“Tigray y Etiopía: Un choque de narrativas y el misterioso atractivo de la cuna del imperio”

Rastrear las raíces históricas y desmantelar las complejas estructuras geopolíticas del Cuerno de África es una necesidad urgente para comprender las dinámicas del conflicto y la formación continua de identidades en ese rincón estratégico del mundo, y es en sus profundidades donde se sumerge el historiador Haggai Erlich a través de su obra de referencia destacada Greater Tigray and the Mysterious Magnetism of Ethiopia, publicada por Oxford University Press. Esta obra intelectual representa la culminación de un largo viaje de investigación de más de cincuenta años que el estudioso dedicó al estudio de los asuntos etíopes, que comenzó con una tesis doctoral en la Universidad de Londres en 1973 centrada en la biografía de Ras Alula, el héroe más prominente de Etiopía y Tigray a finales del siglo XIX. El libro no se limita a narrar los acontecimientos históricos como hechos aislados, sino que teje una lectura analítica que fluye con suavidad, vinculando el pasado lejano con los desenlaces sangrientos del presente y evitando en lo posible los sesgos preconcebidos, con el propósito de explorar el papel central que desempeñó la nacionalidad de habla tigriña en la configuración de los espacios etíope y eritreo. Partiendo de la sabiduría del filósofo italiano Benedetto Croce, según la cual toda historia es esencialmente historia contemporánea, el autor afirma que su empeño por excavar en el pasado está motivado por la tragedia del violento conflicto fratricida que recientemente asoló Etiopía e hizo que esta entidad milenaria, que resistió la extinción durante dos mil años, pareciera amenazada con la desintegración.
Erlich toma prestado el título de su tesis de una observación precisa registrada por el oficial de inteligencia británico mayor Cheesman hace ochenta y un años durante la liberación de Etiopía del yugo de la ocupación italiana. En aquella época crucial, algunos oficiales británicos se inclinaron hacia un plan para separar Tigray y anexionarla a Eritrea, que estaba bajo su administración, basándose en la entonces común teoría de la desintegración que suponía que el Imperio etíope no era más que una entidad híbrida y obsoleta a punto de colapsar. Sin embargo, Cheesman, profundamente versado en la composición histórica del país, refutó con fuerza esta visión, afirmando que este complejo edificio imperial se mantiene unido gracias a un magnetismo misterioso que escapa a la comprensión de quien se contenta con mirar la superficie política de Etiopía. Los días de entonces demostraron la perspicacia de Cheesman, y Etiopía permaneció unida, para que el autor plantee hoy de nuevo la pregunta fundamental de si ese magnetismo oculto todavía posee la capacidad de repeler las olas actuales de desintegración.
El libro construye su enfoque analítico sobre el desmantelamiento del estatus de Gran Tigray geográfica e históricamente como la cuna de la que emergió Etiopía como estado y como idea. Este espacio geográfico, según el mapa de mediados del siglo XIX, se extiende para incluir las provincias de Hamasien, Seraye y Akele Guzay situadas más allá del río Mareb en la actual Eritrea, junto con las regiones de Agame, Tigray, Adwa, Shire, Adiyabo, Tembien y Enderta. En el corazón de esta geografía estratégica surgió la antigua civilización de Aksum, que representó una incubadora en la que las tribus locales se fusionaron con oleadas de migrantes que cruzaron el Mar Rojo desde la Península Arábiga, como las tribus habashat y ag’azianas, durante el primer milenio antes de Cristo. Los ag’azianos trajeron consigo las raíces de la lengua semítica ge’ez, que se desarrolló y floreció localmente hasta convertirse en la lengua de documentación y comunicación oficial del reino. Estas raíces se combinan con el mito fundacional profundamente arraigado en la conciencia etíope, encarnado en la figura de la Reina de Saba, Makeda, quien según la tradición transfirió las riendas del poder a su hijo Menelik I, engendrado por el rey Salomón en Jerusalén, sentando así la base espiritual y política de la dinastía de emperadores etíopes que derivaron su legitimidad de esta herencia salomónica, extendiéndose hasta el último emperador Haile Selassie.
Además de ser la cuna de partida, la región de Tigray encarnó el papel de puerta abierta y de muralla inexpugnable a la vez. A través del estratégico puerto de Adulis, Aksum se había convertido para el siglo VI en una potencia activa en la cuenca del Mar Rojo, registrándose como un socio de importancia equivalente a los imperios bizantino y persa dentro del espacio oriental más amplio, donde su influencia se extendió para incluir partes del sur de Arabia y vastas áreas del Cuerno de África. Y en los salones de Aksum y bajo el patrocinio de su rey se escribió el temprano encuentro histórico entre el cristianismo, que Etiopía adoptó en el siglo IV, y el islam naciente, cuando el Negus ofreció un refugio seguro a los pioneros del islam que huían de la persecución de los paganos en La Meca, una interacción que todavía constituye un pilar central para determinar el curso de las relaciones islamo-cristianas y de la política exterior etíope contemporánea. Sin embargo, la expansión de la influencia islámica en la Península Arábiga en el siglo VII condujo a un declive gradual del papel etíope en el teatro del Mar Rojo, de modo que el centro del estado cristiano se desplazó profundamente hacia las tierras altas del interior y el mar, antes puerta de entrada, se convirtió en un muro que aislaba al país de las corrientes del mundo exterior.
