al-Faruqi lanza un asalto intelectual contra el concepto del «Pecado Original» que prevaleció en la teología medieval, considerando que agobiar a los humanos con la culpa de un pecado que no cometieron contradice la justicia del Creador y conduce a un estado de desesperación existencial. En cambio, el libro postula el concepto de la «Fitrah» (disposición natural), mediante el cual el ser humano nace puro y equipado con la capacidad mental y espiritual para distinguir entre el bien y el mal, haciendo del acto del «bien» una respuesta natural al llamado del Tawhid latente dentro del alma humana. La ética, según Al-Faruqi, no es meramente una lista de prohibiciones, sino más bien un esfuerzo incansable por realizar el «valor» en el mundo; la confiabilidad, la honestidad y la justicia son las herramientas de la «vicerregencia» con las que los humanos tienen la tarea de cultivar la tierra, transformando cada acto moral en un acto de adoración por excelencia.

En cuanto al «Principio de la Belleza», Al-Faruqi ofrece una contribución única y casi sin precedentes en el pensamiento islámico contemporáneo, donde deconstruye la relación entre el Tawhid y el arte. Al-Faruqi rechaza la concepción superficial que ve al Islam como una religión hostil a las artes, enfatizando que el Islam posee su propia «Teoría Estética» especial, derivada directamente de la esencia del Tawhid. La cuestión principal que aborda el libro es: ¿cómo puede el arte «finito» expresar al Dios «Infinito»? Aquí, el genio del arte islámico emerge en la invención de la «Abstracción». Al-Faruqi explica cómo el musulmán, para evitar caer en la trampa de la figuración (Antropomorfismo) que podría conducir al politeísmo, se volvió hacia el «Arabesco» y la caligrafía árabe. Estas artes, por su naturaleza repetitiva e infinita, no intentan imitar a la naturaleza ni personificar a la Divinidad; más bien, pretenden evocar un sentido de «Trascendencia» y sublimidad, dirigiendo la mirada del espectador desde los detalles minuciosos hacia la percepción de la unidad e infinidad que caracterizan al Creador.

El arte, en la perspectiva de Al-Faruqi, no es un lujo ni una decoración, sino una «percepción visual» que recuerda constantemente a los seres humanos que detrás de este mundo material se encuentra una realidad suprema que los ojos no pueden percibir, mientras que Él percibe a todos los ojos. La alfombra ornamentada, el imponente minarete o el Mushaf dorado no son meras herramientas, sino manifestaciones materiales del Tawhid, que buscan embellecer la vida humana y vincularla al Creador en cada momento. En este sentido, la belleza en el pensamiento del Tawhid se convierte en un «derecho» y una «necesidad», no simplemente en un deseo subjetivo; porque Dios es hermoso y ama la belleza, y el cultivo de la tierra no está completo a menos que sea un cultivo estético que deleite a los observadores y eleve las almas.

Con este sólido vínculo entre la ética y la belleza, Al-Faruqi cierra el círculo cognitivo del Tawhid, enfatizando que el verdadero musulmán es aquel cuya acción moral armoniza con su gusto estético, para ser en última instancia un «humano piadoso» que vive en este mundo como si fuera el jardín de Dios, cuya pureza y belleza deben ser preservadas.

Este viaje intelectual a las profundidades del libro «Tawhid» nos lleva a la estación que el Dr. Ismail Raji Al-Faruqi consideró el fruto de su gran proyecto y la condición inevitable para el renacimiento de la Ummah, a saber, el «Principio de la Educación» y lo que se ha denominado la «Islamización del Conocimiento». En esta sección final, nos damos cuenta de que Al-Faruqi no era meramente un expositor de la doctrina, sino que era un «ingeniero epistemológico» que buscaba reparar la mente musulmana que había sufrido fracturas debido a los choques de la modernidad y el colonialismo. Al-Faruqi cree que la crisis contemporánea de los musulmanes es, en su esencia, una crisis educativa y cognitiva, y que ninguna reforma política o económica estará destinada al éxito a menos que sea precedida por una reforma integral del sistema de producción y recepción del conocimiento.

Al-Faruqi diagnostica en su libro, con amargura, el estado de «esquizofrenia cognitiva» que experimentan las sociedades islámicas, donde la educación se divide en dos vías paralelas que no se cruzan: una vía religiosa tradicional centrada en la herencia de forma aislada de los desarrollos de la época, y una vía secular moderna que importa teorías occidentales con sus contenidos filosóficos que pueden chocar con la esencia del Tawhid. Esta división condujo, según la visión de Al-Faruqi, a la producción de generaciones con identidades fragmentadas; ya sea aferradas a textos rígidos incapaces de interactuar con la realidad, o enamoradas de los modelos occidentales que separan la ciencia de los valores. De ahí que Al-Faruqi propusiera su ambicioso proyecto, «La Islamización del Conocimiento», como un puente que conecta la revelación y la razón, y lo inmutable y lo cambiable, considerando que el «Tawhid» es el hilo unificador que debe vincular a todas las ciencias, desde la física hasta la sociología.

La Islamización del Conocimiento, según Al-Faruqi, no significa «teñir» superficialmente las ciencias modernas con versículos coránicos; más bien, significa reexaminar los fundamentos epistemológicos (cognitivos) de estas ciencias. Exige que el investigador musulmán domine las ciencias modernas en todos sus detalles, para luego reformularlas de acuerdo con los cinco principios que estableció al principio del libro: la unidad de Dios, la unidad de la creación, la unidad de la verdad, la unidad de la vida y la unidad de la humanidad. Por ejemplo, la psicología o la sociología no pueden ser completamente «neutrales»; más bien, siempre parten de una noción preconcebida sobre la naturaleza humana. Si la concepción occidental a veces tiende hacia el materialismo o el individualismo absoluto, entonces el Tawhid presenta una concepción del ser humano como un ser moralmente responsable, lo cual debe reflejarse en los métodos de investigación y las herramientas analíticas de estas ciencias.

Al-Faruqi concluye su libro con un «plan de acción» educativo que contiene pasos prácticos, comenzando desde el dominio de la herencia islámica y el conocimiento contemporáneo, hasta llegar a la etapa de la «síntesis creativa» que produce un conocimiento universal con un espíritu basado en el Tawhid. Este libro no fue meramente un lujo intelectual; fue un grito frente al estancamiento civilizatorio, y un llamado a formular una «mente cósmica» capaz de guiar a la humanidad hacia un futuro que sea más justo y armonioso.

Al observar el legado de Ismail Raji Al-Faruqi en la actualidad, décadas después de su trágico fallecimiento, encontramos que su libro «Tawhid» aún representa la brújula para cualquiera que busque una salida a los callejones sin salida de la modernidad material sin abandonar su identidad. Al-Faruqi fue capaz de transformar el Tawhid de una «proposición teológica» estudiada en antiguos libros de credo a una «energía civilizatoria» que fluye por las venas de la política, la economía, la belleza y la educación. El poder inherente en este libro radica en su capacidad de dirigirse a la mente occidental y oriental con el mismo lenguaje robusto, presentando al Islam no como una religión cerrada, sino como un mensaje universal que busca alcanzar el «éxito» (Falah) para el ser humano dondequiera que esté.

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