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El Arte De La Alegría Profunda

En la lectura del libro «Humor Me How Laughing More Can Make You Present, Creative, Connected, and Happy (Chris Duffy)», nos encontramos ante una obra que trasciende el concepto superficial del humor, para plantearlo como una herramienta de supervivencia, una lente filosófica y una práctica diaria capaz de reformular nuestra realidad sombría. El autor «Chris Duffy», presentador de un famoso pódcast y escritor de comedia, no escribe este libro para enseñarnos cómo contar chistes en las fiestas, sino para enseñarnos cómo vivir una vida más presente, creativa, conectada y feliz a través de invocar la risa en los momentos que parecen totalmente desprovistos de ella.

Comienza «Duffy» su libro con una apertura cautivadora, que no se basa en teorías académicas áridas, sino que parte de una historia humana de una gran honestidad y realismo. El autor nos lleva de vuelta a sus días como maestro de quinto grado en una escuela de Boston, un período que describe como lleno de caos, frustración y presión psicológica. En medio del crudo invierno de Boston, «Duffy» se encontró habiendo perdido por completo el sentido del humor que antes lo distinguía. Volvía a diario a su apartamento abarrotado de compañeros de piso, exhausto, para sumergirse en la lectura de las novelas de «Juego de Tronos» huyendo de su realidad, hasta el punto de que sus compañeros de piso bromeaban diciendo que el escritor «George R. R. Martin» era su sexto compañero en el apartamento por su aislamiento con sus libros. Enfrentaba duros desafíos con alumnos que sufrían condiciones de vida abrumadoras que oscilaban entre la falta de vivienda, los traumas psicológicos y las enfermedades crónicas, y recibía llamadas furiosas de los padres por sus errores como maestro principiante.

En este panorama sombrío, aparece «Gary», un alumno de once años, que también sufría de frustración, mala conducta y ataques de ira, y que se negaba a entregar sus tareas escolares, especialmente las de escritura. Pero el gran punto de inflexión ocurrió cuando «Duffy» escuchó por casualidad la amarga queja de «Gary» sobre la mala calidad de la comida del comedor escolar. El maestro se dio cuenta de que las quejas del niño no eran un simple lamento ordinario, sino una crítica mordaz y sumamente divertida. En un momento de inspiración, «Duffy» le propuso a «Gary» que escribiera una columna en el periódico escolar como crítico gastronómico oficial de la cafetería. La aceptación de «Gary» no fue solo una victoria educativa que hizo que un niño practicara la escritura voluntariamente, sino que fue el salvavidas que sacó al maestro de su depresión.

El libro expone fragmentos geniales de los artículos críticos de «Gary» que no carecen de una ironía innata y mordaz. En su reseña de la pizza de trigo integral con queso y espinacas, «Gary» escribe que este plato, que se supone viene de Italia, parece cartón, y no tiene sabor a salsa ni a queso, y en otra crítica al plato del «hot pocket» vegetariano, expresa su desconcierto por su denominación como comida vegetariana mientras parece contener trozos de pepperoni, señalando que considera la comida vegetariana habitualmente «una vergüenza», pero que aun así disfrutó del plato. En cuanto a su reseña del «hot dog de pollo», fue la cúspide de la comedia negra, donde describió las salchichas como «un tubo que contiene manchas marrones que se parece al juguete para masticar de los perros», y termina su artículo con una calificación de «cero de cinco estrellas» expresando su compasión por la amable trabajadora que tuvo que servir esa comida.

Estos artículos simples fueron la chispa de la gran revelación para «Chris Duffy». En uno de los largos viajes de vuelta en autobús a su casa, «Duffy» sacó los artículos de «Gary» de su bolso y comenzó a leerlos, encontrándose riendo a carcajadas en medio de los pasajeros. Se dio cuenta en ese preciso momento de que la risa es lo que faltaba en su vida. El humor no cambió la realidad de la mala cafetería escolar, ni resolvió los problemas escolares de «Gary», ni amplió el estrecho apartamento de «Duffy» ni mejoró el clima helado de Boston, pero cambió la forma en que todos ellos respondían a esa realidad. El humor, como lo define el autor en este ameno viaje, es un medio para reingenierizar la desesperación y convertirla en esperanza. No es una negación de la realidad oscura ni lo que se llama «positividad tóxica» que te obliga a sonreír frente a las tragedias, sino que es un reconocimiento explícito de las nubes negras, con la capacidad de burlarse de su abundancia.

Después de esta introducción narrativa, el autor nos lleva a una fundamentación metódica del concepto de humor, apoyándose en investigaciones realizadas por «Jennifer Aaker» y «Naomi Bagdonas» de la Escuela de Posgrado de Negocios de la Universidad de Stanford. «Duffy» aclara las diferencias sutiles e importantes entre «Comedia» (Comedy) y «Humor» (Humor) y «Levedad» o «Diversión» (Levity). La comedia es la forma artística o la profesión que depende de contar chistes y narrar historias divertidas al público. Mientras que el humor es una práctica diaria y un ejercicio para construir los músculos mentales capaces de ver y notar la extrañeza alegre en nuestro mundo. En cuanto a la levedad, es la mentalidad y el espíritu receptivo a la risa y la alegría que encuentras.

Y para probar que tener sentido del humor no significa necesariamente la capacidad de contar chistes, el autor relata un chiste clásico y famoso sobre un nuevo prisionero que entra en la cafetería en su primer día, para encontrar a los viejos prisioneros gritando números aleatorios como «52» o «128», para que todos estallen en risas. Y cuando el nuevo prisionero pregunta por la razón, un viejo prisionero le dice que se han aprendido los chistes de tanto repetirlos, y que ahora le dan a cada chiste un número para abreviar el tiempo. Y cuando el nuevo prisionero intenta gritar el número «97», se hace un silencio absoluto y nadie se ríe, para decirle el anciano: «Algunas personas saben contar chistes, y otras no saben hacerlo». «Duffy» comenta esta historia afirmando que su objetivo con el libro no es convertirte en un experto en gritar el número «97», sino ayudarte a ser esa persona que posee un depósito interno de alegría que lo hace siempre estar listo para reír y notar las paradojas.

