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El regreso de “El Príncipe” en tiempos de mediocridad

Un análisis detallado del libro de Peter Sloterdijk, "El príncipe y sus herederos".

En la primavera de 2026, el destacado filósofo alemán y provocador intelectual, Peter Sloterdijk, arrojó una nueva piedra en el estanque estancado del pensamiento político contemporáneo, publicando su libro, a la vez controvertido y profundo: “El príncipe y sus herederos: Sobre los grandes hombres en la era de la gente común” (Der Fürst und seine Erben: Über große Männer im Zeitalter der gewöhnlichen Leute). Publicado por la prestigiosa editorial Suhrkamp, y a lo largo de 180 densas páginas, Sloterdijk vuelve a practicar su pasatiempo favorito: desmantelar axiomas, provocar la mente colectiva y diseccionar las infraestructuras del poder, pero esta vez a través de una puerta histórica y filosófica altamente sensible; la puerta del «liderazgo» y la «dirección» en un mundo que parece haber perdido su brújula moral y política.

El síndrome de simulación y la cuestión del modelo

Peter Sloterdijk abre su libro con una pregunta que parece simple en la superficie, pero que lleva consigo un terremoto cognitivo: “Alejandro Magno imitó a Aquiles, y Julio César imitó a Alejandro… Pero, ¿a quién toman como modelo los hombres fuertes de hoy?”

Esta pregunta inicial no es un mero juego retórico, sino que es la piedra angular sobre la que se construye toda la tesis. En la antigüedad, la autoridad y el poder estaban estrechamente vinculados al «mito» y al «ideal». El líder buscaba ser una extensión de un linaje de grandes figuras, imitando sus virtudes (incluso si eran virtudes marciales o crueles), y aspiraba a inmortalizar su nombre en el panteón de los dioses o en las páginas de epopeyas inmortales. La «grandeza» era un estándar que iba más allá de la mera adquisición del poder, extendiéndose a cómo se ejercía y se encarnaba en el imaginario popular e histórico.

Sin embargo, cuando observamos la escena política global en la tercera década del siglo XXI, dominada por figuras descritas como «hombres fuertes» (Strongmen) o neo-autócratas en capitales que se extienden desde Moscú y Pekín hasta otras partes del mundo, y cuyas sombras incluso se filtran en el corazón de las democracias occidentales arraigadas, nos encontramos ante una cruda paradoja. Los hombres fuertes de hoy no buscan la gloria olímpica, ni leen la Ilíada antes de dormir. Son, como Sloterdijk los describe brillantemente, el producto de la «era de la gente común»; una era en la que los estándares clásicos de grandeza han desaparecido, reemplazados por otros mecanismos que se basan en la polarización, el populismo y el arte de manipular a las masas a través de las pantallas y las redes sociales.

Encarnación del poder: ¿Hemos superado realmente la idea del «Rey»?

Entre las cuestiones centrales que el libro plantea con rara audacia, está la reactivación de la pregunta sobre la «encarnación del poder». La modernidad política, desde la Revolución Francesa y la Ilustración, se construyó sobre una promesa fundamental: la despersonalización del poder. El Estado moderno, la democracia constitucional, las instituciones, la burocracia (en el sentido weberiano), son todos mecanismos diseñados para superar la idea del «rey» o el «príncipe» en quien se reduce el Estado (como en la famosa frase de Luis XIV: «El Estado soy yo»).

La creencia predominante era que el mundo moderno había superado definitivamente la solución del «sistema monárquico» de encarnar el poder en individuos, y que la racionalidad institucional había triunfado sin marcha atrás. Pero Sloterdijk, con su afilado bisturí analítico, disecciona esta ilusión. Ve en el nuevo patrón de «príncipes» (políticos populistas y nuevos líderes carismáticos) una declaración flagrante del fracaso de las democracias liberales para satisfacer la necesidad psicológica y antropológica de las masas de ver el poder «encarnado» en un rostro humano tangible.

