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El viaje De La Mente Humana Para Domar Los Misterios De La Economía

El umbral del más allá económico: de la ansiedad primitiva a la racionalidad de los mercados

El ser humano contemporáneo vive en una enorme paradoja existencial; mientras la tecnología digital lo rodea por todas partes, los algoritmos complejos predicen sus movimientos y sus calmas, y los sistemas de inteligencia artificial casi cuentan sus respiraciones y preferencias de consumo, el futuro real permanece, en su esencia más profunda, como un misterio cerrado y envuelto en una densa niebla. Esta niebla no es un mero obstáculo temporal que pueda disiparse con más datos, sino que es la esencia misma del «estado de incertidumbre» que ha acompañado los pasos de la humanidad desde que la primera mente esbozó sus concepciones sobre el mañana. En su libro de reciente publicación y objeto de controversia intelectual y económica, “Expectativas contingentes: incertidumbre, riesgo y comportamiento económico en perspectiva histórica” (Contingent Expectations: Uncertainty, Risk, and Economic Behavior in Historical Perspective), los destacados historiadores económicos Alexander Nützenadel y Jochen Streb nos llevan por un fastuoso y profundo viaje epistemológico que abarca siglos para deconstruir el código genético de cómo se fabrica la toma de decisiones humana cuando la visión es nula, y cómo las expectativas se transformaron de simples “profecías” o “miedos instintivos” en ciencia, política, instituciones y mercados financieros que sacuden los tronos de las naciones.

El libro, que surgió como fruto de un proyecto de investigación extenso e intensivo que tomó aproximadamente ocho años (desde 2016 hasta 2024) con el generoso apoyo de la Fundación Alemana de Investigación, parte de una tesis fundamental, de gran importancia y desafiante para las escuelas económicas tradicionales: que las “expectativas económicas” no son meras ecuaciones matemáticas frías realizadas por actores racionales que poseen información completa, como asume la teoría de las “expectativas racionales” (Rational Expectations) que dominó el pensamiento neoliberal durante décadas. En su lugar, los autores presentan un concepto alternativo, más flexible, humano y comprometido con la realidad histórica, que es el de las “expectativas contingentes” (Contingent Expectations). Este concepto asume que los seres humanos, a través de los tiempos, no dependieron de una sola fórmula o de una regla predictiva fija, sino que desarrollaron un “arsenal” de métodos diversos, contingentes a los contextos culturales, institucionales y sociales en los que viven, para adaptarse a lo desconocido y contener las crisis.

El dilema de Knight: sobre la distinción crucial entre “riesgo” e “incertidumbre”

Para que los autores establezcan un terreno sólido para su trabajo, regresan al punto epistemológico fundamental formulado por el singular economista estadounidense Frank Knight en la década de 1920, específicamente en su libro clásico “Riesgo, incertidumbre y beneficio” (1921). Esta distinción, que se perdió durante mucho tiempo tras el polvo de los complejos modelos matemáticos en la segunda mitad del siglo XX, es llevada nuevamente a la vanguardia por Nützenadel y Streb como la llave mágica para comprender la historia económica.

El riesgo, según esta perspectiva, representa situaciones cuyos resultados no conocemos con precisión, pero cuyas “probabilidades” de ocurrencia podemos calcular a través de datos históricos y estadísticas. Se parece a un juego de ruleta o al lanzamiento de dados; uno no conoce el número que vendrá, pero conoce con certeza los límites de las posibilidades disponibles (una de seis en los dados). Este tipo de riesgo calculable es el que hizo posible la industria de seguros contemporánea, y es en el que se basan los mercados financieros durante sus períodos de estabilidad. En cuanto a la “incertidumbre”, es la verdadera bestia devastadora; representa situaciones en las que ignoramos los resultados y somos totalmente incapaces de establecer ninguna distribución de probabilidad significativa para ellos. Es el “absoluto desconocido” o lo que puede llamarse eventos que caen fuera del alcance de la experiencia humana previa, tales como epidemias repentinas, tormentas de revoluciones políticas o colapsos tecnológicos y ambientales inesperados.