La esencia de poseer sentido del humor requiere una especie de generosidad psicológica. El autor señala las investigaciones del psicólogo canadiense «Rod A. Martin», que mostraron que las mujeres interpretan el «sentido del humor» en la pareja como «la persona que me hace reír», mientras que los hombres lo interpretan como «la persona que se ríe de mis chistes». «Duffy» ve que el verdadero sentido del humor requiere una escucha profunda y la disposición para romper la tensión cuando sea necesario. La risa nos impone una presencia total en el momento presente, lo que coincide con lo que decía el maestro espiritual «Ram Dass» de que la meditación y la presencia pueden abrir una puerta a una «risa cósmica» que nos devuelve con fuerza al momento actual y nos hace conectar con sinceridad con quienes nos rodean.

A partir de aquí, el autor construye su metodología en este libro sobre tres pilares principales o «bases» para desarrollar el sentido del humor. El primer pilar es la «Presencia»; es decir, la capacidad de prestar atención con precisión y notar que el mundo está lleno de absurdos y paradojas por las que pasamos por alto. El segundo pilar es la «Capacidad de reírse de uno mismo»; una habilidad que requiere una valentía excepcional para enfrentar nuestros defectos y carencias y burlarse de ellos con cariño, lo que despoja a estos defectos de su poder para hacernos sentir vergüenza, y nos hace más reconciliados con nosotros mismos y más atractivos a los ojos de los demás. En cuanto al tercer pilar, es «asumir los riesgos sociales»; es decir, la total disposición para aceptar parecer tonto o débil en ocasiones, lo que abre la puerta a crear vínculos más profundos con la sociedad.

El humor en su esencia y su filosofía profunda no se limita a simplemente contar chistes memorizados o a la búsqueda obsesiva de ser el centro de atención y acaparar las miradas de los presentes, sino que es en realidad una práctica diaria precisa que requiere una atención vigilante y una generosidad auténtica en la interacción con los demás. Cuando reflexionamos sobre los raros momentos en los que nos reímos desde lo más profundo de nuestro corazón con otra persona, nos damos cuenta rápidamente de que estamos en un estado de presencia total, donde las distracciones técnicas y psicológicas se desvanecen y nos volvemos totalmente inmersos y enfocados en ese momento compartido con aquellos con quienes nos reímos. Este tipo de presencia total se ha convertido en una moneda extremadamente rara en nuestro mundo contemporáneo lleno de ruido y distracciones, sin embargo, la risa profunda y compartida representa una prueba contundente de que las partes de la interacción no están distraídas ni presentes a medias, sino que están conectadas con una concentración absoluta y una presencia real. Y las teorías evolutivas en sociología explican este asombroso asunto diciendo que la risa evolucionó en las sociedades humanas antiguas y se convirtió en un fenómeno universal precisamente para cumplir esta función social de suma importancia, que consiste en vincular a los individuos entre sí y reforzar su cohesión y afinidad frente a la dureza de la naturaleza.

De aquí, Duffy afirma en su tesis que el humor depende de forma radical y decisiva de nuestra capacidad continua para observar los pequeños detalles a nuestro alrededor, pues lógicamente no podemos reírnos sino de las cosas que notamos y percibimos conscientemente en nuestro entorno diario. Muchas de las situaciones divertidas que encontramos provienen en esencia de nuestra percepción de una brecha notable entre nuestras expectativas previas sobre cómo deberían ir las cosas y la realidad efectiva que se manifiesta ante nosotros, y esta disparidad flagrante o contradicción repentina es lo que provoca nuestra reacción espontánea de risa. Pero para poder captar estas brechas y paradojas cotidianas que normalmente pasan desapercibidas, debemos primero deshacernos del estado de distracción mental y de la conducción automática que domina nuestras mentes en muchas ocasiones. Para lograr este objetivo, Duffy propone una estrategia mental innovadora a la que llama «mentalidad del baño nuevo», que es una invitación explícita a comenzar a enfocarnos en los momentos en que estamos menos presentes y más distraídos en nuestra rutina diaria habitual, e intentar mirarlos con ojos nuevos y curiosos como si estuviéramos explorando un lugar nuevo por primera vez en nuestra vida. Activar esta mentalidad nos ayuda de forma asombrosa a notar las paradojas divertidas por las que normalmente pasamos sin la más mínima atención, y convierte el humor de un mero talento innato que algunos poseen y otros no, en una herramienta práctica y mágica que nos permite la comunicación profunda, la construcción de relaciones sólidas y mostrar la vulnerabilidad humana compartida de una manera divertida que no parece una carga pesada o un deber impuesto.

Y el libro va más allá de simplemente facilitar la comunicación social superficial, para plantear el humor como una virtud espiritual auténtica y una forma filosófica y eficaz de tratar con la realidad de la vida llena de desafíos y complejidades. Tener un profundo sentido del humor no significa en absoluto negar el dolor humano, o fingir ingenuamente que todo va bien en medio de las crisis, sino que significa en su esencia el uso consciente de la risa como medio estratégico para cambiar y modificar nuestra relación con las circunstancias difíciles que están fuera de nuestro control y que no podemos cambiar directamente. Cuando nos reímos de lo mala que es una situación o de lo absurda que es una pequeña catástrofe que nos ha ocurrido, no cambiamos los hechos básicos y materiales de esa situación, pero logramos cambiar la forma en que la miramos e interactuamos con ella, lo que se considera una transformación cognitiva de suma importancia que nos ayuda a adaptarnos, a adquirir resiliencia psicológica y a recuperar la sensación de control. En este contexto, el autor advierte con fuerza contra caer en la trampa de lo que se llama positividad tóxica; esa mentalidad que nos impone mirar siempre y de forma forzada el lado brillante, e ignorar los sentimientos negativos o reprimirlos por completo. Y Duffy explica con destreza que el humor logra alcanzar muchos de los beneficios psicológicos y de desahogo deseados sin necesidad de pretender que no existen cosas malas en el mundo, sino todo lo contrario, reconoce la existencia del mal y lo admite, y luego lo enfrenta con una sonrisa valiente capaz de aliviar su peso y despojarlo de su autoridad arrolladora sobre nuestras almas.