Las personas, según la profunda lectura de Sloterdijk de la antropología política, no siempre pueden jurar lealtad a meras «instituciones» frías o «constituciones» abstractas que carecen de vida. En tiempos de crisis, de grandes transformaciones y de miedo a lo desconocido, las masas retroceden a su deseo primitivo de buscar al «héroe», al salvador o al «príncipe» que cargue sobre sus hombros el peso de la decisión, incluso si esa decisión es desastrosa. Esta regresión no es solo un defecto accidental en el sistema democrático, sino que es —como sugiere el libro— una laguna estructural en la mentalidad humana, brillantemente explotada por los nuevos herederos de Maquiavelo en nuestra era actual.

Entre lo «Grande» y lo «Absurdo»: Diseccionando la era de la mediocridad

En un capítulo con el sugerente título de “Das Große und das Absurde” (Lo Grande y lo Absurdo), el filósofo alemán se sumerge en la cruda contradicción que vive el ser humano de hoy. Vivimos en una era que posee tecnología capaz de explorar Marte, editar genes y conectar continentes en un abrir y cerrar de ojos; es decir, poseemos todas las herramientas de la «grandeza» material. Sin embargo, a cambio, entregamos nuestro liderazgo y nuestros destinos a figuras políticas caracterizadas por la mediocridad, la superficialidad e incluso la absoluta absurdidad.

¿Cómo se puede reconciliar, entonces, la «grandeza» de las inmensas capacidades técnicas y científicas con lo «absurdo» de la escena política y la degradación del discurso público? Sloterdijk aquí no se contenta con lamentarse y llorar sobre las ruinas del pasado, sino que analiza este fenómeno como la consecuencia inevitable e histórica de la «era de la gente común». La democracia de masas, en su versión consumista y mediática contemporánea, ya no produce líderes que se elevan con su moral y cultura para elevar el nivel de las masas. En cambio, ha pasado a producir líderes que compiten por descender a los mínimos comunes denominadores de los instintos humanos para asegurar los votos de los enojados y frustrados.

El nuevo «príncipe» de hoy no necesita ser un intelectual, un sabio o incluso valiente en el sentido clásico de la caballería. Todo lo que necesita es una capacidad extraordinaria para captar los miedos de la «gente común» y retransmitirlos de forma amplificada a través de los altavoces de los medios. Practica lo que Sloterdijk llama “Telemalignität” (Tele-malignidad o malicia a distancia), donde las pantallas se transforman en armas de destrucción masiva contra la racionalidad política. El príncipe contemporáneo es un experto en el manejo de la ira y un arquitecto de la vulgaridad, plenamente consciente de que las masas ya no buscan la «verdad» objetiva, sino que buscan el «entretenimiento político», el regodeo y la venganza contra las élites que creen que los desprecian.

El legado maquiavélico perdurable: La capacidad de no ser bueno

La tesis general de Sloterdijk no puede entenderse sin volver a las raíces filosóficas e históricas del poder. Por lo tanto, el autor dedica un espacio amplio y central a releer a Nicolás Maquiavelo y su libro fundacional El Príncipe. Bajo el título “Vorüberlegung: Machiavellis Buch vom Fürsten – noch einmal aufgeblättert” (Consideración preliminar: El libro de Maquiavelo sobre el Príncipe – hojeado una vez más), Sloterdijk desempolva conceptos clásicos para reutilizarlos con fuerza en la lectura de la realidad actual.

El aterrador y fundacional principio maquiavélico de la política moderna: “Potere essere non buono” (La capacidad de no ser bueno), o el arte de «no ser virtuoso», es diseccionado aquí con extrema precisión. Sloterdijk argumenta que, en la época de Maquiavelo, este principio era una «cruel necesidad» para preservar el Estado y su supervivencia (el interés supremo del Estado) en medio del caos de una Italia desgarrada y rodeada de enemigos. Sin embargo, la pregunta apremiante es: ¿cómo se ve este principio hoy en la «era de la artillería de cohetes», las armas nucleares y la guerra cibernética?

Cuando la «capacidad de cometer el mal» o el «abandono sistemático de la moral» está en manos de un príncipe del Renacimiento italiano, el daño, sin importar cuán grave sea, sigue estando limitado geográfica y técnicamente a los confines de su espada y su caballo. Pero cuando esta capacidad —y este pesado legado maquiavélico— pasa a manos de «herederos» que poseen los botones de la aniquilación humana y que controlan algoritmos de inteligencia artificial que dirigen la opinión pública y manipulan las elecciones, la ecuación cambia radical y aterradoramente.

