ReportajesTemas Destacados

Las Raíces De La Tiranía

El Libro "La Crisis Constitucional En La civilización Islámica"

En el ámbito del pensamiento político islámico, donde las olas tormentosas de la historia chocan contra los textos orientadores de la Revelación, surge una necesidad urgente e imperiosa de enfoques anatómicos que trasciendan la superficie de los acontecimientos para sumergirse en las profundidades de la estructura intelectual y política de la Umma. Aquí, nos sale al encuentro el libro “La crisis constitucional en la civilización islámica”, que lleva un subtítulo elocuente: “De la Gran Fitna a la Primavera Árabe”. Esta obra voluminosa, del investigador y pensador Mohamed Al-Mokhtar Al-Shinqiti, publicada por el “Foro de Relaciones Árabes e Internacionales”, no presenta una simple narrativa histórica tradicional, sino que propone un modelo interpretativo complejo para uno de los callejones sin salida más complicados de nuestra historia: ¿por qué fracasaron los musulmanes en construir instituciones políticas que reflejen la visión ética del islam?

Prefacio necesario: recuperar la conciencia constitucional

El libro se abre con un prólogo de suma importancia del sheij Rached Ghannouchi, en el que establece un marco crítico para la situación intelectual actual. Ghannouchi señala con pesar que las editoriales árabes rara vez publican libros serios en el campo de los estudios políticos islámicos, describiendo la situación como “parecida a un estado de parálisis, salvo reiteraciones de literaturas sultanescas ya caducas”. Esta observación no es una simple crítica pasajera, sino un diagnóstico de un estado de “estancamiento creativo” que ha afectado a la mente política musulmana, donde se ha legitimado una realidad desviada después de que el califato se transformara en un reino mordaz, y donde los grandes valores políticos traídos por el islam —como la justicia, la libertad y la igualdad— quedaron relegados en favor de una jurisprudencia que justifica la imposición por la fuerza y la opresión.

El libro, entonces, tal como lo describe Ghannouchi, es un intento audaz y seguro de romper esa falsa vinculación entre la jurisprudencia (fiqh) y la sharía, por un lado, y la justificación del despotismo, por otro, llamando a la necesidad de trasladar la base del gobierno islámico consultivo (shura) de ser “una simple exhortación moral” a convertirse en “un sistema político que traduzca la autoridad de la Umma”.

La espada desenvainada del imamato: diagnóstico de la enfermedad

Al-Shinqiti comienza su extensa introducción con una elocuente cita de Abd al-Rahman al-Kawakibi: “No soy más que quien abre una pequeña puerta en las murallas del despotismo, ojalá el tiempo la ensanche”, estableciendo así su gran objetivo: investigar las raíces de la trágica contradicción entre “el principio político islámico” y “la realidad histórica vivida por los musulmanes”.

El autor toma prestada la famosa sentencia del imam al-Shahrastani en su libro “Al-Milal wa al-Nihal” para describir la profundidad de la herida: “Y la mayor discrepancia entre la Umma es la discrepancia sobre el imamato, pues no se ha desenvainado en el islam una espada sobre una base religiosa como se ha desenvainado por el imamato en todo tiempo”. Esta espada desenvainada, que derramó sangre pura y desgarró el tejido de la Umma desde mediados del siglo I de la hégira, es vista por el autor como la expresión de una profunda crisis constitucional relacionada con la legitimidad del poder y su alternancia, y no como un mero conflicto personal o una fitna pasajera.

La verdadera tragedia, como la plantea el libro, radica en que la Umma islámica interiorizó este desequilibrio histórico. El texto coránico y profético estableció valores fundacionales de extrema nobleza y justicia, pero la “experiencia histórica”, que produjo la jurisprudencia de la necesidad y de la imposición por la fuerza, superó en muchas ocasiones el espíritu del texto. La excepción (que es el conflicto y la opresión) se convirtió en regla, y la regla (que es la shura y el consentimiento mutuo) se convirtió en excepción o en un sueño utópico inalcanzable.