Y para explicar cómo aplicar el principio de reconocer lo malo y transformarlo en fuente de alegría y humor en la realidad, Duffy presenta un ejemplo genial y encarnado de esta idea de la ciudad de Boston, donde existe lo que se conoce como el «Museo del Arte Malo». Este museo excepcional no expone obras de arte refinadas o cuadros de artistas famosos, sino que alberga exposiciones especializadas que contienen las peores piezas artísticas que se puedan encontrar jamás, que a menudo han sido recogidas después de que sus dueños las arrojaran a los lados de los caminos, o fueron donadas desesperadamente a tiendas de artículos usados y cajas de donaciones. Lo sorprendente y admirable de este museo no es solo la mala calidad de las piezas expuestas y su debilidad artística, sino la forma rigurosa en que se tratan estas piezas; el museo toma estas obras de arte malas con total seriedad, colgándolas con sumo cuidado en las paredes iluminadas, y colocando junto a cada cuadro una pequeña placa metálica que incluye una explicación analítica detallada de la obra de arte y sus deficiencias. Este comportamiento en sí mismo crea un estado de comedia refinada y una paradoja asombrosa, donde se otorga un halo de importancia y solemnidad a cosas fallidas artísticamente, lo que provoca la risa de los visitantes de una manera inteligente y profunda.

A través de este ejemplo único, el autor extrae una valiosa lección sobre la importancia de celebrar las cosas malas y encontrar el humor en sus pliegues, porque cuando arrojamos luz sobre la mediocridad con un estilo humorístico, nos ayudamos a nosotros mismos y a los demás por naturaleza a apreciar la calidad y la excelencia de una forma mejor y más profunda. La experiencia del Museo del Arte Malo nos enseña que los errores y los defectos y nuestros intentos fallidos no son siempre motivo de vergüenza o de ocultamiento deliberado, sino que pueden ser un espacio maravilloso para el encuentro humano y la risa compartida que alivia la tensión. En entornos laborales, o incluso en el bullicio de la vida personal, cuando los pequeños errores o las situaciones embarazosas se tratan como una oportunidad para reír y conectar en lugar de considerarlas catástrofes que merecen vergüenza y culpa y rendición de cuentas, creamos una cultura organizativa y social que apoya la seguridad psicológica y la comunicación eficaz. Y el humor se convierte en este contexto en un acto auténtico de generosidad y valentía, donde la persona se ofrece voluntariamente con audacia para arrojar luz sobre las paradojas cotidianas ordinarias y compartidas, lo que hace que los demás sientan que no están solos en su sufrimiento o en su enfrentamiento con el absurdo diario continuo.

La generosidad vinculada al sentido del humor, como la ve el autor, radica en renunciar voluntariamente al deseo continuo de aparecer como la persona perfecta que nunca se equivoca. Cuando el líder administrativo, o el colega en el entorno laboral, o el amigo cercano comparte una situación divertida sobre sus fracasos personales, o sobre su mala comprensión de algo que creía entender perfectamente, envía un mensaje implícito fuerte y tranquilizador a los demás de que la imperfección humana es algo natural y aceptable. Este enfoque modesto elimina las barreras psicológicas defensivas que impiden a las personas estar totalmente presentes en sus relaciones y en su entorno profesional y social. Según la profunda visión del autor, el humor exitoso y realmente influyente no es aquel que te convierte en el único centro de atención en la sala, o aquel que consagra tu imagen como una persona invencible, sino aquel que amplía el círculo para incluir a todos, y transforma la experiencia individual aislada en una carcajada colectiva y estruendosa que disuelve las diferencias. El simple hecho de notar el esfuerzo realizado en las tareas diarias rutinarias y extraer el lado divertido del sufrimiento compartido requiere un alto nivel de valentía y amabilidad, lo que hace que la presencia mental total, con todo lo que conlleva de vigilancia y atención, sea un primer paso crucial para adquirir este refinado sentido del humor.

Por lo tanto, se considera que la presencia y la observación precisa y el cambio de perspectiva perceptiva hacia los acontecimientos son los pilares fundamentales que hacen del humor una herramienta terapéutica, de liderazgo y social de primer nivel. Nos otorga la capacidad de permanecer enfocados en el momento presente con quienes amamos y con quienes trabajamos, y nos protege de la trampa de la distracción permanente en los temores del futuro incierto o las tristezas del pasado pesado. Sin embargo, percatarse del momento presente y notar las paradojas no es más que el primer paso en el mapa de ruta que traza esta obra distintiva. Incluso si estamos totalmente presentes y notamos el lado divertido de la situación, queda ante nosotros el desafío mayor que consiste en cómo expresar este lado, y cómo dirigir el humor hacia nosotros mismos primero antes de dirigirlo a los demás para garantizar que no se transforme en una herramienta de ataque o de burla negativa que destruye las relaciones en lugar de construirlas.