Aquí se manifiesta lo que Sloterdijk describe como «la caída en el Estado» como una verdadera catástrofe antropológica para el animal político. Ya no nos enfrentamos a una mera manipulación política táctica; nos enfrentamos a una amenaza existencial integral, porque el nuevo «príncipe» practica sus tácticas en un espacio cibernético y militar de dimensiones infinitas, donde un pequeño error podría significar el fin de la civilización.

Verticalidad salvaje: Cuando la jerarquía despierta de su letargo

En la segunda parte de su libro, Peter Sloterdijk se traslada a una zona muy sensible de la conciencia democrática occidental: la idea de la «Verticalidad» (Verticality). La modernidad política, como él explica, se fundó sobre la promesa de la «horizontalidad» absoluta; es decir, la igualdad completa, el desmantelamiento de los rangos y la transformación de la sociedad en una única alfombra nivelada de derechos y deberes. Pero Sloterdijk argumenta que este proyecto horizontal chocó con un sólido hecho antropológico: que el ser humano, como animal social, tiende instintivamente a buscar un «arriba» y un «abajo».

Bajo el título «La jerarquía sagrada y la neo-autocracia», el autor analiza cómo las sociedades contemporáneas, a pesar de sus pretensiones democráticas, han comenzado a experimentar una especie de «vértigo de la horizontalidad». Este vértigo es resultado de la ausencia de una autoridad moral y política que proporcione dirección. Aquí surgen los «herederos del príncipe» —los nuevos hombres fuertes— que no reconstruyen la verticalidad a través de la competencia o la sabiduría, sino a través de lo que Sloterdijk llama «verticalidad salvaje».

Esta verticalidad no se basa en el «derecho divino» como en la Edad Media, ni en la «delegación racional» como en el liberalismo clásico, sino que se basa en el «carisma de la vulgaridad». El nuevo líder demuestra su superioridad no por ser «mejor» que las masas, sino por «encarnar mejor lo peor de ellas». Es el príncipe que se atreve a decir lo que el «decoro político» les impide decir, y que se atreve a romper las reglas que la persona común siente que la asfixian. Su elevación proviene de su capacidad para ser una «lupa» de los instintos de la base popular.

La psicología del «hombre fuerte» en la era de la fragilidad

En un capítulo analítico asombroso, Sloterdijk vincula la creciente ansiedad existencial en el siglo XXI (debido al cambio climático, la inteligencia artificial, la inestabilidad económica) con el deseo de «arrojarse a los brazos del príncipe». El autor cree que la democracia es un sistema para «adultos», para aquellos que pueden soportar el peso de la responsabilidad individual y la duda constante. Pero el mundo de hoy, con sus inmensas presiones, empuja a la gente hacia la «Regresión Colectiva» (Collective Regression).

Los «herederos» de los que habla Sloterdijk son expertos en el arte de la «pseudo-paternidad». Se presentan a sí mismos como protectores contra un mundo exterior misterioso y amenazante. Aquí tocamos el profundo toque psicológico de Sloterdijk: él cree que el príncipe moderno no gobierna solo a través del miedo (como sugirió Maquiavelo), sino que gobierna «aliviando la carga de la realidad». El príncipe le dice a su audiencia: «No se preocupen, yo pensaré por ustedes, yo decidiré por ustedes, y yo determinaré por ustedes quién es el enemigo y quién es el amigo».

Este intercambio —renunciar a la libertad a cambio de seguridad psicológica y claridad de identidad— es el gran trueque en el que se basan los «herederos del príncipe» en la actualidad. Se dan cuenta de que la «persona común» en nuestra era está sobrecargada de información y distraída por las opciones, y por lo tanto, la «claridad autoritaria» se convierte en un producto de lujo muy atractivo, sin importar cuán exorbitante sea su precio moral.

Los medios como espacio para el «Príncipe Digital»

A Sloterdijk no se le escapa que el «príncipe» en el siglo XVI necesitaba palacios, caballos y ejércitos mercenarios para mostrar su poder. En cuanto a su «heredero» de hoy, su verdadero ejército son los «algoritmos», y su campo de batalla son las «plataformas digitales».