Este cambio geopolítico estuvo acompañado de un parto lingüístico y cultural de gran importancia, ya que el brillo del ge’ez como lengua hablada cotidiana se apagó, quedando su sacralidad confinada a los textos religiosos y a los rituales eclesiásticos, tomando un camino similar al del latín en Occidente. Del vientre de esta lengua en retroceso, entre los siglos VII y X, se bifurcaron dos lenguas esenciales: el tigriña, que conservó sus raíces semíticas puras y echó raíces en los bastiones tradicionales del reino aksumita, y el amhárico, que surgió en las regiones del sur influenciado por su entorno de lenguas cusíticas locales. Y con el desplazamiento continuo del centro de gravedad político hacia el sur, los hablantes de amhárico tomaron el timón del liderazgo hasta alcanzar la cúspide de su poder en la Edad Media durante la era de la dinastía salomónica, mientras que las regiones de habla tigriña se encontraron empujadas por primera vez en su larga trayectoria histórica hacia el margen y drenadas política y económicamente.
Esta marginación temprana sentó las bases de una fisura fundamental en la cultura política y en los enfoques divergentes de construcción del Estado entre los amharas y los tigrayanos, una diferencia que todavía hoy impulsa los remolinos del conflicto en Etiopía. Mientras los amharas adoptaron un enfoque que buscaba forjar un imperio centralista y unificador girando en torno a su lengua, lo que se denomina la tesis amhara, los tigrayanos se inclinaron hacia la adopción de una visión pluralista que reconoce la diversidad del imperio cristiano y garantiza la preservación de su identidad distintiva dentro de su marco más amplio. A pesar de las agudas divisiones internas y de su repetida exclusión del asiento del poder, los hijos de Tigray siguieron siendo los guardianes de confianza de la puerta del país y pagaron precios elevados en las grandes batallas por la supervivencia que se libraron en sus tierras. Luego no tardaron en volver a ascender al puesto de mando en épocas cruciales, como ocurrió a finales del siglo XIX o cuando derrocaron la dictadura en 1991 para comenzar a reestructurar Etiopía sobre la base del federalismo étnico, antes de ser sometidos a una nueva y dura exclusión en 2018.
Este posicionamiento dual entre una identidad tigrayana pura y una pertenencia etíope integral sigue siendo uno de los dilemas más complejos que ha enfrentado este grupo histórico. Mientras que su tendencia a la distinción suscitaba la suspicacia de los socios internos y tentaba a las potencias invasoras con las posibilidades de su secesión, en las coyunturas críticas demostraban su cohesión orgánica con el proyecto etíope más amplio. Quizás su conservación de su sistema social y político jerárquico sin cambios estructurales radicales hasta finales del siglo XX refleja la solidez de este componente y su capacidad de perdurar a pesar de las vicisitudes del tiempo y de las intrigas internas que drenaron gran parte de sus energías.
Erlich continúa siguiendo los hilos de esta narrativa histórica entrelazada, adentrándose en las épocas oscuras que siguieron al ocaso del sol aksumita, donde sus restos fueron sometidos a una destrucción generalizada en el siglo X a manos de una reina llamada Gudit, hundiendo a la región en un túnel de oscuridad que no se disipó sino con el ascenso de la dinastía Zagwe, que extendió su influencia hasta Eritrea y Tigray. Sin embargo, la transformación geopolítica más destacada se encarnó más tarde con el surgimiento de la dinastía salomónica, específicamente durante el reinado del emperador Zara Yaqob, quien sentó las bases de una nueva entidad política en el norte al otorgar el título de ‘Bahr Negash’, que significa rey del mar, a su aliado local en Debarwa, y al nombrar a su reino ‘Medri Bahri’ o tierra del mar. Esta fundación representó un renacimiento oficial de una auténtica resurgencia tigrayana.
‘Medri Bahri’ no fue meramente una entidad administrativa, sino que fue el escudo protector que salvó a la Etiopía cristiana de la extinción total en el siglo XVI. En esa era, el Mar Rojo se convirtió en una arena de conflicto internacional desgarrador, coincidiendo con el avance de los ejércitos del imán Ahmad ibn Ibrahim, conocido como ‘Gragn’, quien arrasó las tierras altas etíopes apoyado por refuerzos otomanos y destruyó la mayoría de las manifestaciones de la presencia cristiana en el país. En medio de este colapso integral, y cuando el emperador etíope era un fugitivo en las montañas, Debarwa permaneció firme bajo el liderazgo de ‘Bahr Negash Isaac’, quien formó una alianza estratégica con la fuerza portuguesa entrante dirigida por Cristóvão da Gama. A pesar de los violentos reveses y de la muerte del propio da Gama, esta alianza tigrayano-portuguesa resultó en la eliminación de Ahmad Gragn en la batalla de Zantara en 1543, de modo que Etiopía recuperó su espíritu después de haber estado casi en su último aliento.
Sin embargo, la supervivencia frente al avance del sur no significó asentarse en la paz, ya que pronto apareció una nueva amenaza desde el norte con el desembarco otomano de fuerzas en Massawa y Debarwa en 1557 lideradas por Özdemir Pasha, buscando anexar la región bajo la bandera de su imperio como una provincia que llamaron el ‘Eyalato de Habesh’. Aquí emerge la compleja contradicción en el carácter político de los líderes de Tigray, pues ‘Bahr Negash Isaac’ se encontró oscilando entre la lealtad al imperio cristiano amhara y la alianza con los extranjeros otomanos en represalia contra los emperadores del centro que buscaban socavar su autonomía. Esta rebelión continua condujo a la muerte de Isaac en el campo de batalla en 1578 mientras luchaba junto a los otomanos contra el ejército del emperador Sarsa Dengel, quien respondió aboliendo la autonomía de la región y prohibiendo el uso de símbolos locales de soberanía como estandartes de guerra y tambores.