Al-Kawakibi y la problemática del “letargo general”

El libro se detiene en el análisis de los pensadores musulmanes contemporáneos sobre esta crisis, detallando la lectura del filósofo Abd al-Rahman al-Kawakibi, quien comprendió con genialidad que las discrepancias doctrinales en la jurisprudencia y en la historia se remontan en su raíz a discrepancias puramente políticas. Al-Kawakibi, en su diagnóstico de la enfermedad del “letargo general” que afectó a la Umma, concluyó tras una profunda investigación que duró treinta años que “el origen de la enfermedad y el secreto de la calamidad, y no encontró para ello más remedio que la shura constitucional”.

Esta temprana percepción de la centralidad del “despotismo político” como la causa de las causas, es el punto de partida sobre el que Al-Shinqiti construye su tesis. Sin embargo, el autor va un paso más allá de Al-Kawakibi; Al-Kawakibi diagnosticó la enfermedad, pero Al-Shinqiti busca desmontar los mecanismos de esta enfermedad histórica e institucionalmente: ¿cómo entró en nosotros? ¿y cómo se asentó en nuestra jurisprudencia constitucional?

Fundamentación de la brecha: entre el principio y el entorno

Una de las tesis críticas más destacadas del libro es la explicación del “vacío político” en el que nació el islam. El autor considera que el islam nació en un entorno (la península arábiga) carente de tradiciones arraigadas en política, Estado y sistema. Este “vacío estructural” en el entorno beduino fue un arma de doble filo:

  • Le dio al islam la libertad de construir sus valores puros sin la presión de instituciones estatales antiguas que lo obstaculizaran.
  • Pero al mismo tiempo, hizo que los musulmanes, cuando se expandieron y chocaron con los imperios ancestrales (persa y romano), carecieran de la “solidez institucional” que protegiera esos valores de la infiltración.

Y así, los valores islámicos que fundaron el contrato político libre, la shura y la igualdad, se encontraron cara a cara con el “espíritu imperial” que dominaba el mundo entonces. Y en lugar de que estos valores se tradujeran en constituciones, instituciones y procedimientos sólidos que protegieran el derecho de la Umma a elegir y destituir a sus gobernantes, se los fue rodeando gradualmente, para comenzar un peligroso proceso de préstamo de las tradiciones cosroicas y cesáreas, revistiéndolas con un falso ropaje islámico.

Entre la jurisprudencia imperial y la jurisprudencia constitucional

El libro plantea una crítica radical y objetiva al patrimonio jurisprudencial heredado, rechazando la “confianza excesiva en el comentario” que oculta el texto original (el Corán y la Sunna). El autor señala con claridad que gran parte del vocabulario de las “literaturas sultanescas” que escribieron juristas y pensadores de épocas de decadencia, era en esencia una justificación de la injusticia y una legitimación de la necesidad impuesta por el dominio de quienes se imponían por la espada.

En esta parte del análisis, el libro destaca la importancia de “distinguir entre el compromiso moral y el compromiso legal”. Las constituciones modernas no dependen solo de las “intenciones del gobernante” o de su moral, sino de frenos legales institucionales estrictos. Mientras que, en los periodos de decadencia civilizatoria islámica, el compromiso político se redujo a la conciencia individual del gobernante (la justicia del gobernante individual), con una ausencia total de procedimientos institucionales que traduzcan esa justicia en una ley que obligue al gobernante y por la que se le exija cuentas si se desvía.

La dualidad de “al-ta’ammur fi al-amir” y “el fiqh de las necesidades”: claves de interpretación

Al-Shinqiti pone el dedo en la herida sangrante de la memoria política islámica mediante la formulación de un modelo interpretativo brillante basado en una contraposición metodológica entre dos conceptos que acuñó inspirándose en la tradición: “al-ta’ammur fi al-amir” y “al-ta’ammur ‘an ghayr imra”. Estos dos términos no son un mero juego lingüístico, sino dos claves para comprender el dilema constitucional que ha gobernado todo el curso de la historia islámica.