El libro analiza cómo la política pasó de ser el «arte de lo posible» al «arte de llamar la atención». El príncipe contemporáneo es esencialmente un «influencer» de alto nivel. Sloterdijk describe esta transformación como la «disolución de la política en el espectáculo». En este espacio, el argumento lógico o un programa electoral detallado ya no tienen ningún valor; el único valor es la capacidad de «ocupar la pantalla».

Sloterdijk va más allá al afirmar que el «príncipe digital» no necesita honestidad; más bien necesita «densidad». La honestidad es una cuestión moral, mientras que la densidad es una cuestión técnica. Una mentira densa y resonante repetida mil veces a través de las plataformas de redes sociales crea una «realidad paralela» en la que los seguidores encuentran su refugio. Aquí Maquiavelo se encuentra con «Silicon Valley»: la capacidad de camuflaje y disimulo (Dissimulazione) aconsejada por Maquiavelo, ha alcanzado hoy su apogeo técnico a través de los deepfakes y la propaganda digital dirigida.

El Estado como aparato de protección… ¿o rehén?

En la última parte de esta sección del libro, Sloterdijk plantea una pregunta aterradora sobre el destino del «Estado» en sí mismo. Si el príncipe de la antigüedad era la «cabeza del Estado», los nuevos «herederos» tratan al Estado como un «rehén» o como una «herramienta para el saqueo».

Sloterdijk argumenta que existe una especie de «colonialismo interno» practicado por estos líderes sobre las instituciones de sus países. Construyen un «Estado dentro del Estado» basado en la lealtad personal y las lealtades familiares o «camarillas» políticas, lo que nos devuelve a los patrones de gobierno medievales pero con un fino barniz modernista.

Este «legado» maquiavélico, cuando se mezcla con el capitalismo salvaje y las capacidades técnicas modernas, produce un monstruo político sin precedentes. Es un sistema que combina la eficiencia de control de las grandes corporaciones con la brutalidad de los antiguos regímenes autocráticos. Sloterdijk nos advierte: «No estamos regresando al pasado; más bien, estamos creando un futuro en el que el pasado más oscuro es el único modelo disponible».

Entre la risa y el temblor: El lenguaje de Sloterdijk

Lo que distingue a este libro, como es costumbre en Sloterdijk, es su estilo que mezcla el ingenio mordaz (Wit) con una profunda profundidad filosófica. No escribe con la seriedad de un académico ceñudo, sino con la flexibilidad de un intelectual que ve la farsa en el corazón de la tragedia. A veces describe a los «herederos del príncipe» como «payasos sangrientos», considerando que la risa podría ser el único medio que queda para enfrentar lo absurdo de la escena, pero es una risa mezclada con amargura y temblor por lo que está por venir.

Utiliza términos como “Anabolische Politik” (Política anabólica o amplificada) para describir cómo los nuevos líderes intentan inflar artificialmente los músculos del Estado para ocultar la debilidad estructural y la falta de visión. La política a los ojos de ellos no es la construcción del futuro, sino una «inyección» continua a las masas con dosis de adrenalina y hostilidad hacia lo diferente.

La economía del «Thymos»: Cuando la ira se convierte en combustible para gobernar

En esta parte del libro, Peter Sloterdijk vuelve a uno de sus conceptos filosóficos más importantes desarrollados en sus obras anteriores (como Ira y tiempo), que es el concepto de “Thymos”. El Thymos, según la tradición platónica, es esa parte del alma humana responsable de la dignidad, el orgullo personal y la búsqueda de reconocimiento, y es también la fuente de la «ira sagrada» cuando se viola esta dignidad.

Sloterdijk sostiene que los «herederos del príncipe» de nuestra era actual se han dado cuenta de lo que las frías democracias procedimentales no lograron entender: que los seres humanos no viven solo de pan (economía), sino que viven de dignidad y reconocimiento. Bajo el título «Manejo de la ira: El príncipe como banquero del Thymos», el filósofo plantea una idea revolucionaria; el político exitoso hoy en día no ofrece programas económicos, sino que ofrece «préstamos emocionales». Abre cuentas bancarias para la ira de la gente frustrada y les promete «cobrar» esta ira en forma de políticas vengativas contra élites imaginarias o enemigos externos.