Con la entrada de Etiopía en un aislamiento voluntario y sus emperadores atrincherándose en la nueva capital Gondar fundada por el emperador Fasilides en el siglo XVII, el control del centro comenzó a aflojarse terriblemente. En contraste con este declive central, Tigray acumulaba elementos excepcionales de fuerza, beneficiándose de su ubicación con vistas al Mar Rojo y al puerto de Massawa, lo que le permitió monopolizar la importación de armas de fuego modernas y amasar vastas riquezas de las minas de sal. Le ayudó en esto su estructura social y agrícola profundamente arraigada, representada en el sistema comunitario ‘rist’ y el sistema feudal ‘gult’, que proporcionaron una estricta jerarquía militar que permitió a Tigray absorber la nueva tecnología militar, como los fusiles, sin necesidad de llevar a cabo una revolución social que socavara sus fundamentos de clase.
Estas dinámicas produjeron lo que se conoce en la herencia etíope como la ‘Era de los Príncipes’, un período que se extendió durante siglos y presenció una marginación casi completa de la autoridad imperial en favor de los señores de la guerra regionales. Erlich rechaza describir esta época como ‘caos total’, afirmando que la entidad etíope no se desintegró, sino que continuó dentro de un marco de lealtades regionales que competían por controlar el centro sin buscar separarse de él. En esta arena, los líderes tigrayanos emergieron como hacedores de reyes, comenzando con Ras Mikael Sehul quien marchó con su enorme ejército equipado con rifles para imponer su temible control sobre Gondar en 1769, imponiéndose como el hombre más fuerte del imperio.
Después de eso, siguieron nombres tigrayanos de peso que desempeñaron papeles cruciales en el trazado del mapa del poder, como Ras Wolde Selassie quien logró imponer su estabilidad y expandir su influencia diplomática al recibir enviados europeos y firmar tratados tempranos con los británicos. Sin embargo, los fuegos de la competencia interna continuaron carcomiendo la fuerza de Tigray, lo que se manifestó en el ascenso de Dejazmach Sabagadis Woldu, quien a pesar de unificar la región y de sus vastas ambiciones, terminó decapitado en 1831 tras su derrota en la batalla de Debre Abbay ante una alianza liderada por jinetes oromo. Esta sangría interna continua dejó a Tigray exhausta y dividida, allanando el camino para la aparición de figuras centrales más fuertes venidas de fuera, como el emperador Tewodros, para poner fin a la ‘Era de los Príncipes’, y para comenzar un capítulo nuevo y más dramático en el que Tigray volvería a ascender al trono imperial en sus formas más espléndidas y más duras.
Erlich en este giro de su narración pasa a una de las épocas más luminosas y dramáticas de la historia moderna de Tigray, la época que presenció a ‘Kassa Mercha’ ascender al trono imperial bajo el nombre de emperador Yohannes IV en 1872. El ascenso de Yohannes no fue meramente un cambio en la persona del gobernante, sino que fue la inauguración de lo que el autor llama la ‘tesis tigrayana’ en el gobierno, que se basaba en el concepto de unión federal y descentralización, en contraste con la ‘tesis amhara’ que tendía hacia la centralización absoluta. Los rasgos de este ascenso comenzaron en 1868, cuando Kassa Mercha desempeñó un papel crucial al ayudar a la campaña británica dirigida por el general Robert Napier contra el emperador Tewodros II, donde proporcionó información de inteligencia vital y apoyo logístico que les permitió llegar a la fortaleza de Magdala. Los británicos recompensaron a su aliado tigrayano otorgándole un enorme arsenal militar que incluía cañones y rifles modernos, lo que le dio una superioridad militar decisiva sobre sus competidores locales, específicamente el emperador Tekle Giyorgis II a quien Kassa derrotó en la batalla de Assam cerca de Adwa a pesar de la gran superioridad numérica de este último.
La legitimidad de Yohannes IV se encarnó en su retorno a las raíces, pues insistió en celebrar su ceremonia de coronación en la histórica ciudad de Aksum, siguiendo rituales religiosos y lingüísticos (en ge’ez) para vincular su realeza con la gloria de los antiguos reyes aksumitas. A diferencia de su predecesor Tewodros que intentó aplastar a los poderes regionales, Yohannes adoptó una política de ‘soberanía suprema’ que otorgaba a los líderes locales, como Menelik en ‘Shewa’ y Tekle Haymanot en ‘Gojjam’, los títulos de reyes conservando su autonomía interna a cambio de lealtad al trono imperial. Erlich considera que este modelo reflejaba la visión tigrayana de Etiopía como una entidad diversa e interconectada, no como un estado centralizado rígido. Sin embargo, esta descentralización política coincidió con una rigidez religiosa estricta; Yohannes buscó unificar el país bajo la bandera del cristianismo ortodoxo, ejerciendo una enorme presión para convertir a los musulmanes en las regiones de ‘Wollo’ y ‘los Oromo’ al cristianismo, lo que llevó al bautismo forzado de cientos de miles, en un intento suyo de restaurar el tejido nacional desgarrado por guerras religiosas anteriores.
En esta edad de oro de Tigray, surgió el nombre de ‘Ras Alula Engida’, a quien Erlich describe como ‘el héroe de Etiopía y Tigray a finales del siglo XIX’. Alula, que ascendió desde orígenes humildes para convertirse en el comandante militar más destacado de Yohannes IV, representó ‘el escudo y la lanza’ en la protección de las fronteras del imperio. Alula demostró su genio militar en las batallas de ‘Gundet’ y ‘Gura’ (1875-1876), donde el ejército etíope equipado con armas de fuego logró aplastar a las fuerzas egipcias invasoras que buscaban controlar las fuentes del Nilo y la meseta eritrea. Estas victorias permitieron a Yohannes extender su influencia sobre la región de ‘Mareb Melash’ (la actual Eritrea), donde Alula fue nombrado gobernador, para comenzar una era de administración tigrayana directa de las zonas costeras, una era que todavía inspira a los movimientos nacionalistas en la región hasta hoy.