Notar el lado divertido del mundo que nos rodea puede parecer una tarea sencilla si se compara con la capacidad de dirigir esta lente humorística hacia nosotros mismos. Y aquí surge el «segundo pilar» que el libro plantea con audacia y perspicacia: «La capacidad de reírse de uno mismo». Este pilar no se trata de ninguna manera de que uno se menosprecie, o se castigue a sí mismo, o disminuya su valor frente a los demás, sino que es en su esencia filosófica una práctica de liberación de las ataduras del «ego» inflado que nos impone una búsqueda ilusoria y continua de la perfección. El autor ve que el orgullo, el miedo excesivo a parecer débil o tonto, y la protección de la autoimagen ilusoria, son los enemigos acérrimos del auténtico sentido del humor. Cuando nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio todo el tiempo, nos volvemos extremadamente frágiles, propensos a quebrarnos ante la primera crítica u observación, y perdemos por completo la capacidad de establecer una comunicación humana profunda, que es la comunicación que generalmente nace y florece en los espacios de la debilidad humana compartida.

La capacidad de reírse de uno mismo, como la analiza y explica el autor, es una especie de «escudo psicológico» sólido que nos protege en lugar de exponernos. En la literatura de la psicología social, este tipo de humor dirigido hacia uno mismo se conoce como una poderosa herramienta para desarmar psicológicamente a los demás; cuando tú mismo y por tu propia voluntad reconoces tus defectos, o tus fracasos, o tus deslices de una manera sarcástica y amable, retiras inteligentemente la alfombra de debajo de los pies de cualquier persona que pueda intentar usar estos defectos como puntos débiles contra ti. Es en su esencia una declaración explícita y clara de alta autoconfianza, un mensaje oculto que dice: «Conozco bien mis carencias, y estoy reconciliado con ellas hasta el punto de que puedo convertirlas en un chiste que me alegra y alegra a quienes me rodean». Este profundo nivel de reconciliación con uno mismo envía mensajes de tranquilidad fuertes y cálidos a quienes nos rodean. En cambio, la persona que se esfuerza desesperadamente por ocultar sus errores, y defiende su imagen perfecta con ferocidad en cada situación, crea a su alrededor un halo de tensión y recelo permanentes, lo que hace que la comunicación con ella sea algo agotador y carente de cualquier espontaneidad. El autor explica en detalle que nosotros como humanos tendemos instintivamente a sentirnos atraídos hacia las personas que comparten con nosotros historias de sus simples fracasos y sus situaciones embarazosas sin afectación, porque ese comportamiento nos recuerda nuestra humanidad compartida, y nos alivia la carga psicológica que consiste en sentir que somos los únicos que cometemos tonterías en este mundo complejo.

Y para consolidar esta compleja idea con ejemplos vivos, el autor nos traslada a un mundo donde normalmente no esperaríamos encontrar humor en absoluto, que es el mundo de las operaciones militares especiales de alta peligrosidad. En una de las entrevistas asombrosas que el libro incluye entre sus páginas, expone la experiencia real de un oficial de las Fuerzas Especiales de la Marina estadounidense, una comunidad famosa mundialmente por su máxima rigurosidad, disciplina total y presiones psicológicas y físicas enormes que superan la capacidad de las personas comunes. Algunos podrían pensar que los líderes de estos equipos de élite se basan en su gestión de crisis solo en la severidad excesiva y la imagen estereotipada del líder de acero que nunca es vencido ni se equivoca jamás. Pero el oficial revela en su diálogo una verdad totalmente contraria a todas las expectativas; afirma que los peores líderes, y los más propensos a causar catástrofes sobre el terreno espantosas, son aquellos que carecen por completo de sentido del humor y no pueden de ninguna manera reconocer sus errores por pequeños que sean. En entornos duros donde la diferencia entre la vida y la muerte no supera unos pocos segundos, la tensión acumulada puede desgarrar al equipo desde dentro, pero cuando el líder comete un simple error táctico o tropieza en una situación, y luego se burla de sí mismo con total naturalidad frente a sus soldados, logra varios objetivos estratégicos en un solo momento: rompe la aguda tensión que domina el ambiente, restablece el flujo de oxígeno intelectual a las mentes tensas, y lo más importante de todo, consolida una cultura de lo que se conoce como «seguridad psicológica». Cuando los soldados en el terreno ven a su líder, que representa la cima de la jerarquía funcional, reírse de su desliz con sinceridad, se dan cuenta de inmediato de que ellos también son humanos y tienen derecho a equivocarse, lo que los anima a informar sobre sus errores con transparencia y rapidez en lugar de ocultarlos por miedo al castigo severo. Así, el humor dirigido hacia uno mismo se transforma de un simple comportamiento divertido y pasajero, en una herramienta de liderazgo vital e indispensable para salvar vidas y garantizar la cohesión del equipo en las circunstancias más oscuras.

Y desde este punto central e interesante, el autor fluye con fluidez y lógica hacia el «tercer pilar» que complementa este sistema intelectual, que es «asumir los riesgos sociales». Practicar el humor en cualquier contexto social, por su naturaleza y constitución, es un salto valiente hacia lo desconocido. Cuando decides en un momento dado compartir una observación divertida, o contar una historia graciosa, o expresar una idea no convencional frente a un grupo de personas, te pones voluntariamente en una situación que requiere la evaluación de los demás y su reacción inmediata. Siempre existe una posibilidad latente y aterradora de que nadie se ría, o de que tus palabras se entiendan de forma totalmente errónea, o de que lo que dijiste parezca tonto e inapropiado en el contexto de la conversación. Este miedo arraigado al rechazo social o a la vergüenza pública es lo que empuja a muchos de nosotros a preferir la seguridad, guardar silencio y permanecer en la zona de confort segura y aburrida a la vez. Pero el autor argumenta con fuerza que la vida rica, llena de comunicación real y profunda, requiere que practiquemos asumir este tipo de pequeños riesgos con regularidad y valentía. El humor aquí, como lo describe, se parece al músculo físico que solo se fortalece y se destaca exponiéndolo a un esfuerzo continuo y calculado y meditado.