“Al-ta’ammur fi al-amir” representa en el libro el símbolo del principio y del origen; es decir, la visión normativa que contienen la Revelación coránica y la Sunna profética para construir una autoridad política basada en la shura, el contrato libre, la rendición de cuentas del gobernante y la soberanía de la Umma. Es, en resumen, “los valores constitucionales” en su forma más abstracta y textual más espléndida. En cambio, el término “al-ta’ammur ‘an ghayr imra” encarna el “gobierno de la necesidad y de la excepción”; es la expresión jurisprudencial y real del sufrimiento histórico de los musulmanes con una realidad política turbulenta, donde la imposición por la fuerza y la opresión se impusieron como sustituto de la libre elección y el consentimiento mutuo.

Con esta contraposición, el autor considera que la historia y el presente de los musulmanes están regidos por una pugna permanente entre estos dos principios, donde las sucesivas fitnas y conflictos llevaron a sacrificar la legitimidad política constitucional en favor de la “unidad de la Umma” y de evitar el derramamiento de sangre, lo que hizo que la Umma permaneciera en un estado de excepción histórica prolongada, en la que se hace la vista gorda sobre la “legitimidad de los procedimientos” por miedo al colapso existencial.

El vacío estructural en el entorno árabe: fragilidad fundacional

El libro no se limita a culpar a las personas o a las fitnas circunstanciales, sino que profundiza en la “sociología” del nacimiento del Estado islámico. El autor plantea un análisis sólido del “vacío político” en el que nació el islam en la península arábiga. El alba de la prédica surgió en un entorno beduino carente de tradiciones políticas arraigadas, y donde faltaban las estructuras del Estado y del sistema institucional.

Este vacío legislativo e institucional previo al islam tuvo un efecto doble; por un lado, otorgó al islam espacio para sembrar sus elevados valores políticos y morales sin resistencia de estructuras imperiales antiguas. Y por otro lado, y esto es lo más importante en el contexto de la crisis, este vacío condujo a una “fragilidad institucional” crónica. Cuando desapareció la generación fundadora y estallaron las crisis, los nobles valores islámicos (como la shura, la justicia y la igualdad) no encontraron recipientes institucionales ni procedimientos sólidos que los protegieran del colapso ante la avalancha de las عصبيات tribales o las ambiciones de la imposición militar.

El atolladero de la “pseudomorfosis”: entre el espíritu islámico y la estructura imperial

De los enfoques filosóficos más profundos que plantea Al-Shinqiti en su libro, está su uso genial del concepto de “pseudomorfosis”, acuñado por el filósofo de la civilización alemán Oswald Spengler. Este concepto, en geología, se refiere al estado en que minerales nuevos llenan las cavidades de minerales antiguos, tomando su forma exterior mientras conservan una composición interna diferente.

El autor aplica esta teoría con brillantez a la realidad política islámica temprana; el nuevo espíritu islámico, vibrante con los valores de libertad, justicia e igualdad, se encontró, tras las rápidas y asombrosas conquistas, chocando con los “moldes imperiales” antiguos de romanos y persas. Y en lugar de que este joven espíritu civilizatorio creara sus propias formas institucionales nacidas de sí mismo, fue contenido a la fuerza dentro de las estructuras políticas imperiales despóticas.

Así, prevaleció en las sociedades islámicas un estado de “pseudomorfosis”, donde los rasgos de la identidad política islámica pura quedaron borrados bajo el manto de las civilizaciones antiguas. El cuerpo se hizo islámico, recitando el Corán, pero la estructura institucional que lo gobernaba era una estructura cesárea y cosroica por excelencia, lo que llevó a abortar en su cuna la posibilidad democrática y contractual.

El Libro de Dios y el Testamento de Ardashir: la infiltración del “paganismo político”

Al-Shinqiti dedica un espacio amplio y documentado con precisión para analizar la infiltración cultural sasánida en la conciencia política islámica, haciendo del “Testamento de Ardashir” (fundador del Estado sasánida) un documento central para entender este vuelco constitucional. El libro explica cómo los valores sasánidas se filtraron gradualmente, para comenzar una feroz competencia con los valores originales del islam.