No obstante, Yohannes IV enfrentó un gran dilema geopolítico representado por el ‘Tratado Hewett’ en 1884, por el cual intercambió un enemigo débil (Egipto) por dos enemigos feroces: la Italia colonial y el estado mahdista en Sudán. Mientras Alula enfrentaba la expansión italiana en el norte, logrando una victoria aplastante en la batalla de Dogali en 1888, los ejércitos mahdistas arrasaban las fronteras occidentales. El emperador se encontró en una posición trágica, rodeado por enemigos desde fuera y por competidores ambiciosos desde dentro, a la cabeza de ellos Menelik rey de ‘Shewa’ quien comenzó a acumular armas y a expandir su influencia hacia el sur. Y en un momento heroico y trágico, Yohannes condujo a su ejército para enfrentar a los mahdistas en la batalla de Metemma en 1889, donde fue alcanzado por una bala mortal en el pecho mientras luchaba en las primeras filas.
La muerte de Yohannes IV fue como un terremoto que redibujó el mapa del poder en el Cuerno de África; su muerte condujo al colapso de la unidad regional de Tigray y a su entrada en un estado de caos y fragmentación interna, allanando el camino para que Menelik II ascendiera al trono y trasladara el centro de gravedad político del norte tigrayano al centro del país en ‘Shewa’. Mientras tanto, los italianos explotaron el vacío político para avanzar hacia Asmara y declarar la creación de la colonia de Eritrea, separando así a Tigray de su salida natural al mar, una herida histórica que permanecería abierta durante largas décadas. Así, la ‘época más espléndida de Tigray’ concluyó con el final trágico de su rey, para comenzar una era de marginación política y pobreza económica, en la que Tigray enfrentaría el desafío de sobrevivir dentro de un imperio que comenzaba a adquirir un carácter cada vez más centrado en lo amhara.
La transferencia del poder de Tigray a ‘Shewa’ no fue meramente un cambio en la identidad del gobernante, sino que marcó el comienzo de una era de desmantelamiento sistemático de las fuentes de fuerza en el norte de Etiopía, lo que Erlich revisa con precisión bajo el nombre de ‘el dilema de Tigray’ bajo el gobierno del emperador Menelik II. Después de la muerte de Yohannes IV, los líderes tigrayanos se encontraron en una posición débil y dispersa, permitiendo a Menelik aplicar una política de ‘divide y vencerás’ al dividir la región de Tigray en pequeñas zonas de influencia otorgadas a líderes competidores, como Ras Mengesha Yohannes y Ras Alula, para asegurar que no surgiera un frente tigrayano unificado que amenazara el nuevo trono en Adís Abeba. Esta fisura se profundizó con la firma del tratado de ‘Wuchale’ en 1889, en el que Menelik reconoció la soberanía italiana sobre Eritrea, sacrificando la extensión natural de Tigray hacia el mar a cambio de consolidar los pilares de su gobierno en el centro.
La batalla de Adwa en 1896 constituyó un momento crucial en la conciencia nacional etíope, pero para Tigray fue una victoria teñida de amargura; aunque la batalla tuvo lugar en el corazón de sus tierras y con la participación activa de sus combatientes que formaron la punta de lanza frente a los invasores, los frutos políticos de la victoria fueron enteramente en beneficio del centro amhara. En lugar de recuperar las tierras eritreas perdidas, el asunto terminó con la consagración de las fronteras coloniales que separaron a familias y tribus de habla tigriña, y transformaron a Tigray de corazón palpitante del imperio en una región fronteriza aislada económica y políticamente. Esta marginación empujó a algunas élites tigrayanas a cuestionar la viabilidad de pertenecer a una entidad imperial que drena su sangre y les priva de sus derechos políticos, creando un ambiente fértil para el crecimiento de las primeras semillas del ‘nacionalismo tigrayano’ que comenzó a formarse como reacción a la hegemonía amhara ascendente.
Con el ascenso del emperador Haile Selassie y su orientación hacia la construcción de un estado moderno y absolutamente centralizado, la relación entre Adís Abeba y Tigray entró en una fase de tensión creciente. En la década de 1930, los italianos intentaron explotar este resentimiento a través de la ‘política tigrayana’ que promovía la idea de ‘Gran Tigray’ bajo patrocinio italiano, un plan que buscaba tentar a los líderes locales a separarse de Etiopía a cambio de unirlos con sus hermanos en Eritrea. Y aunque la gran mayoría de los tigrayanos eligió la resistencia y ponerse del lado de la soberanía etíope durante la ocupación fascista (1935-1941), ese período dejó una profunda huella en la memoria colectiva, donde los tigrayanos comprendieron por primera vez la posibilidad de un proyecto político alternativo que fuera más allá de las fronteras de la ‘Etiopía amhara’.
Este resentimiento latente estalló tras la partida de los italianos y el regreso de Haile Selassie al trono, en lo que se conoció como la primera revuelta ‘Weyane’ en 1943. Esta revuelta no fue meramente una rebelión militar, sino que fue un grito de protesta social y política contra los impuestos exorbitantes, la corrupción administrativa, y los intentos de centralización forzada que amenazaban el sistema social tradicional en Tigray. Los rebeldes lograron controlar vastas áreas de la región y derrotaron a las fuerzas gubernamentales en varios enfrentamientos, lo que llevó al emperador a buscar la ayuda de la Real Fuerza Aérea británica para bombardear los bastiones rebeldes en la ciudad de ‘Mekelle’ y las aldeas vecinas. La represión de la revuelta ‘Weyane’ fue sangrienta y decisiva, seguida por la imposición de duras sanciones económicas y el despojo de la región de sus armas tradicionales, convirtiendo a Tigray en una de las zonas más pobres y marginadas del país durante décadas.
Erlich considera que esta época presenció el nacimiento de la ‘identidad dual’ contemporánea de los tigrayanos; por un lado se consideran los ‘etíopes originales’ y guardianes de la historia ortodoxa, y por otro lado se sienten víctimas de un centralismo injusto que busca borrar su distinción cultural y política. Este sentimiento de agravio histórico, junto con el recuerdo de la represión de la revuelta de 1943, representaría más tarde el combustible que encendió la revuelta del ‘Frente de Liberación del Pueblo de Tigray’ a mediados de los años setenta. Mientras tanto, la vecina Eritrea seguía un camino completamente diferente bajo la administración británica y luego dentro de la federación con Etiopía, creando una brecha civilizatoria y política entre las dos mitades de los hablantes de tigriña, lo que aumentó la complejidad del ‘magnetismo misterioso’ que Cheesman intentó explicar, donde el sueño de unidad y la amarga realidad política permanecieron en conflicto continuo que determinaría los rasgos del Cuerno de África en la segunda mitad del siglo XX.
La época de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado presenció una transformación fundamental en el curso del ‘magnetismo etíope’ hacia el norte, lo que Erlich monitorea a través de un análisis preciso de la relación dialéctica entre Tigray y Eritrea. Después de la decisión de las Naciones Unidas de vincular a Eritrea con Etiopía en un marco federal en 1952, revivió de nuevo el sueño de ‘Tigray-Tigrinya’; esa vieja idea que abogaba por unir a los hablantes de tigriña en una sola entidad política. Sin embargo, esta ambición chocó con la rigidez del emperador Haile Selassie, quien no veía en el federalismo más que una etapa transitoria hacia la integración completa y la centralización absoluta. Y con la abolición oficial de la federación en 1962, Eritrea pasó de socia a provincia rebelde, mientras que Tigray permaneció en una posición ambigua; es geográficamente una región etíope ‘auténtica’, pero emocional y lingüísticamente vinculada al movimiento político en ascenso en su vecina del norte.
Erlich cree que las semillas de la revolución en Tigray no brotaron solo en los campos empobrecidos, sino en los pasillos de la Universidad de Adís Abeba, donde la élite educada de los hijos de la región comenzó a formular una nueva narrativa de agravio. Y con la caída del régimen monárquico en 1974 y el ascenso del ‘Derg’ militar liderado por Mengistu Haile Mariam, Etiopía pasó del ‘feudalismo amhara’ a la ‘dictadura militar’ que se vistió con el manto del marxismo-leninismo, pero conservó su esencia centralista estricta. Y en febrero de 1975, la chispa de la ‘segunda Weyane’ se lanzó desde el remoto pueblo de ‘Dedebit’, donde se fundó el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) por un puñado de intelectuales que comprendieron que la liberación de Tigray no podía lograrse sino desmantelando la estructura del estado centralizado en Adís Abeba.
El libro analiza brillantemente cómo el Frente logró en una década y media transformarse de un pequeño movimiento guerrillero en una fuerza militar y política arrolladora. El Frente combinó una ideología marxista estricta con un nacionalismo tigrayano arraigado, explotando la gran hambruna que golpeó la región a mediados de los ochenta como herramienta de movilización popular contra el régimen del ‘Derg’ al que acusó de usar el hambre como arma política. Y mientras el mundo observaba imágenes de la tragedia humanitaria, el Frente construía una organización férrea capaz de gestionar los asuntos de la población y proporcionar una alternativa política cohesionada, lo que le permitió ganar la lealtad de los campesinos y transformarlos en un ejército ideológico inquebrantable.
La paradoja histórica que Erlich destaca radica en la transformación de los objetivos del Frente; mientras que su declaración fundacional insinuaba la secesión como opción estratégica, sus sucesivas victorias sobre el terreno, y las alianzas que tejió con otras fuerzas étnicas bajo el paraguas del ‘Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope’ (EPRDF), lo empujaron hacia un objetivo mayor que es gobernar toda Etiopía. Meles Zenawi, el cerebro del Frente, comprendió que ‘Gran Tigray’ no podía florecer aislada del espacio etíope, pero con la condición de reformular este espacio según el modelo del ‘federalismo étnico’. Este modelo equivalía a la ‘tesis tigrayana’ en ropaje contemporáneo: un estado federal que reconoce los derechos nacionales de cada etnia, y le otorga el derecho a la autodeterminación, con la élite tigrayana reteniendo las verdaderas llaves del poder en el centro.
Y con la entrada de las fuerzas del Frente en Adís Abeba en mayo de 1991, Tigray volvió a ascender al trono del imperio después de un siglo completo de marginación. Pero este nuevo ascenso llevaba en su seno las semillas de conflictos futuros; otras nacionalidades, especialmente los amharas y oromos, consideraron que el federalismo étnico no era más que una cobertura para la hegemonía de una minoría tigrayana sobre los recursos del país. Erlich describe esta era como una prueba dura para el ‘magnetismo etíope’; mientras el país lograba un notable crecimiento económico y estabilidad de seguridad, el resentimiento étnico continuó hirviendo bajo la superficie, esperando el momento en que se debilitara el control central del ‘Frente’.
La llegada del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope al poder en Adís Abeba no fue meramente una victoria militar, sino que fue una declaración del comienzo de la aplicación de un proyecto político ambicioso y controvertido a la vez, que Erlich analiza como el intento tigrayano más audaz de reformular la identidad etíope. Este proyecto cristalizó en la constitución de 1995, que sentó las bases del ‘federalismo étnico’, transformando a Etiopía de un estado centralizado sólido en una unión de naciones, nacionalidades y pueblos. Y el principio más preocupante y controvertido fue el Artículo Treinta y Nueve, que otorga a cualquier etnia el derecho a la autodeterminación hasta la secesión; un artículo que el autor ve como diseñado para ser una válvula de seguridad para Tigray en caso de que fracasara el proyecto federal, pero que al mismo tiempo sembró semillas de recelo entre otras nacionalidades que vieron en él una amenaza a la unidad histórica del país.
En esta época, que Erlich describe como la ‘era de Meles Zenawi’, Etiopía presenció transformaciones estructurales asombrosas; económicamente, el Frente adoptó el modelo del ‘estado desarrollista’ que logró tasas de crecimiento que son las más altas del continente africano, y tuvo éxito en construir una infraestructura gigantesca de presas y carreteras y universidades, tratando de borrar la imagen del ‘país del hambre’ que se le había adherido en los ochenta. Sin embargo, este éxito económico avanzaba en paralelo con un férreo control de seguridad y una creciente marginación de la oposición política, donde el partido del Frente de Liberación del Pueblo de Tigray continuó sosteniendo las riendas de las articulaciones vitales en el ejército y la inteligencia y la economía, creando una impresión entre la calle etíope de que el ‘nacionalismo tigrayano’ había reemplazado al ‘nacionalismo amhara’ en dominar el centro, sin lograr la democracia prometida.
El gran dilema que enfrentó al ‘magnetismo etíope’ en esta etapa no vino solo del interior, sino del hermano amargo en el norte. Después de la independencia oficial de Eritrea en 1993, se pensó que el conflicto histórico había terminado, pero Erlich disecciona cómo el ‘sueño de hermandad’ entre Meles Zenawi e Isaias Afwerki se convirtió en una ‘pesadilla sangrienta’ en la guerra fronteriza (1998-2000). Esa guerra no fue meramente una disputa sobre el árido pueblo de ‘Badme’, sino que fue un conflicto sobre identidad y soberanía entre dos proyectos competidores; mientras Tigray buscaba ser el núcleo de una Etiopía nueva y plural, Eritrea intentaba construir su identidad nacional a través de la ruptura completa con el espacio etíope. Y esta guerra, que cosechó las almas de cientos de miles, condujo a la destrucción de la idea sentimental de ‘Tigray-Tigrinya’, y creó una fisura incurable entre los pueblos de habla tigriña a ambos lados de la frontera, haciendo que Tigray viviera en una situación trágica como frente de confrontación permanente y región económicamente asediada.
Tras la repentina partida de Meles Zenawi en 2012, comenzaron a desplegarse los rasgos del colapso gradual del sistema que construyó. El Frente de Liberación del Pueblo de Tigray careció de un líder con su carisma y capacidad de maniobra, y comenzaron a escalar protestas populares masivas en las regiones de ‘los Oromo’ y ‘los Amhara’ contra lo que describieron como décadas de marginación y despotismo. Y en 2018, en un momento crucial que asombró a los observadores, la élite tigrayana se vio obligada a retroceder bajo la presión de la calle y las divisiones internas dentro de la coalición gobernante, allanando el camino para el ascenso de Abiy Ahmed a la jefatura del gobierno. El ascenso de Abiy Ahmed representó un renacimiento de la ‘tesis centralista’ con un nuevo ropaje liberal, donde rápidamente comenzó a desmantelar la influencia del Frente y a concluir una paz repentina con Isaias Afwerki en Eritrea, una paz que Tigray sintió como una alianza dirigida contra ella para cercarla y ahogar sus ambiciones.
Esta tensión fue coronada por la gran explosión en noviembre de 2020, cuando estalló la guerra en la región de Tigray bajo el nombre de ‘operación de aplicación de la ley’. Erlich analiza esta guerra no como un evento aislado, sino como la culminación del conflicto histórico entre dos visiones para Etiopía; la visión del centralismo unificado representada por Abiy Ahmed, y la visión del federalismo étnico a la que se aferra Tigray. Esta guerra fue catastrófica en todos los sentidos, ya que presenció la intervención de fuerzas eritreas junto al ejército federal contra Tigray, recordando las tragedias de la Edad Media y las campañas de exterminio y hambruna. Y el autor considera que Tigray, que siempre fue la ‘cuna del imperio’, se encontró en una posición histórica paradójica, donde pasó a luchar por su propia existencia contra un centro del que había sido artífice y defensor durante siglos.
Erlich concluye esta extensa lectura cuestionando el destino de ese ‘magnetismo misterioso’ del que habló Cheesman. ¿Sigue poseyendo Etiopía esa fuerza espiritual e histórica que le permite absorber las heridas de Tigray y devolverla a su abrazo? ¿O la guerra reciente ha quemado los puentes de retorno permanentemente, empujando a Tigray hacia la amarga opción de la secesión? El libro deja al lector ante una verdad dolorosa, que es que Etiopía sin Tigray pierde sus raíces y su identidad histórica, y Tigray sin Etiopía pierde su espacio estratégico y su profundidad civilizatoria. Y entre estas dos posibilidades, el Cuerno de África permanece rehén de la capacidad de las élites actuales para extraer lecciones del pasado y trascender los remolinos de sangre en busca de una nueva fórmula de convivencia que preserve la diversidad sin sacrificar la unidad.
Este magnetismo misterioso que Erlich elabora al diseccionar no proviene solo del poder militar o de arreglos políticos frágiles, sino que deriva su durabilidad de un tejido cultural y religioso altamente complejo en el que la Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo desempeña el papel de columna vertebral. El autor considera que la Iglesia no fue meramente una institución religiosa, sino que fue el recipiente que preservó la identidad ‘habesha’ a través de los siglos, y proporcionó un lenguaje común y símbolos sagrados que lograron trascender las rivalidades violentas entre emperadores y príncipes. Pues en momentos en que líderes de Tigray y de los Amhara luchaban ferozmente por el poder, al mismo tiempo compartían el reconocimiento de la santidad de ‘Aksum’ como ciudad santa, y se sometían a las mismas tradiciones rituales que consagran la legitimidad del gobernante como ‘protector de la fe’. Esta unidad espiritual representó una fuerza de atracción central que reensamblaba los fragmentos del estado cada vez que tendía hacia la desintegración, y es lo que hizo de Tigray, como primera cuna de este cristianismo, una parte que no puede extraerse de la conciencia colectiva etíope, sin importar el grado de marginación política al que fue sometida.
Y Erlich se expande al analizar la ‘dimensión oriental’ de este magnetismo, considerando que la posición única de Etiopía como una isla cristiana en un océano islámico creó una especie de ‘conciencia sitiada’ que potenció la cohesión interna. Los desafíos externos provenientes del otro lado del Mar Rojo o de la cuenca del Nilo no fueron vistos meramente como amenazas militares, sino como amenazas existenciales a la identidad religiosa y a la conexión histórica con la tierra. Y aquí Tigray emerge de nuevo como actor pivotal; es la puerta que enfrentó las invasiones y es el puente cultural que vinculó a Etiopía con el mundo exterior. Y el autor señala que la competencia por el control de las rutas comerciales y de la salida al Mar Rojo fue el principal motor de las dinámicas políticas en el norte, donde las élites tigrayanas comprendieron que su fuerza radica en su capacidad para gestionar esta compleja interacción con potencias regionales, ya fuera el estado otomano o el Egipto jedival o más tarde las potencias coloniales europeas.
En este contexto, el libro se extiende en el estudio de la personalidad de ‘Ras Alula’ no solo como comandante militar, sino como símbolo de la transformación en la postura tigrayana hacia los vecinos. Alula representó a la generación que pasó de la defensa pasiva a la ofensiva estratégica, comprendiendo que la seguridad de Tigray y Etiopía está vinculada al control de las tierras altas eritreas y a garantizar la libertad de movimiento hacia la costa. Sin embargo, esta ambición chocó con la realidad colonial que desgarró esta unidad geográfica, un desgarro que Erlich ve como el origen de los dilemas modernos; pues la separación de Eritrea de Tigray no fue meramente trazar fronteras políticas, sino que fue una operación quirúrgica forzada en el cuerpo de la cultura tigriña, creando dos entidades políticas competidoras (en Asmara y Mekelle) que comparten lengua e historia pero difieren en lealtad nacional. Esta división es lo que hizo que el ‘magnetismo’ funcionara en direcciones opuestas, donde Eritrea se convirtió en una fuerza centrífuga que buscaba alejarse del centro etíope, mientras Tigray permanecía oscilando entre el deseo de liderar este centro o separarse de él.
Erlich también se detiene en el papel del idioma como herramienta de soberanía y resistencia, analizando el conflicto oculto entre el tigriña y el amhárico. Mientras el amhárico se impuso como lengua de administración y modernización forzada bajo el gobierno de Haile Selassie, el tigriña se transformó en lengua de resistencia cultural y política en el norte. Y el autor considera que este conflicto lingüístico reflejaba un conflicto más profundo sobre la naturaleza de Etiopía: ¿es un ‘estado-nación’ basado en fundir la diversidad en un solo molde, o es un ‘estado de naciones’ basado en reconocer la pluralidad? El fracaso de los regímenes monárquicos y militares para responder a esta pregunta es lo que allanó el camino para el modelo del ‘federalismo étnico’ que aplicó Meles Zenawi, que apuntaba en su esencia a transformar el ‘magnetismo coercitivo’ en ‘magnetismo voluntario’ basado en intereses comunes y reconocimiento mutuo de las subidentidades.
Sin embargo, el libro plantea una pregunta crítica sobre si este modelo condujo, a largo plazo, a la erosión de ese magnetismo misterioso en lugar de fortalecerlo. Pues al constitucionalizar las identidades étnicas, el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray puede haber desatado fuerzas centrífugas que luego se volvieron difíciles de controlar. Y Erlich señala que el ascenso del nacionalismo oromo renovado y del nacionalismo amhara en los últimos años no fue sino una reacción a lo que esos grupos consideraron una ‘ingeniería tigrayana’ de la realidad etíope destinada a asegurar la supremacía de una cierta minoría. Este resentimiento mutuo condujo eventualmente a la erosión de la confianza en el proyecto federal, e hizo que el ‘magnetismo’ pareciera un grillete pesado del que todos buscan liberarse, en lugar de ser un vínculo sagrado que reúne a la diáspora.
Y en su lectura de la escena actual, Erlich considera que la guerra que estalló en 2020 representó el momento de la verdad para este magnetismo histórico. La crueldad que caracterizó las operaciones militares, y la destrucción que afectó a la infraestructura y a los sitios históricos en Tigray, y la pesada intervención eritrea, todos factores contribuyeron a profundizar el sentimiento de alienación entre los tigrayanos hacia el estado etíope. No obstante, el autor permanece aferrado a su visión histórica que ve que las fuerzas que empujan hacia la unidad en este espacio geográfico siguen siendo fuertes, aunque sufran de una debilidad severa. Pues los intereses económicos comunes, y el profundo entrelazamiento demográfico, y la conexión espiritual con la ‘tierra etíope’ son elementos que no pueden borrarse de un plumazo o de un disparo, pero necesitan un nuevo contrato social que se aleje de los conceptos de hegemonía y control que marcaron los siglos pasados.
El libro de Erlich no fue meramente una narración histórica fría, sino que fue el producto de un viaje cognitivo que comenzó hace más de medio siglo, cuando el autor entró en el mundo de los estudios etíopes a través de su tesis doctoral en la Universidad de Londres en 1973 sobre la personalidad de ‘Ras Alula’, ese héroe nacional que encarna en la conciencia tigrayana el espíritu de resistencia y orgullo. Erlich relata con mucha emoción cómo su primer libro sobre Alula, publicado en los años ochenta, contribuyó a revivir el orgullo entre una generación de jóvenes tigrayanos que sufrieron marginación bajo el régimen de Mengistu, hasta el punto de que las unidades militares que derrocaron la dictadura y entraron en Adís Abeba en 1991 se nombraron a sí mismas la ‘División Ras Alula’. Este entrelazamiento entre la biografía personal del autor y el curso histórico contemporáneo de Etiopía da a la obra un tinte humano y filosófico, haciendo que el lector comprenda que la historia en esta parte del mundo no es meramente un pasado, sino que es una fuerza viva que moldea el presente y dirige los fusiles en los campos de batalla, como ocurrió en 2021 cuando las fuerzas tigrayanas nombraron a su contraofensiva ‘Operación Ras Alula’.
Y en su intento de definir ‘Gran Tigray’, Erlich va más allá de las fronteras políticas actuales, describiéndola como el espacio geográfico y cultural que incluye a los hablantes de tigriña tanto en Etiopía como en Eritrea, que hoy suman alrededor de diez millones de personas. Este espacio, que incluye áreas como Hamasien y Seraye y Akele Guzay (en la actual Eritrea) y Agame y Tigray y Shire y Tembien y Enderta (en Etiopía), representa a juicio del autor la ‘cuna de Etiopía’ como estado y concepto. De Aksum nació la identidad habesha, y desde allí se difundió el cristianismo, y a través de ella tuvo lugar la primera interacción con el islam. Y Erlich considera que los tigrayanos, a pesar de haber sido sometidos al empobrecimiento y a la marginación política cuando el centro de gravedad se desplazó hacia el sur a favor de los hablantes de amhárico, permanecieron apegados a una visión ‘pluralista’ para el reino cristiano, que el autor llama la ‘tesis tigrayana’ en oposición a la ‘tesis amhara’ que busca la unidad a través de la centralización absoluta y de fundir la diversidad en un solo molde.
Y este conflicto entre las ‘dos tesis’ se manifiesta en la historia moderna a través de la personalidad de Meles Zenawi, a quien Erlich describe como un intelectual duro inclinado a mostrar su superioridad mental, y estaba obsesionado con reconstruir Etiopía sobre la base del ‘federalismo étnico’. El autor considera que Meles se inspiró en la experiencia de Ras Alula al tratar con potencias regionales, especialmente Egipto; mientras Haile Selassie temía a Abdel Nasser, Meles no dudó en confrontar a Mubarak sobre el expediente del Nilo. Y Erlich considera que Meles logró devolver a los tigrayanos a la vanguardia de la escena de liderazgo, pero fracasó en ganar los corazones de otros grupos, lo que eventualmente condujo a la erosión del proyecto federal tras su repentina muerte, y al ascenso de otras fuerzas nacionalistas que vieron en el modelo de Meles un intento de asegurar la hegemonía de una minoría étnica bajo el lema del federalismo.
La pregunta fundamental que el libro plantea al final es: ¿sigue poseyendo ese ‘magnetismo misterioso’ del que habló el coronel británico Cheesman en 1943 la capacidad de frenar el impulso de la desintegración? Erlich se niega a considerar las políticas étnicas en Etiopía como meramente un ‘experimento’ fallido, sino que las ve como un pilar fundamental de la identidad nacional que no puede ignorarse. No obstante, el autor reconoce que las tendencias centralistas violentas, ya sea en la era del emperador Tewodros o del coronel Mengistu, siempre terminaron en catástrofes nacionales. Y en contraste, el fracaso de las élites para alcanzar un acuerdo histórico que respete la diversidad, como ocurrió en el caso de la unión etíope-eritrea, le costó al país precios elevados en guerras y destrucción.
Erlich concluye que la clave para restaurar este magnetismo perdido puede no residir en los fusiles o en las constituciones, sino en la ‘Gran Presa del Renacimiento Etíope’. El autor ve en este enorme proyecto sobre el Nilo Azul la posibilidad de que sea el ‘nuevo imán’ que reúna los fragmentos de los etíopes en torno a un objetivo de desarrollo común que trascienda las divisiones étnicas. Pero la pregunta queda pendiente: ¿se convertirá la presa en un símbolo de renacimiento y unidad, o seguirá siendo más fuerte la apuesta por la identidad y la sangre que la apuesta por el futuro y el desarrollo? La historia de Tigray, tal como la narra Erlich, nos enseña que el ‘magnetismo’ en Etiopía es una fuerza tan misteriosa como volátil, y que la supervivencia en este espacio geográfico complejo requiere una enorme cantidad de sabiduría histórica de la que carecen muchos de los actores actuales.
Greater Tigray and the Mysterious Magnetism of Ethiopia
Haggai Erlich