En este contexto, el autor toma prestado del mundo de la comedia profesional un término duro que se conoce como «la bomba» o «el colapso» en el escenario, que expresa con precisión el momento de pesadilla en que el comediante cuenta un chiste que ha preparado con cuidado, y no recibe a cambio más que un silencio absoluto y embarazoso del público. Todo comediante profesional, por famosa que sea, ha pasado por esta dura experiencia una y otra vez en su carrera. Lo que separa al comediante exitoso y continuo de otros que se retiran temprano, no es no haber estado expuesto al fracaso, sino cómo responder a él y recuperarse de él con flexibilidad. El autor ve que necesitamos urgentemente tomar prestada esta mentalidad profesional en el devenir de nuestra vida diaria ordinaria. Debemos entrenarnos conscientemente para lanzar nuestros propios «chistes» en el escenario de la vida, y aceptar con el pecho abierto la idea de que pueden no siempre lograr provocar la risa. Y cuando ocurre este fracaso esperado, en lugar de hundirnos en una espiral de vergüenza y autocastigo y de repasar los detalles de la situación embarazosa a las tres de la madrugada con ansiedad patológica, podemos simplemente sonreír, seguir adelante, o incluso burlarnos en voz alta del hecho de que el chiste no fue nada acertado. Sobrevivir a estos pequeños y repetidos riesgos sociales construye dentro de nosotros una enorme resiliencia psicológica, y nos enseña una lección invaluable: la vergüenza no es una condición mortal que acaba con nuestro futuro, sino solo un sentimiento temporal y pasajero que puede superarse fácilmente, e incluso con el paso del tiempo podemos transformarlo en una historia divertida que contamos con orgullo en otra ocasión social.

Para lograr este nivel de madurez, el libro propone una técnica práctica y deslumbrante para tratar con los recuerdos embarazosos, que consiste en lo que llama «reformulación narrativa». Todo ser humano sobre la faz de la tierra lleva en su bolsa secreta una caja oscura de recuerdos que le hacen sudar con solo destellar en su mente: un comentario desacertado dicho en una reunión de trabajo de suma importancia, una caída física pública frente a una multitud de extraños, o un malentendido atroz que llevó a una pequeña catástrofe en una ocasión familiar. En lugar de reprimir estos recuerdos y encerrarlos en el sótano del subconsciente, el autor nos invita a sacarlos a la luz e intentar narrarlos a nosotros mismos y a los demás como si fueran una escena principal en una serie de comedia en la que nosotros desempeñamos el papel del protagonista confundido y bienintencionado. Cuando contamos estas historias a nuestros amigos cercanos y nos enfocamos en lo absurdo de la situación y nuestra tontería en ella, conscientemente despojamos al recuerdo de su carga emocional negativa y tóxica, y la sustituimos por una carga de alegría y vinculación y participación emocional. Esta precisa transformación narrativa no solo cura el dolor del pasado, sino que nos otorga un poder enorme en el presente; un poder que proviene de nuestra certeza de que nuestros peores momentos, y los que más motivo de vergüenza nos dan, pueden transformarse gracias al cambio perceptivo en las mayores fuentes de nuestra alegría y comunicación si los miramos desde el ángulo correcto.

Además de los beneficios psicológicos y sociales anteriores, el autor vincula con destreza estos dos pilares (reírse de uno mismo y asumir los riesgos sociales) con la explosión de las energías de la creatividad y la innovación en todos los ámbitos de la vida. La verdadera creatividad en su esencia requiere la capacidad de pensar fuera de las cajas familiares y cómodas, y de plantear ideas que pueden parecer a primera vista extrañas o ilógicas o incluso totalmente locas. En los entornos rigurosos donde impera el miedo permanente a los juicios sociales duros y a la burla mordaz, las ideas innovadoras son abortadas en su cuna sin piedad, porque los individuos temen intensamente parecer tontos o incompetentes frente a sus pares. Pero, por el contrario, en los entornos donde prevalece la cultura del humor y la aceptación de los errores constructivos, y donde uno puede plantear una idea loca y reírse de ella si se demuestra su fracaso práctico sin perder su respeto profesional o personal, florecen los espacios de lluvia de ideas y nacen las soluciones no convencionales que conducen a avances reales. Reducir la barrera del miedo aterrador a través de sembrar el humor, abre las puertas de la imaginación humana de par en par, y hace que el proceso de prueba y error continuo sea un viaje exploratorio divertido y fructífero, en lugar de ser un examen aterrador que agota los nervios y restringe las mentes.

Con este planteamiento integral, se nos va aclarando gradualmente la imagen completa de la metodología del autor para revivir el sentido del humor y reutilizarlo en nuestra vida contemporánea. El asunto, como vemos, no se trata en absoluto de memorizar listas de chistes listos, o de intentar ser de forma artificial las personas más divertidas y ruidosas de la sala. Sino que es en su verdad un camino evolutivo y psicológico integral, que comienza con la «Presencia» para notar las paradojas precisas de la vida, y pasa inevitablemente por «reírse de uno mismo» para destruir los ídolos del orgullo interno y la fragilidad psicológica, y se completa con la práctica continua de «asumir los riesgos sociales» con el objetivo de tender puentes de comunicación real y profunda con los demás. Es, en resumen, una receta psicológica y social de pilares integrales para liberar al ser humano de la carga de la seriedad excesiva que lo agobia, y otorgarle las herramientas prácticas necesarias para bailar con flexibilidad con el caos de la vida y sus contradicciones continuas. Sin embargo, con la culminación de estos tres pilares, surge una pregunta esencial y urgente: ¿cómo se puede aplicar este enfoque optimista cuando nos enfrentamos a tragedias reales y dolorosas para las que no tenemos energía? ¿Cómo puede el humor encontrar su camino en los pasillos de los centros de atención a ancianos que están rodeados de sombras de muerte, o en medio de las batallas políticas aplastantes que determinan el destino de los pueblos, o en los momentos de pérdida profunda?