Este documento y las tradiciones que representa dejaron una huella negativa devastadora que se manifestó en varios ejes principales, que el libro determina con precisión:

  • Consolidación del paganismo político: donde el gobernante pasó de ser un agente de la Umma que extrae su legitimidad de su consentimiento, a ser la sombra de Dios en la tierra, que se eleva por encima de la crítica y la rendición de cuentas.
  • Uso de la religión al servicio del poder: en lugar de que el poder estuviera al servicio de la religión y de la Umma, se domesticó la jurisprudencia y la religión para convertirse en una herramienta dócil que justificara la opresión del gobernante y confiriera a su despotismo un halo de sacralidad.
  • Fijación de la estratificación social: lo que contradice radicalmente el principio estricto de igualdad establecido por el islam, donde prevalecieron conceptos de “la élite y el común” y “la plebe” en las literaturas sultanescas posteriores.
  • Legitimación de la opresión política: mediante la exaltación del valor de la “obediencia absoluta” al gobernante impuesto, a expensas del valor de la “justicia” y de “ordenar el bien y prohibir el mal” en los asuntos públicos.

A la luz de la filosofía de Hegel: la “posibilidad histórica” abortada

Al-Shinqiti no se contenta con la descripción histórica, sino que eleva el análisis para abrazar los horizontes de la filosofía de la historia, inspirándose en conceptos del filósofo alemán Georg Friedrich Hegel, y específicamente en la idea de la “posibilidad histórica”.

El autor, apoyándose en Hegel y en otros pensadores como Muhammad Iqbal y Malik Bennabi, considera que los valores políticos traídos por el islam, como la shura, la justicia y los derechos humanos, representaron una “semilla” para una gran posibilidad histórica de una democracia islámica temprana. Esta “semilla noble” nació y descendió a la realidad, pero no encontró el “suelo histórico” o el “contexto temporal” adecuado para su crecimiento y plena floración.

La enorme brecha entre las “preciosas posibilidades” en el texto islámico, y una realidad humana que aún yacía bajo el peso de las herencias de la esclavitud imperial, hizo difícil traducir estos principios en una realidad sostenible. Y como aclara el análisis hegeliano, el principio abstracto por sí solo no basta para garantizar su encarnación en la historia; requiere una conciencia colectiva, instituciones y procedimientos protectores. El islam proporcionó un amplio horizonte para la libertad y la guía, pero la “inercia” en la conciencia humana de entonces, y la sucesión de fitnas, impidieron convertir esta “posibilidad” en una verdad política arraigada y estable.

La escisión del yo en Siffin: el mayor vuelco constitucional

El libro no aborda la batalla de “Siffin” como un mero choque militar pasajero por el poder, sino que profundiza en sus dimensiones filosóficas e históricas para considerarla el momento en que “se escindió el yo islámico”. En aquel desierto, no eran solo las espadas las que chocaban, sino que los valores contractuales de la shura colisionaban con las ambiciones de la imposición por la fuerza y los inicios de la fundación del reino mordaz.

Al-Shinqiti evoca en este contexto la visión del pensador Malik Bennabi, quien comprendió con genialidad que la Gran Fitna, y específicamente Siffin, representó una profunda ruptura en la “conciencia popular” y una aguda separación entre el Estado y la sociedad. Siffin fue como el terremoto que engulló a la “democracia islámica” naciente, y la sustituyó por la “autoridad tribal”. Esta ruptura no fue solo una ruptura política, sino también una ruptura psicológica y civilizatoria, donde la fitna produjo un trauma que hizo que la mente jurisprudencial posterior se replegara sobre sí misma, prefiriendo las opciones de seguridad a la aventura de reclamar derechos. La batalla de Siffin constituyó el punto de inflexión en la curva del desarrollo histórico, donde el ser humano civilizado en el sistema político sufrió una pérdida de brío, y se volvió incapaz de asimilar y de crear.

La ecuación de unidad y legitimidad: el sacrificio sangriento

¿Cómo trató la mente musulmana con esta ruptura? Aquí el libro presenta un análisis de suma importancia de lo que llama “la ecuación de unidad y legitimidad”. En los momentos de desgarro que amenazaron la existencia material y moral de la Umma, el pensamiento político y social islámico se encontró ante dos opciones, ambas amargas: o aferrarse estrictamente a la legitimidad constitucional (shura y consentimiento), lo que podría llevar a la continuación de las guerras civiles y a la aniquilación de la Umma, o renunciar dolorosamente a la condición de “legitimidad” en favor de preservar la “unidad” y evitar la fitna.