Aquí radica la brillantez de la tesis histórica del libro: el capitalismo, en su profundidad, no es meramente un mecanismo para el intercambio de mercancías o la acumulación de capital, sino que es un sistema dedicado a gestionar esta tensión permanente entre el riesgo medible y la incertidumbre difícil de controlar. El verdadero beneficio empresarial, como argumentó Knight y siguieron los autores del libro, no surge de asumir “riesgos” (contra los cuales uno se puede proteger a través de los seguros), sino que surge del coraje existencial y económico para enfrentar la “incertidumbre” y tomar decisiones decisivas en ausencia de visión.

La psicología de la predicción y la trascendencia de los modelos fríos

Nützenadel y Streb critican duramente, a través de un lenguaje cargado de hechos históricos, esa visión seca que intenta moldear el comportamiento humano en las plantillas del altamente racional “Homo Economicus”. La práctica histórica real revela que las expectativas son fenómenos claramente “psicosociológicos” (psicológicos y sociales). Cuando los individuos, las corporaciones o incluso los gobiernos enfrentan situaciones ambiguas, no se sientan a calcular matrices complejas de probabilidades; más bien, recurren a lo que el libro llama “rutinas institucionales”, “experiencia acumulada” e “historias narradas” (narrativas).

Las “expectativas contingentes” significan que nuestras mentes están condicionadas por las historias que nos contamos a nosotros mismos sobre el pasado. Si hay una memoria colectiva de hiperinflación (como ocurrió en Alemania en la década de 1920), entonces las expectativas de la gente y su comportamiento económico ante cualquier ligero aumento de precios estarán condicionados por esa memoria temerosa, lo que los impulsará a comportamientos que podrían parecer irracionales a los ojos de un economista sentado en su habitación cerrada, pero que son completamente racionales en su contexto histórico y psicológico. El libro argumenta que la economía real no se mueve según líneas gráficas rectas, sino que se balancea violentamente sobre las olas de las emociones humanas: desde la codicia ciega y el apresuramiento que crean “burbujas económicas”, hasta el pánico extremo y el pavor que detonan crisis y depresiones.

La arquitectura estructural del libro: un viaje a través del tiempo y las ideas

El libro se distribuye en capítulos bien estructurados que trasladan al lector desde la fundamentación teórica y conceptual hasta las aplicaciones históricas concretas. Los autores no se contentan con observar la escena desde arriba, sino que se sumergen en extensos archivos, actas de reuniones corporativas, informes gubernamentales y periódicos antiguos para documentar cómo pensaban los tomadores de decisiones, cautelosos, y cómo anotaban sus expectativas.

El libro comienza rastreando lo que llaman la “revolución probabilística” en las primeras eras modernas, y cómo la mente humana comenzó a intentar la “cuantificación” de lo invisible y la transformación del destino en números. Luego, los siguientes dos capítulos avanzan para explorar cómo las sociedades y las corporaciones en el siglo XIX y principios del siglo XX lidiaron con el entorno altamente violento y dinámico impuesto por la revolución industrial y la expansión de los mercados globales. Aquí, el libro estudia en detalle sectores vitales como los mercados financieros emergentes, la especulación inmobiliaria y el desarrollo del sector de seguros, que representó la cumbre del intento humano por institucionalizar los riesgos.

Pero la gran ventaja que le da a este libro su singularidad es su rechazo categórico al “presentismo” o la creencia de que la predicción es una invención moderna. Por lo tanto, el libro nos devuelve, en destellos históricos comparativos, a las eras premodernas y antiguas para observar cómo las expectativas dieron forma a los rasgos de los principales imperios y protegieron a las sociedades agrícolas de la aniquilación. Es un tratamiento histórico y filosófico único que devuelve la consideración al tiempo como un elemento activo que moldea la conciencia económica, en lugar de ser solo un eje horizontal en un gráfico. Este libro no es meramente una historia de la economía, sino que es más bien una historia de la mente humana al enfrentar sus miedos más profundos: los miedos al mañana desconocido.

Ingeniería de la profecía y racionalización del destino… Desde los “almacenes de José” hasta la revolución probabilística

La expectativa nunca fue producto de la coincidencia, y pensar en el mañana no fue un lujo intelectual traído por la modernidad occidental con los albores de la era de las máquinas de vapor y las fábricas gigantes; más bien, es un instinto de supervivencia arraigado en la conciencia humana desde que los primeros humanos se dieron cuenta de que el sol colgado en medio del cielo inevitablemente se ocultaría, para ser seguido por una noche oscura y fría. Alexander Nützenadel y Jochen Streb nos devuelven, en su fascinante tesis histórica, a deconstruir esa visión condescendiente adoptada por un amplio sector de economistas contemporáneos, quienes asumen que las sociedades tradicionales o “premodernas” vivían en un estado de monotonía inmóvil, donde los asuntos diarios se gestionaban mediante la confianza absoluta en los destinos, sin el menor intento de formar expectativas sistemáticas o construir estrategias de cobertura a largo plazo. El libro refuta esta visión corta de miras regresando a la antigüedad, tomando de las grandes narrativas históricas y religiosas, principalmente de la historia del profeta José en Egipto, un modelo único y temprano de cómo gestionar la “incertidumbre” y las emergencias económicas extremas a través de la construcción de un sistema integrado de expectativas contingentes.

La lectura filosófica y económica que presentan los autores de la historia de los siete años de vacas flacas y los siete años de abundancia no trata el evento como un milagro metafísico aislado del contexto humano, sino que lo analiza como un “paradigma” de cómo transformar la profecía y la visión de futuro en un estricto plan de acción institucional. En aquella era histórica, la civilización agrícola en el valle del Nilo se encontraba a merced de las fluctuaciones climáticas y las crecidas del río que no podían predecirse con exactitud, lo que representaba un caso clásico de “incertidumbre absoluta” en el concepto de Frank Knight. Aquí interviene el mecanismo de la expectativa contingente: la visión define los rasgos del peligro que se avecina, pero la respuesta humana e institucional es la que marca la diferencia entre la aniquilación y la supervivencia. En lugar de una rendición pasiva al fatalismo de la hambruna, se estableció un gigantesco sistema de almacenamiento centralizado y se ajustó el comportamiento de consumo y producción de toda la sociedad basándose en expectativas condicionadas por la suficiencia del almacenamiento y el tiempo extendido de la crisis. Este ingenioso tratamiento revela que el ser humano antiguo no era incapaz de pensar de forma predictiva, sino que poseía sus propias herramientas adecuadas a su época, donde las profecías, la interpretación de los sueños, la lectura de las estrellas y los rituales religiosos representaban los canales institucionales socialmente aceptados para transmitir expectativas y formular decisiones económicas colectivas.

Con el movimiento del reloj de la historia hacia las eras modernas, estos canales tradicionales comenzaron a retroceder gradualmente para dar paso a una enorme transformación epistemológica conocida en los círculos intelectuales como la “revolución probabilística”. Los autores describen esta transformación como el mayor intento realizado por la mente humana para despojar al “destino” de su ambigüedad metafísica y transformarlo en números y proporciones matemáticas calculables. Esta revolución comenzó en las boyantes ciudades italianas durante el Renacimiento, donde el comercio marítimo a través del Mediterráneo enfrentaba inmensos riesgos, desde piratas hasta violentas tormentas que podían tragarse fortunas enteras en un abrir y cerrar de ojos. Aquí nació la necesidad de racionalizar los riesgos, por lo que aparecieron las primeras formas de contratos de seguro marítimo, y las matemáticas continuaron desarrollándose lentamente hasta el siglo XVII, cuando pensadores como Blaise Pascal y Pierre de Fermat sentaron las bases de la teoría de la probabilidad. La gestión del futuro ya no dependía de aplacar a los dioses o esperar profecías, sino que pasó a depender del cálculo de posibilidades, el registro de tablas de mortalidad y el control de la frecuencia estadística de los accidentes.