Si el humor requiere presencia mental y capacidad de reírse de uno mismo y aceptar los riesgos sociales, ¿cómo podemos invocar este sentido alegre cuando las adversidades se intensifican y el mundo se oscurece ante nuestros ojos? ¿Cómo puede la risa encontrar un espacio en las frías habitaciones de los hospitales, o en los pasillos de las residencias de ancianos donde se manifiesta la inevitabilidad de la extinción, o en medio de las batallas políticas y sociales aplastantes que determinan el destino de millones, o incluso en los momentos más crueles cuando perdemos a quienes amamos? La respuesta a esta pregunta es lo que eleva este libro de ser una simple guía para mejorar las habilidades sociales, a un documento filosófico y psicológico que estudia el humor como una estrategia de supervivencia, una herramienta de resistencia y un medio para aferrarse a la vida en sus manifestaciones más duras.

El autor comienza desmontando la aparente contradicción entre «Tragedia» y «Comedia». Las tradiciones sociales nos han programado para que los tiempos difíciles requieran de nosotros un compromiso riguroso con la seriedad absoluta, y que cualquier intento de reír frente a las catástrofes es una especie de ligereza o falta de respeto al sufrimiento. Pero «Duffy», basándose en sus entrevistas en profundidad con médicos y psicólogos y activistas, invierte esta ecuación por completo. Plantea el humor no como lo opuesto a la seriedad, sino como su complemento vital, y como una válvula de seguridad neurológica y psicológica que impide que nuestras mentes colapsen bajo el peso de las enormes presiones. Cuando la tragedia alcanza su clímax, y las realidades que nos rodean se vuelven más pesadas de lo que se puede soportar, la mente humana busca instintivamente una salida para aliviar esta presión asfixiante. Y aquí interviene la risa, no para anular la catástrofe o restarle importancia, sino para darnos una distancia psicológica segura, aunque sea por unos pocos segundos, que nos permita recuperar el aliento y recargar nuestra energía para continuar el enfrentamiento. Es un mecanismo de defensa arraigado en nuestra estructura biológica, que nos permite percibir lo absurdo de la situación extrema sin permitir que nos destruya desde dentro.

Y para encarnar esta compleja idea, el autor nos lleva en un viaje conmovedor a la ciudad de Hong Kong, y específicamente a uno de los centros de atención a ancianos especializados en tratar enfermedades crónicas y casos de deterioro cognitivo y físico vinculados a la vejez avanzada. En tales entornos, a menudo la rutina médica rigurosa y el ambiente clínico frío predominan sobre la humanidad de los residentes. El enfoque se centra por completo en prolongar la vida, gestionar el dolor y distribuir los medicamentos en sus horarios precisos, lo que lleva en muchas ocasiones a despojar a estos ancianos de su dignidad e independencia, y convertirlos en meros números en expedientes médicos. Pero el autor nos transmite una experiencia excepcional de un grupo de médicos y cuidadores que decidieron introducir el humor como un elemento esencial y sistematizado en los protocolos de atención diaria. Estos practicantes no distribuyeron chistes enlatados, sino que utilizaron técnicas de improvisación y juego y diversión espontánea para comunicarse con pacientes que han perdido la capacidad de comunicación verbal coherente debido a la demencia o el Alzheimer.

«Duffy» describe cómo un gesto divertido, o una reacción exagerada a un simple movimiento que hace el paciente, o incluso la burla amable de la dureza de la rutina médica misma, puede provocar una transformación mágica en el ambiente. En esos breves momentos de risa compartida entre el paciente y el cuidador, la jerarquía médica rigurosa se desvanece. La situación ya no es un «paciente indefenso» y un «médico capaz», sino que se convierte en dos seres humanos que comparten un momento de alegría pura frente a la inevitabilidad del deterioro físico. Este tipo de humor devuelve a los ancianos su sensación de agencia y control, y les recuerda que todavía están vivos y son capaces de interactuar y sentir alegría, y no son solo cuerpos que esperan el final. Este ejemplo profundo demuestra que el humor en los lugares de dolor no es un lujo o una ligereza, sino el más alto grado de empatía humana; es un salvavidas lanzado en un mar de impotencia, para decirle al paciente: «Te veo, y comprendo tu sufrimiento, y todavía somos capaces de encontrar la luz juntos en esta habitación oscura».

Y desde las salas de atención sanitaria cerradas, el libro amplía su lente para trasladarse a las plazas públicas abiertas, donde el humor destaca como un arma letal en manos de activistas y reformadores sociales frente a los sistemas opresivos y las estructuras políticas anquilosadas. Durante largas décadas, el trabajo político y de derechos humanos ha estado asociado a discursos resonantes, informes llenos de estadísticas sombrías y manifestaciones airadas. Y a pesar de la importancia de estas herramientas, la dependencia exclusiva de ellas a menudo conduce al agotamiento de los activistas, y a que el público en general sufra lo que se conoce como «fatiga de la compasión» o embotamiento hacia las causas justas como resultado de la exposición continua a las tragedias. «Duffy» plantea el humor aquí como una energía renovable y limpia que impulsa la rueda del cambio social sin quemar sus motores. La sátira política y la comedia negra poseen una capacidad prodigiosa para perforar los escudos propagandísticos que las autoridades construyen a su alrededor. Cuando la gente se ríe de una decisión política absurda o de una declaración gubernamental contradictoria, despojan al poder de sus armas más importantes: la majestuosidad y el miedo. Los tiranos y los sistemas autoritarios pueden lidiar con la ira y justificar su represión, pero se quedan totalmente impotentes frente a la burla y la risa, porque la risa revela su falsedad y expone su fragilidad de una manera que no puede ser refutada con la lógica de la fuerza bruta.