La mente jurisprudencial sunní, bajo la presión del miedo al colapso total, optó por inclinarse hacia la “unidad” aunque fuera a expensas de la “legitimidad”. Esta elección forzada, que estaba justificada en su contexto histórico como un estado de “emergencia”, se transformó lamentablemente a lo largo de los siglos en una regla jurisprudencial estable, donde se legitimó el gobierno del que se impone por la fuerza, y se asentó en la conciencia que obedecer al gobernante injusto es mejor que una fitna en la que se derrame sangre. Y así, se fundó el “fiqh de la necesidad”, que constituyó la cobertura ideológica del despotismo, y la renuncia a la legitimidad pasó de ser una mera excepción temporal a un estado permanente que paralizó la capacidad de cambio. Se buscó salvar lo que se pudiera salvar bajo el techo del despotismo político, después de desesperar de fundar la autoridad sobre bases legítimas.

Los ideales agotadores y la fragilidad institucional

El libro plantea una problemática filosófica profunda sobre la naturaleza de los principios políticos islámicos, tomando prestado el concepto de “ideales agotadores”. Los valores traídos por el islam, de igualdad absoluta, justicia estricta y rendición de cuentas precisa del gobernante (como se encarnó en la biografía de los califas bien guiados), eran valores de una elevación sublime, que requerían una conciencia humana excepcional y una “solidez institucional” extraordinaria para preservarlos.

Sin embargo, la sociedad islámica, que heredó una “fragilidad institucional crónica” debido a la ausencia de tradiciones estatales en el entorno del primer nacimiento, se encontró incapaz de sostener estos “ideales agotadores” durante mucho tiempo. El techo moral era muy alto, y el suelo institucional muy frágil. Y cuando las instituciones son incapaces de sostener los principios, las sociedades colapsan bajo el peso de sus exigencias, lo que explica el rápido retroceso hacia los modelos imperiales familiares (omeya y luego abasí), que eran menos agotadores moralmente, y más acordes con las naturalezas del despotismo predominantes en aquel tiempo.

Madres de los valores políticos: demolición del paganismo jerárquico

A pesar de la dura disección de la historia, el libro no descuida mostrar la grandeza de la “construcción política” que presentó el texto islámico. El autor dedica una sección completa bajo el título “Al-ta’ammur fi al-amir: madres de los valores políticos”, para resaltar la fundación normativa con la que descendió la Revelación.

Esta fundación comienza con la “demolición del paganismo político” y el “vuelco de la jerarquía faraónica”. El islam vino para liberar al ser humano de la sumisión a su semejante, fundando una relación horizontal entre los seres humanos bajo la soberanía única del Creador. Esta visión unitaria no era solo un dogma metafísico, sino una “revolución constitucional” que derribó la sacralización de los gobernantes, e hizo del poder un contrato civil susceptible de rescisión y rendición de cuentas.

El libro detalla cómo el texto islámico fundó los valores de la dignificación humana, la viceregencia (istikhlaf), y la combinación entre justicia y virtud. La libertad en este sistema fundacional no es un mero lujo, sino “posibilidad y responsabilidad”; pues no se puede exigir cuentas a un individuo despojado de voluntad. Asimismo, el autor se extiende en la exposición de los valores del desempeño político, destacando cómo el islam hizo que “el dinero público sea dinero de Dios” para protegerlo del saqueo del poder, y legisló la “resistencia contra la corrupción” como un deber constitucional que recae sobre toda la Umma.

Estos valores abstractos, que constituyen las “madres de los valores políticos”, siguen siendo la referencia normativa que juzga la realidad. La exposición que hace Al-Shinqiti de ellos en esta obra no es por vanagloria del pasado, sino para afirmar que “el texto es inspirador” y que la crisis radica en el esfuerzo humano que fue incapaz de inventar los “mecanismos” y “procedimientos” capaces de hacer descender estos valores a la realidad, y de protegerlos de la tiranía de los gobernantes y de los reveses de la historia.