Esta transición de la “incertidumbre” incomprensible al “riesgo” calculable cambió la faz de toda la existencia humana y representó la piedra angular para el surgimiento del capitalismo comercial y luego del industrial. Sin embargo, Nützenadel y Streb nos llaman la atención sobre una trampa teórica en la que cayó el pensamiento económico posterior; ya que aquellos que confiaban en el poder de los números creyeron que la “revolución probabilística” había eliminado por completo la incertidumbre, y que todo en el universo podía reducirse a una ecuación de distribución normal. Esta ilusión epistemológica es la que el libro critica ferozmente, mostrando que la racionalización del destino a través de las matemáticas y las finanzas creó una especie de falsa estabilidad, porque ignoró el comportamiento humano propenso a las fluctuaciones y continuó asumiendo que el futuro no es más que una repetición mecánica de los datos del pasado. Las expectativas, incluso en las eras científicamente más avanzadas, siguen estando condicionadas por el contexto psicológico y social en el que nacen, y no se forman en el vacío de un laboratorio, sino en medio de los conflictos, aspiraciones y temores de sociedades vivas y en movimiento.

La esencia de la tesis en esta parte del libro se manifiesta al revelar la cruda contradicción entre los fríos intentos de institucionalizar los riesgos y la naturaleza caótica de las crisis históricas. Cuando los autores hablan del desarrollo del sector de los seguros, no lo ven meramente como una herramienta financiera, sino que lo leen como una “institución psicológica” que otorga a los inversores e individuos el atrevimiento existencial para seguir adelante con sus proyectos a pesar de la naturaleza difusa del mañana. El seguro es el mecanismo que transforma el miedo a la catástrofe en una prima financiera mensual conocida, y de ese modo la mente económica es capaz de domar la ansiedad y convertirla en una partida del presupuesto. Pero, ¿qué ocurre cuando se produce una catástrofe que escapa al alcance de todas las tablas estadísticas disponibles? ¿Qué ocurre cuando los mercados se colapsan debido a un acontecimiento único que no tiene origen en los registros antiguos? Aquí, el modelo de “riesgo” se desmorona y la humanidad vuelve a enfrentarse cara a cara con su eterno adversario: la incertidumbre absoluta.

El libro vincula estos cambios históricos con las crisis contemporáneas que nuestro mundo ha presenciado recientemente, confirmando que los grandes colapsos financieros, como la crisis de 2008, no se debieron a la falta de modelos matemáticos, sino al exceso de confianza en ellos. Los grandes bancos de inversión y las instituciones reguladoras olvidaron que las expectativas son seres vivos afectados por el contagio psicológico, los rumores y las historias que prevalecen en la sociedad. Cuando una determinada historia controla las mentes de los actores económicos, como la que decía “que los precios de los bienes raíces nunca pueden bajar”, las expectativas se condicionan a esta narrativa y todo el mundo actúa en consecuencia, lo que lleva finalmente a la inflación de la burbuja y a su inevitable explosión. Por lo tanto, el libro “Expectativas contingentes” devuelve la consideración a la historia como un verdadero laboratorio para la economía, mostrando que el estudio del comportamiento de los seres humanos en el pasado cuando se enfrentaban a las crisis es la única manera de comprender el misterio de la toma de decisiones en el presente, y de evitar caer repetidamente en el abismo de la confianza ciega en modelos digitales silenciosos que pretenden poseer las llaves del mañana.

El terremoto industrial y el nacimiento del capitalismo especulativo… El siglo XIX y la invención del mañana

Si la revolución probabilística había colocado las primeras semillas teóricas para cuantificar y enmarcar el futuro, entonces el siglo XIX fue como el tormentoso laboratorio práctico que arrojó a la humanidad a la fragua de un entorno económico dinámico del que la historia no había presenciado igual antes. Alexander Nützenadel y Jochen Streb dedican esta parte de su libro a observar esa transformación masiva que la revolución industrial provocó tanto en la mente de los individuos como en la de las instituciones, donde la expectativa ya no era meramente una herramienta para proteger el capital de las calamidades del tiempo, sino que se transformó en un motor esencial para producir riqueza y multiplicarla a través de canales financieros y de futuros simultáneamente. Con la aparición de los ferrocarriles que acortaban las distancias, el telégrafo que transmitía noticias y precios a través de los continentes en meros segundos, y las fábricas gigantes que devoraban materias primas y bombeaban mercancías en cantidades astronómicas, el estable viejo mundo con su monotonía agrícola se derrumbó, y en su lugar surgió un capitalismo industrial y comercial que se alimenta del movimiento constante y se apoya firmemente en la formulación de continuas apuestas en torno a cuál será el estado de los mercados en los días venideros.

Los autores nos llevan por un profundo recorrido archivístico para explorar los principales mercados especulativos que nacieron y se criaron en ciudades como Londres, París y Nueva York durante ese ruidoso siglo. Las bolsas de valores y de productos básicos emergentes no eran meros patios para el intercambio de escrituras y acciones, sino que eran en su esencia granjas para la producción y el comercio de “expectativas contingentes”. Aquí, las corporaciones y los gobiernos empezaron a aprender a vender y comprar cosas que aún no existían; como cosechas de algodón y trigo que aún son semillas en la tierra, o beneficios de minas de oro y plata cuyas profundidades aún no se han excavado. En este entorno particular, el concepto de expectativa pasó a estar condicionado por el flujo de información y la velocidad para captarla, y el actor económico se transformó de un mero comerciante tradicional que compara la oferta y la demanda en su mercado local, en un especulador profesional que intenta leer las tendencias globales, esperando decisiones de guerras, acuerdos comerciales y fluctuaciones climáticas transfronterizas, para formular basándose en ellas decisiones de inversión inmediatas.

El libro se centra en dos sectores vitales que experimentaron un auge sin precedentes en el siglo XIX, las especulaciones inmobiliarias y los mercados financieros, para mostrar cómo las expectativas contingentes pueden transformarse de una fuerza impulsora de la edificación y el desarrollo en una herramienta de demolición que detona violentas crisis. Con la enorme expansión urbana y la migración de millones de personas de las zonas rurales a las saturadas ciudades industriales, los terrenos urbanos se transformaron en un gran escenario para la especulación. Los inversores compraban vastos espacios en las afueras de las ciudades no en función de su valor actual, sino basándose en las “expectativas contingentes” de la extensión de las líneas ferroviarias o del crecimiento de las fábricas vecinas hacia ellos. Cuando estas expectativas se alimentaban de un optimismo excesivo y de historias entusiastas promovidas por la prensa y las instituciones financieras, los precios de la tierra subían a niveles imaginarios que no reflejaban ninguna realidad económica concreta, creando enormes burbujas inmobiliarias que pronto estallaban para dejar tras de sí oleadas de quiebra y ruina, como un ejemplo vivo de las expectativas que se deslizan desde la racionalidad del riesgo hacia el caos de la incertidumbre.

Paralelamente a esto, Nützenadel y Streb rastrean el asombroso desarrollo de la industria moderna de los seguros durante esta época, considerándolo la cumbre institucional del intento humano encaminado a institucionalizar y domesticar los riesgos. El seguro ya no se limitaba a los viajes marítimos como en el pasado, sino que se extendió para incluir a las fábricas contra incendios, a los trabajadores contra accidentes e incluso el seguro de vida, que provocó una revolución intelectual y moral en las sociedades occidentales. Los autores analizan cómo las grandes compañías de seguros lograron transformar los datos estadísticos acumulados sobre incendios, enfermedades y muertes en una poderosa herramienta para reducir el nivel de incertidumbre entre empleadores y familias. Mediante el pago de una prima financiera específica, el inversor compraba tranquilidad y protegía su proyecto de sorpresas catastróficas, y de ese modo el seguro se transformó en un “amortiguador de crisis existenciales y económicas” que permitió al capitalismo industrial lanzarse hacia adelante sin temor a la parálisis resultante de la ansiedad por el mañana. No obstante, este sistema institucional quedaba indefenso cada vez que la conciencia colectiva se veía remodelada en virtud de una gran crisis estructural que superaba la capacidad de predicción de los datos históricos, lo que revela los límites autógenos del proceso de racionalización del mercado.

Los autores aclaran, mediante un examen minucioso de las actas de las reuniones de los consejos de administración y de los informes financieros corporativos del siglo XIX, que los tomadores de decisiones no eran calculadoras humanas, sino humanos que caían bajo la influencia de la rutina institucional, las normas sociales y el contagio psicológico de los mercados. Cuando soplaban tormentas de pánico financiero, como la famosa crisis de 1873 que introdujo al mundo en un largo período de estancamiento, todos los modelos predictivos disponibles en ese momento se derrumbaban como castillos de naipes, porque las expectativas de la gente se condicionaban de repente al miedo total y a la pérdida absoluta de confianza en el sistema bancario. La historia, en el tratamiento de Nützenadel y Streb, demuestra una y otra vez que la racionalización del comportamiento económico es una corteza extremadamente fina, y que el deseo de predecir el mañana sigue gobernado por una dialéctica eterna entre la ambición humana de control y la naturaleza indómita y repentina de las transformaciones históricas y sociales que se niegan a cumplir con cualquier molde teórico rígido.

Pruebas del tormentoso siglo XX… Agrietamiento de los modelos normativos y explosión de las crisis

Si el siglo XIX representó la edad de oro para la invención y construcción de sistemas de expectativas y la fabricación de la tranquilidad institucional, entonces el siglo XX llegó como una impactante sacudida epistemológica e histórica, reflejando con dura brutalidad los límites de la capacidad humana para predecir y controlar los caminos de la economía global. Alexander Nützenadel y Jochen Streb nos trasladan, en esta coyuntura crucial de su libro, a estudiar el siglo XX como un verdadero campo de minas, en el que explotaron todas las certezas matemáticas en las que el capitalismo creía haberse asentado, donde las crisis ya no eran meramente ciclos económicos pasajeros cuyas sacudidas podían absorberse a través de mecanismos de seguros y de especulación organizada, sino que se transformaron en violentas catástrofes conectadas con las grandes guerras mundiales, las ideologías totalitarias en conflicto y los colapsos financieros intercontinentales. en esta escena confusa y compleja, la tesis del libro revela cómo flaquearon los modelos económicos normativos que asumen la racionalidad de los actores y la estabilidad del comportamiento humano, para demostrar de nuevo que las expectativas siguen siendo siempre criaturas vivas, condicionadas por el miedo, la memoria colectiva y la perturbación política que ninguna ecuación matemática puede ser lo suficientemente grande como para contener.

Los autores se centran en dos acontecimientos fundamentales que cambiaron la faz del mundo, la Primera Guerra Mundial y la ola de la Gran Depresión de 1929, para mostrar cómo surge la incertidumbre absoluta para desbaratar todos los intentos previos de racionalización. Antes del verano de 1914, los economistas y los banqueros creían que la primera globalización y el entrelazamiento de los intereses comerciales y financieros entre las grandes potencias hacían que el estallido de una guerra global fuera un asunto casi imposible, o al menos un riesgo muy excluido según los cálculos de probabilidades prevalecientes en la época. Pero, tan pronto como se dispararon las primeras balas en Sarajevo, esta expectativa optimista se derrumbó en pocas semanas, y el mundo se encontró ante un patrón de economía completamente nuevo; el cual es la “economía de guerra”, donde las expectativas se gestionan en función de las decisiones de movilización militar, el bloqueo de puertos y la destrucción total. Aquí, el libro explica cómo los Estados y las corporaciones se vieron obligados a abandonar sus planes tradicionales y a desarrollar mecanismos de emergencia para la expectativa contingente, gobernados por variables puramente políticas y militares que se encuentran enteramente fuera de los límites de la economía tradicional y de sus tablas estadísticas.

Con el retroceso del polvo de la guerra, el mundo apenas recuperó el aliento hasta que se vio sorprendido por la crisis de la Gran Depresión de 1929, que Nützenadel y Streb analizan como la mayor condena histórica a la arrogancia de los fríos modelos normativos. El repentino colapso del mercado de valores de Wall Street no fue un mero fallo técnico en los mecanismos de negociación, sino más bien el reflejo del desvanecimiento de la confianza colectiva y de la explosión de una burbuja de expectativas condicionadas por un optimismo ciego y narrativas de riqueza rápida que caracterizaron a la ruidosa era de los años veinte. Cuando el optimismo excesivo se transformó de repente en pánico absoluto, todos los modelos económicos tradicionales y las políticas monetarias fracasaron en contener la crisis, porque el comportamiento humano pasó a estar gobernado por el instinto de supervivencia y el miedo al mañana, impulsando a todo el mundo a retirar sus dineros de los bancos y a detener el consumo, los cuales eran comportamientos que parecían racionales e individuales para protegerse a sí mismos, pero que guiaron colectivamente a una parálisis completa en las arterias de la economía global y de las economías de las naciones. Este profundo tratamiento histórico revela que las expectativas económicas no se mueven en trayectorias lineales rectas, sino que se someten a saltos y cambios repentinos, tanto psicológicos como institucionales, impuestos por el contexto de la propia crisis.

El libro rastrea luego cómo estas sucesivas sacudidas condujeron al nacimiento de un nuevo pensamiento económico que intentó institucionalizar las expectativas de una manera diferente, específicamente con el auge de la teoría keynesiana y el creciente papel intervencionista del Estado en la economía. John Maynard Keynes se dio cuenta, como explican los autores, de que la inversión no se guía por fríos cálculos matemáticos del futuro, sino más bien por lo que él llamó los “espíritus animales” (Animal Spirits), que son esos impulsos psicológicos de confianza, miedo, iniciativa y retirada que mueven a los inversores en condiciones de incertidumbre. Basándose en esto, el Estado se transformó en la segunda mitad del siglo XX en un “creador de certeza estratégica”, mediante la adopción de políticas de bienestar social, la garantía de los depósitos bancarios y la gestión de la demanda agregada, con el objetivo de crear un entorno institucional estable que permita a los individuos y a las corporaciones formar expectativas positivas condicionadas por la garantía del Estado y su protección. No obstante, esta estructura institucional keynesiana se enfrentó a su vez a una tormentosa prueba en la década de 1970 con la aparición del dilema de la estanflación, que fue la crisis explotada por la Escuela de Chicago y el neoliberalismo para volver a comercializar la teoría de las “expectativas racionales” que asumía de nuevo que los mercados son capaces de corregirse a sí mismos por sí mismos si se levantaba la mano del Estado de ellos, una ilusión que continuó dominando hasta que la crisis de la Gran Recesión explotó en 2008.

La gran y central lección que Nützenadel y Streb extraen de las fluctuaciones del siglo XX, y que ofrecen como una sólida contribución intelectual, es que el intento de reducir la economía a meras ecuaciones técnicas que ignoran la dimensión histórica y social es una receta confirmada para los desastres. Las expectativas económicas, en el análisis final, no son meramente predicciones científicas neutrales del futuro, sino que son fuerzas activas e influyentes que participan en la creación de este futuro y en su configuración.

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