El príncipe moderno, según Sloterdijk, es un «gestor de grandes emociones». Sabe que el ser humano contemporáneo, tanto en Occidente como en Oriente, se siente humillado por la globalización salvaje que lo ha convertido en un mero número en una ecuación masiva. Aquí viene el «heredero» a decirle: «Te veo, escucho tu ira, te devolveré tu prestigio». Esta transición del «Estado de Bienestar» (Welfare State) al «Estado de la Dignidad Herida» es lo que otorga a los nuevos autócratas su legitimidad, que parece incomprensible para los analistas liberales tradicionales.

El fin de la «Era Fría»: Adiós a la neutralidad del Estado

La modernidad política ha pregonado durante mucho tiempo el «Estado neutral»; ese Estado que se mantiene a la misma distancia de todos los valores y se contenta con regular el intercambio y proteger la propiedad. Sloterdijk describe esta era como la «Era Fría», donde la política era simplemente la administración técnica de los intereses.

Pero el libro El príncipe y sus herederos anuncia francamente el fin de esta era. El mundo de hoy está entrando en un estado de «ebullición», donde la gente exige un Estado «caliente», un Estado que tome partido, un Estado que posea una «visión del mundo» (Weltanschauung), incluso si esta visión está distorsionada o basada en la superstición.

Sloterdijk analiza cómo los «herederos» lograron «calentar» la escena política nuevamente. Han devuelto a la política su carácter «teológico»; la batalla ya no es entre diferentes programas fiscales, sino que se ha convertido en una batalla entre el «bien y el mal», «nosotros y ellos», «patriotas y traidores». Esta aguda polarización no es un fracaso en la comunicación política, sino que es una «técnica de gobierno» intencional destinada a eliminar la distancia crítica que el ciudadano necesita para pensar. Cuando las emociones se calientan hasta el punto de ebullición, la razón desaparece y el «príncipe» emerge como el único líder de un rebaño enfurecido.

Entre la «Voluntad» y la «Representación»: El príncipe como director de cine

En un capítulo que lleva el sello estético de Sloterdijk, titulado «Dramaturgia Política: El poder como representación teatral», el libro analiza cómo el ejercicio del poder se ha transformado en una especie de «dirección cinematográfica». El antiguo príncipe aparecía en las grandes ocasiones para deslumbrar a sus súbditos; el príncipe contemporáneo, en cambio, se encuentra en un estado de «transmisión en vivo» permanente.

Sloterdijk explica cómo los «herederos» utilizan técnicas de «realidad aumentada» en la política. No cambian la realidad (pobreza, contaminación, crisis), sino que cambian nuestra «percepción» de la realidad a través de un bombeo continuo de imágenes, historias y falsas heroicidades. El poder hoy es el «poder del relato». Quien tiene la historia más fuerte, y quien puede hacer que las masas vivan en una «película» heroica dirigida por él, es quien gana la apuesta.

Esta transformación pone patas arriba el concepto de «representación política». En una democracia, el representante representa los intereses de sus votantes. Pero en el «nuevo principado», el líder no representa los intereses de las masas, sino que representa sus «fantasías». Encarna al héroe que les gustaría ser, o al hombre fuerte en el que les gustaría refugiarse. Es una «representación teatral» más que una representación política.

La venganza de la geografía… y el desafío de los «Imperios que regresan»

Sloterdijk no se contenta con el análisis psicológico, sino que vincula su tesis con los grandes cambios geopolíticos (y aquí resalta la importancia del libro para los estudiantes de relaciones internacionales). Sloterdijk cree que estamos presenciando la «venganza de la geografía» sobre la ideología. Los «herederos del príncipe» son a menudo líderes que buscan recuperar el «espacio vital» o las pasadas «glorias imperiales».

Bajo el título «Soberanía y Territorio: El regreso de los fantasmas geopolíticos», el libro analiza cómo el concepto de «soberanía» absoluta, que muchos pensaban que se había erosionado por la globalización y las organizaciones internacionales, regresa hoy con fuerza y de manera violenta. El nuevo príncipe es quien se atreve a trazar fronteras con sangre, y quien desafía el «orden internacional» basado en reglas, considerándolo una mera «conspiración» para debilitar a los Estados fuertes.

Esta inclinación hacia el «imperio» no es solo una ambición política, sino que es una expresión del deseo de salir del «tiempo global» unificado y regresar a los «tiempos nacionales» particulares. Sloterdijk ve que el mundo se está dividiendo ahora en «islas soberanas» gobernadas por príncipes que no reconocen ninguna autoridad superior por encima de ellos, lo que presagia una era de grandes conflictos que pueden remodelar el mapa mundial en las próximas décadas.

Entre la «Aristocracia mental» y la demagogia: El dilema de la élite

En este punto del libro, Peter Sloterdijk plantea un tema que puede parecer impactante para la conciencia igualitaria moderna, que es la necesidad de un tipo de «aristocracia mental» para proteger a la democracia del colapso en la trampa de la demagogia. Sloterdijk señala que el «príncipe» en el pasado solía rodearse de sabios, filósofos y artistas (como hicieron los Medici en Florencia), no solo para la decoración de la corte, sino para crear un equilibrio entre la «fuerza bruta» y la «sabiduría trascendente».

En cuanto a los «herederos del príncipe» de hoy, practican lo que Sloterdijk describe como la «liquidación de las élites». Declaran la guerra a los expertos, los científicos y los intelectuales críticos, calificándolos de «élites corruptas» o «Estado profundo». Bajo el título «La traición de los intelectuales y la rendición de la razón», el libro analiza cómo la «ignorancia orgullosa» se ha convertido en una insignia de honor en la lucha política contemporánea. El nuevo príncipe no necesita asesores que revisen sus decisiones, sino «aplaudidores» que justifiquen sus caprichos.

Aquí radica la gravedad de la situación: una democracia que abandona los estándares de «calidad intelectual» y «excelencia moral» bajo el pretexto de la igualdad abre sus puertas de par en par a los elementos más mediocres y letales para que se apoderen del poder. Sloterdijk hace un llamado aquí a una «rebelión de los nobles» (en el sentido espiritual e intelectual), aquellos que se niegan a ser arrastrados al lodo del discurso populista imperante y que insisten en mantener la «distancia crítica» como un último acto de resistencia.

La «Humanización» imposible: ¿Se puede domar a los herederos?

El libro plantea una pregunta fundamental sobre la posibilidad de «humanizar» (Humanization) a estos nuevos líderes. ¿Pueden las instituciones democráticas «domar» al príncipe que ha llegado al poder rompiendo las reglas del juego? Sloterdijk cree que apostar por la «domesticación institucional» es, en general, una apuesta perdida, porque los «herederos del príncipe» no entran en el sistema político para administrarlo, sino para cambiar sus genes. Trabajan para transformar el «Estado de derecho» en un «Estado de voluntad» (Voluntarism).

En un capítulo titulado «Fuerza de voluntad y megalomanía tecnológica», el filósofo alemán vincula la tendencia voluntarista de los nuevos líderes con las inmensas posibilidades técnicas. En el pasado, la voluntad del príncipe chocaba con los límites de la geografía, la lentitud de los mensajes y la debilidad de los suministros. Hoy, sin embargo, la voluntad del príncipe «digital» se ejecuta con presionar un botón. Esta «ilusión de omnipotencia» (Omnipotence) que la tecnología otorga a los gobernantes los hace más arrogantes y menos dispuestos a ceder. La política ya no es el «arte de lo posible», sino que se ha convertido en «imponer lo imposible» a través de la fuerza y la coacción mediática.

Europa a la sombra de los príncipes: El continente ansioso

Sloterdijk pasa en esta parte a escrutar la situación europea en particular, siendo un pensador que siempre ha estado preocupado por el destino del Viejo Continente. Describe a Europa como una «isla de frágil racionalidad» en medio de un océano de «principado salvaje». Europa, que intentó construir un sistema político basado en la «superación de la soberanía» y en la «cooperación burocrática silenciosa», se encuentra hoy rodeada de «príncipes» de Oriente, Occidente y el Sur, e incluso desde dentro de su propia casa.

Bajo el título «El dilema europeo: Entre la burocracia fría y el liderazgo caliente», Sloterdijk analiza cómo el proyecto europeo fracasó a la hora de crear un «atractivo emocional» que igualara el atractivo de los líderes nacionalistas. Bruselas representa la «cabeza» (la mente fría), mientras que los «herederos» se dirigen al «corazón» y a las «entrañas» (Thymos). El autor considera que si Europa quiere sobrevivir, debe reinventar al «príncipe democrático»; un líder que combine la sabiduría institucional con la capacidad de inspirar a las masas con una visión moral que vaya más allá de las meras cifras de crecimiento económico.

Este deseado líder europeo no debe ser un «heredero de Maquiavelo» en su astucia, sino un «heredero de la Ilustración» en su valentía. Pero Sloterdijk se pregunta con amargura: «¿Queda todavía suficiente fertilidad en la tierra de Europa para que crezcan grandes hombres de este tipo, o hemos entrado en el largo otoño de la civilización?»

Los «Ejercicios» como acto político: La salida propia de Sloterdijk

Para quienes conocen la filosofía de Sloterdijk, el libro no estaría completo sin volver a su concepto de «ejercicios» o «ascetismo» (Askesis) en su sentido filosófico. Frente al «príncipe» que quiere convertirnos en meros «consumidores de ira» o en «herramientas de su espectáculo teatral», Sloterdijk propone la «política como autoentrenamiento».

La verdadera política, a los ojos del autor, comienza con el individuo que se niega a ser un «miembro de un rebaño». Sloterdijk aboga por una especie de «aislamiento productivo» y «autonomía mental». La resistencia no solo comienza en las plazas, sino que comienza en la capacidad del ser humano para «entrenarse a sí mismo» para no ser arrastrado por las provocaciones digitales, y para recuperar la capacidad de lectura profunda, meditación y duda metódica.

El «príncipe» teme al ser humano que posee un «centro interior» inexpugnable. Por lo tanto, la mejor manera de enfrentarse a los «herederos del príncipe» es construir «individuos soberanos» que no puedan ser manipulados fácilmente. La soberanía aquí no es la soberanía del Estado, sino la soberanía de la razón sobre los instintos que los nuevos líderes intentan explotar.

La excepción como regla: La teología política con un disfraz técnico

En las conclusiones de su libro, Peter Sloterdijk llega a una deducción filosófica que vincula la historia antigua con el futuro cibernético, en lo que él llama la «nueva teología política». Si Carl Schmitt había argumentado en el pasado que todos los conceptos del Estado moderno son conceptos teológicos secularizados, Sloterdijk considera que los «herederos del príncipe» están «re-deificando» el poder a través de la tecnología.

La «decisión» —que es la esencia del poder para Maquiavelo y Schmitt— ha adquirido hoy un carácter absoluto gracias a las herramientas de vigilancia masiva y la inteligencia artificial. El príncipe contemporáneo no es solo un gobernante, sino que es un «algoritmo supremo» que busca condensar la voluntad del pueblo en una fórmula matemática de apoyo absoluto. Esta transformación hace que el «estado de excepción» (State of Exception), al que se recurría en las grandes crisis, se convierta en un «estado permanente» bajo el gobierno de estos herederos. Viven y gobiernan en una crisis continua, porque la crisis es el único entorno que justifica la existencia del «príncipe» y le otorga el derecho de eludir las aburridas leyes «burocráticas».

Más allá del «Príncipe»: Explorando los horizontes del siglo XXI

En la sección final del libro, que se presenta bajo un título revelador: «Hacia una política planetaria: ¿Hay alguna posibilidad para la conciencia cósmica?», Sloterdijk abre una pequeña ventana a la esperanza. El autor considera que los desafíos existenciales a los que se enfrenta la humanidad (como el colapso ecológico o los riesgos de una tecnología desenfrenada) son desafíos que ningún «príncipe» local o «nacional» puede resolver, sin importar cuán grande sea su poder o su carisma.

Sloterdijk aboga por lo que él llama «política climática» en su sentido más amplio; es decir, una política que sea consciente de que todos vivimos en un mismo «invernadero» (una extensión de su teoría en su famoso libro Esferas). Los herederos actuales, al encerrarse en sí mismos y construir muros, se encuentran en un estado de «negación histórica». El futuro, según Sloterdijk, no pertenece a los príncipes que trazan fronteras, sino a aquellos que pueden pensar en «la Tierra en su conjunto».

Este cambio requiere un nuevo tipo de «soberanía»; una soberanía que no se base en el control de los demás, sino en el «control del ser colectivo» de la humanidad. Es un llamado a volver a los valores de la «ciudadanía global», no como un eslogan romántico, sino como una necesidad técnica y vital para la supervivencia.

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