“El Libro de Dios y el Testamento de Ardashir”: la infiltración cultural sasánida

El autor pone la mano sobre una de las transformaciones constitucionales más peligrosas en la historia de la civilización islámica, dedicándole un capítulo de gran significado titulado: “El Libro de Dios y el Testamento de Ardashir”. Al-Shinqiti no se detiene en los límites de la interpretación militar o política de la fitna, sino que profundiza en las “raíces culturales” del despotismo, aclarando que el mayor desafío no fue solo una lucha por el poder, sino una lucha en el seno de las sociedades musulmanas entre los valores políticos islámicos de naturaleza contractual y consultiva, y los valores imperiales de naturaleza coercitiva.

Los musulmanes se encontraron, tras las asombrosas conquistas, en el corazón del antiguo mundo oriental, rodeados de un patrimonio imperial persa ancestral. Y aquí, el “Testamento de Ardashir” destaca como documento central que representa la “cultura política sasánida” que se filtró lenta pero constantemente en la élite gobernante. Esta infiltración no fue inocente, sino que llevó a “domesticar” a los pioneros del pensamiento islámico y a moldearlos dentro de la lógica del despotismo oriental antiguo.

El libro explica cómo este documento y otros similares dejaron una huella negativa profunda en la cultura política de los musulmanes; trajo consigo grandes males, a la cabeza de ellos la “mancha del paganismo político”, que transformó al gobernante de un ser humano al que se interroga y se exige cuentas, en una entidad revestida de una sacralidad excepcional. También condujo al “uso de la religión en lugar de servirla”, donde se emplearon los textos y se moldeó la jurisprudencia para justificar la opresión política, además de “consolidar la estratificación social” que contradice esencialmente el espíritu del islam basado en la igualdad absoluta. Así, la civilización islámica entró en un estado de flagrante contradicción; un cuerpo islámico que late con el Corán, y un espíritu político que respira con los conceptos de Cosroes y Ardashir.

Más allá del sunnismo y el chiismo: el atolladero integral de la legitimidad

De las contribuciones críticas destacadas en este libro, está su superación de las lecturas sectarias estrechas que encierran la crisis constitucional en una escuela en detrimento de otra. El autor considera que ambas grandes escuelas (sunní y chií) cayeron en las redes de la “crisis constitucional” de una u otra forma, a pesar de las diferentes salidas teóricas que inventó cada bando.

Al-Shinqiti analiza cómo la mente jurisprudencial sunní, bajo el peso del miedo a la fragmentación de la Umma y al estallido de nuevas grandes fitnas, adoptó “la ecuación de la unidad a expensas de la legitimidad”. Esta inclinación produjo el “fiqh de las necesidades” que legitimó el gobierno del que se impone, e hizo de la aceptación de la injusticia política una postura moralmente justificada para evitar el derramamiento de sangre. Y, en contrapartida, el pensamiento chií no estuvo a salvo de este atolladero; pues se transformó —en su vertiente histórica— en repliegue y retirada del asunto político práctico mediante el recurso a conceptos como la “taqiyya” y la espera del imam infalible, lo que llevó finalmente a congelar la acción política dirigida a construir una legitimidad constitucional realista.

El resultado, como establece el libro, fue uno solo: la ausencia de una fundamentación metodológica e institucional para construir la autoridad política sobre el consentimiento mutuo, y el aplazamiento de la verdadera batalla (la batalla de la libertad y la shura) en favor de justificaciones jurisprudenciales o teológicas que no resuelven la crisis de “al-ta’ammur ‘an ghayr imra”.

La Primavera Árabe: la emancipación del “fiqh de la necesidad” a la revolución

Y aquí llegamos a la cúspide analítica del libro, donde Al-Shinqiti vincula con gran destreza estas profundas raíces históricas con el momento presente, y específicamente con el estallido de las revoluciones de la Primavera Árabe a finales de 2010. El libro no ve estas revoluciones como acontecimientos aislados o protestas pasajeras por el deterioro de las condiciones de vida, sino que las considera “una liberación de los pueblos musulmanes —por fin— de las herencias de la Gran Fitna y sus secuelas”.