El autor explica a través de ejemplos históricos y contemporáneos cómo el chiste político, el cartel de protesta sarcástico y los clips cómicos que critican la corrupción, actúan como enormes factores de unificación para las sociedades oprimidas. La risa colectiva ante una situación sarcástica representa un «consenso silencioso» y una votación inmediata de rechazo a la realidad impuesta. Además, el humor hace que los temas complejos y áridos sean más comprensibles y digeribles para las amplias masas que pueden huir de la terminología política fría. Cuando la crítica mordaz se envuelve con una sonrisa inteligente, trasciende las barreras defensivas del receptor y se asienta en su conciencia y su mente de forma mucho más profunda que el adoctrinamiento directo. Y así, el libro considera que el activista que posee sentido del humor es un activista que posee una herramienta estratégica que le permite continuar en su lucha, reunir a los partidarios, confundir a los adversarios, todo ello manteniendo su salud mental sin erosionarse frente a montañas de injusticia y frustración.

Y el autor no se conforma con los dos lados médico y político, sino que se adentra con una audacia rara en los espacios humanos más privados y dolorosos: el espacio del duelo profundo y la pérdida. Cuando perdemos a un ser querido, el dolor nos envuelve con un manto negro pesado, y el mundo parece haber perdido sus colores y su significado para siempre. En medio de esta oscuridad, la idea de reír parece una traición a la memoria del difunto, o una violación de los sagrados rituales de duelo. Pero «Duffy» desafía este concepto predominante con una delicadeza extrema y una perspicacia psicológica penetrante. Aclara que el dolor y el humor no son dos líneas paralelas que no se encuentran, sino dos trenzas que se entrelazan entre sí en el tejido de la experiencia humana. Recordar una situación divertida del muerto, o reír con histeria repentina en medio del llanto debido a una extraña paradoja ocurrida durante la ceremonia de condolencias, no es una prueba de falta de amor, sino una afirmación estridente de la continuidad de la vida y la fuerza de los lazos que la muerte no rompe.

El autor se apoya en esta parte en experiencias de personas que han pasado por traumas de pérdida atroces, y cómo el humor fue el único puente que los devolvió lentamente a la orilla de la vida. La risa en tiempos de duelo intenso funciona como un analgésico natural que segrega las hormonas de endorfina y dopamina que el cerebro exhausto necesita con urgencia. Permite a los afligidos vivir su duelo sin ahogarse por completo en él, y crea un espacio seguro para respirar en medio de la asfixia. Cuando toda una familia se ríe en medio de sus lágrimas ante un recuerdo divertido de su ser querido perdido, están realizando un verdadero acto de celebración de su vida y de todo lo que dejó en ellos de alegría, en lugar de centrarse exclusivamente en su vacío que no se puede llenar. Esta transformación en nuestra perspectiva de la risa durante el duelo nos libera del sentimiento de culpa, y nos permite aceptar las complejidades de nuestras emociones humanas que pueden llevar el dolor profundo y la alegría repentina en el mismo momento.

Con este planteamiento filosófico y humano ramificado, «Chris Duffy» demuestra sin lugar a dudas que el humor no es solo una herramienta de entretenimiento en tiempos de ocio, o una máscara que nos ponemos en ocasiones felices solamente. Sino que es un escudo sólido que vestimos en nuestros momentos más oscuros, un lenguaje común con el que nos comunicamos cuando las palabras serias son incapaces de expresarse, y una fuerza oculta que nos permite resistir la enfermedad y la injusticia y la desesperación. La capacidad de invocar la risa en el corazón del sufrimiento es quizás la mayor victoria del espíritu humano de todas. Y con la culminación de este análisis profundo de cómo funciona el humor en las condiciones más extremas y difíciles, estamos listos para pasar a la última etapa de nuestro viaje con este libro. Después de que entendimos los tres pilares, y nos dimos cuenta de los enormes beneficios del humor en la paz y en la guerra, en la salud y en la enfermedad, nos queda explorar el lado aplicativo directo. ¿Cómo podemos, nosotros las personas comunes agotadas por las presiones de la vida diaria, desarrollar este músculo y convertir esta profunda teorización en prácticas diarias y hábitos sostenibles?

Ahora surge la pregunta práctica urgente que corona esta obra: ¿cómo podemos traducir todas estas teorías profundas en prácticas diarias? ¿Cómo puede una persona común, abrumada por las preocupaciones de la vida y aplastada por la rueda de la rutina diaria, desarrollar el músculo del humor para que se convierta en un hábito sostenible y una parte auténtica de su constitución psicológica y no solo una reacción pasajera? Aquí, el autor se quita el sombrero de filósofo y se pone el sombrero de entrenador práctico, para presentarnos una hoja de ruta clara, y desprovista de teorización compleja, basada en pasos aplicativos que reprograman nuestras mentes para captar la alegría en medio del caos.

El autor comienza esta etapa aplicativa enfrentando una realidad biológica y psicológica cruel conocida en psicología como «Sesgo de Negatividad» (Negativity Bias). Nuestras mentes humanas, como resultado de miles de años de evolución humana en entornos llenos de riesgos, están programadas automática e inevitablemente para prestar atención a las amenazas, las malas noticias y las experiencias negativas de una forma que supera con mucho su atención a las cosas positivas o alegres. Este sesgo fue necesario para la supervivencia de nuestros antepasados, pero en nuestra era actual se ha convertido en una receta perfecta para la ansiedad y la depresión. Para romper esta programación neuronal arraigada, el autor propone un entrenamiento práctico de suma simplicidad pero de gran eficacia, al que llama «registro diario del humor». No se requiere involucrarse en cursos de formación complejos, sino que solo se requiere dedicar unos pocos minutos al final de cada día para anotar tres cosas divertidas, o extrañas, o graciosas que ocurrieron durante el día, por pequeñas o triviales que sean. La situación puede ser una expresión facial extraña de un colega en el trabajo, o un letrero de carretera escrito con un error ortográfico divertido, o incluso una secuencia absurda de ideas dentro de tu cabeza mientras esperas en la fila de la cafetería. El objetivo de este ejercicio no es recopilar material para escribir un espectáculo cómico, sino activar el principio de «neuroplasticidad» en el cerebro. Cuando obligas a tu mente diariamente a buscar situaciones divertidas para anotarlas, estás construyendo de hecho nuevas vías neuronales, y con el paso del tiempo, la mente se transforma de un radar que busca problemas y amenazas, a una lente vigilante que capta las paradojas y los momentos alegres de forma automática y sin ningún esfuerzo digno de mención.

Y del nivel de entrenamiento individual de la mente, el autor pasa al nivel de interacción social, tomando prestada una de las reglas de oro más importantes en el mundo de la comedia de improvisación, que es la regla de «sí, y…» (Yes, and…). En el teatro de improvisación, el mayor secreto para el éxito de cualquier escena radica en que el actor acepte lo que plantea su compañero (sí), y luego construya sobre ello y añada nuevos detalles (y…). Si un actor entra al escenario y le dice a su compañero: «¡Dios mío, has traído un oso vivo a la sala de estar!», y el compañero responde diciendo: «No, eso no es un oso, es solo un perro grande», entonces la escena muere en ese momento y la risa termina, porque el rechazo mata la creatividad y detiene el flujo de energía. El autor ve que en nuestra vida diaria y nuestras relaciones personales y profesionales practicamos constantemente el papel de «asesino» de las escenas; tendemos siempre a corregir, rechazar, discutir y probar que tenemos razón, lo que crea un ambiente seco y carente de cualquier comunicación alegre. Aplicar la mentalidad de «sí, y…» en la vida real significa la aprobación inicial de la realidad de la situación o de los sentimientos de la otra persona, y luego intentar añadir un toque alegre o un espacio común para el entendimiento. Cuando tu pareja se queja del desorden de la casa de forma dramática, en lugar de adoptar una postura defensiva aguda (no, yo limpié ayer), puedes usar la mentalidad de improvisación para responder de una manera divertida que reconoce el problema y alivia su gravedad (sí, el desorden es abrumador, y quizás deberíamos declarar esta casa zona de desastre natural y pedir ayuda internacional). Este enfoque no resuelve el problema técnico en sí, pero desactiva el detonante de la tensión, y convierte el conflicto potencial en un momento de comunicación y risa compartida, lo que hace que resolver el problema básico después de eso sea algo extremadamente fácil y fluido.

El libro aborda después un concepto de suma importancia en nuestra era digital abarrotada, que es lo que se puede llamar «dieta de consumo mediático». El autor afirma que prestamos gran atención a lo que introducimos en nuestros cuerpos como alimento para mantener nuestra salud física, pero en cambio practicamos una negligencia atroz hacia lo que introducimos en nuestras mentes como contenido mediático. Pasamos largas horas en lo que se conoce como «navegación oscura» o (Doomscrolling), donde pasamos de una noticia catastrófica a un informe trágico a una discusión política estéril en las plataformas de redes sociales, y luego nos sorprendemos de nuestra sensación continua de opresión e impotencia y pérdida de la capacidad de reír. El autor no llama aquí al aislamiento de la realidad o a la ignorancia de lo que sucede en el mundo, sino que llama al equilibrio deliberado y a reingenierizar nuestro entorno digital para que sea de apoyo a nuestra salud mental. Debemos poner una «dieta para la alegría», que consiste en la búsqueda activa e intencionada del contenido que provoca nuestra risa y estimula el lado alegre en nosotros. Escuchar un pódcast cómico mientras conduces en medio del tráfico agobiante, o leer un artículo satírico en lugar de un artículo analítico sombrío antes de dormir, o seguir cuentas que publican arte absurdo y paradojas amables, todos son actos que parecen pequeños pero cuyo efecto acumulativo es enorme. Es como un suministro continuo al depósito de combustible psicológico que necesitamos para poder enfrentar el resto de las cargas de la vida con una sonrisa real y un espíritu de resistencia.

Y en paralelo con el entorno digital, el autor arroja luz sobre nuestro entorno social real, insistiendo en que el humor es un fenómeno contagioso por excelencia. Normalmente no nos reímos cuando estamos solos en la misma medida en que nos reímos cuando estamos acompañados por otros, pues la risa es en su esencia una señal social que indica seguridad y vinculación. Por lo tanto, una de las aplicaciones prácticas en las que insiste el libro es la necesidad de examinar nuestra «red de risa» propia. ¿Quiénes son las personas que sacan lo peor de nosotros y nos hunden en quejas interminables? ¿Y quiénes son las personas que, con solo sentarnos con ellas, sentimos que la vida es más ligera y que somos capaces de reírnos de las cosas más triviales? La inversión consciente en las relaciones que se caracterizan por la levedad y la capacidad de burla compartida es una inversión directa en la longevidad de nuestras vidas y nuestra salud mental. El autor aconseja que seamos nosotros los iniciadores en nuestros círculos sociales de fabricar este ambiente; a través de renunciar a las máscaras formales rigurosas, y compartir historias de nuestros fracasos divertidos, y animar a los demás a expresar los aspectos absurdos de sus vidas sin miedo a los juicios. Cuando nos convertimos nosotros en la fuente de seguridad psicológica para los demás, creamos una burbuja de humor que nos protege y los protege de la dureza del mundo exterior.

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