La Primavera Árabe, en la lectura constitucional de Al-Shinqiti, es un gran intento histórico de “pasar de la fitna a la revolución”. Los pueblos lograron superar los “temores al miedo a la fitna” que dominaron la cultura política islámica desde el pacto del Año de la Comunidad (41 H). Ese miedo crónico se desvaneció, y en su lugar surgió una nueva voluntad de hacer frente a la injusticia política, y de recuperar para la Umma su derecho originario a construir su autoridad sobre bases legítimas verdaderamente constitucionales.

De los valores a los procedimientos: la ingeniería del futuro

El libro concluye su visión diagnóstica y terapéutica con una condición esencial sin la cual no se puede salir de la crisis constitucional: “el paso de los valores a los procedimientos”. El autor considera que el dilema histórico de los musulmanes nunca estuvo en la “falta de valores”; los textos fundacionales rebosan de significados de justicia, dignidad y shura. El fallo mortal radicaba en la incapacidad de traducir estos valores abstractos en “instituciones y procedimientos constitucionales” arraigados y coherentes con la lógica del Estado contemporáneo.

Ya no basta con ensalzar el idealismo de los valores islámicos, sino que continuar con este enfoque exhortativo sin traducción procedimental equivale a perpetuar la crisis. El libro llama explícitamente a la necesidad de aprovechar la ganancia teórica y práctica a la que han llegado las naciones democráticas contemporáneas, afirmando que esta derivación debe hacerse con confianza y conciencia, y lejos de complejos de inferioridad o de superioridad. Pues construir el Estado civil democrático, que protege los derechos de ciudadanía y realiza la justicia para todos, es la única traducción práctica de los propósitos políticos del islam en este tiempo, y es la única salida del extravío que tanto ha durado.

El atolladero de las opciones cerradas: crítica al salafismo y al laicismo

En su intento de trazar el camino de salida, el libro presenta una crítica anatómica severa a los enfoques planteados en la arena árabe e islámica, mostrando la imposibilidad de la solución en ambos campos tradicionales: “la opción laicista” y “la opción salafista”.

Al-Shinqiti considera que cualquier esfuerzo para sacar a la civilización islámica de su crisis no tendrá éxito a menos que cumpla una característica esencial, que es ser “convincente para la conciencia musulmana apegada a los valores políticos islámicos”. Y aquí cae la “opción laicista” que insiste en despojar al islam y neutralizarlo en la batalla de la civilización, fabricando una solución amputada del sentir de los pueblos y de su temperamento religioso y moral.

En contrapartida, el libro rechaza de forma categórica la “opción salafista” que intenta ofrecer una solución que replica una imagen histórica pasada que tomó sus rasgos de imperios desaparecidos, mostrando que esta opción cae en el atolladero de la terrible confusión entre “el fiqh y la sharía”, y pretende bastarse y prescindir de lo que ha producido la mente humana en efluvios en el campo del pensamiento político. El método sintético que adopta Al-Shinqiti es el método que reúne lo religioso y lo civil, rechazando el repliegue sobre sí mismo, e invitando a una interacción creativa con los logros de la época.

La derivación cultural: no hay reparo en tomar prestada la sabiduría

La valentía intelectual del libro se manifiesta a través de su llamado explícito y claro a la necesidad de la “derivación” de la ganancia teórica y práctica a la que han llegado las naciones democráticas occidentales. El autor rechaza claramente el estado de encierro y la pretensión de que existe un modelo islámico listo y autosuficiente en sus detalles procedimentales.

El libro señala que los musulmanes hoy, más que nunca, necesitan esta amplia derivación de las filosofías e instituciones democráticas contemporáneas para injertar su árbol político. Y condiciona que este mestizaje se realice con “la humildad del aprendiz, y la confianza del adulto, lejos de los complejos de inferioridad o de superioridad”. Los mecanismos democráticos modernos, como la separación de poderes, las elecciones y la alternancia en el poder, son en su esencia la única traducción práctica disponible hoy para los valores de la shura y la justicia, y tomarlos prestados no es dependencia, sino la aplicación del precepto de recuperar la sabiduría perdida.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba