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La Era De Matar

Hurgando en las ruinas de la modernidad… cuando la sangre escribe la historia del capitalismo

En el otoño de 1773, el venerable profesor escocés Adam Smith recorría las calles de piedra caliza blanca de Londres, dando los toques finales a su manuscrito histórico «La riqueza de las naciones», que vería la luz en el año 1776 para convertirse en el evangelio no oficial del sistema capitalista mundial y del libre mercado. Smith, aislado y absorto entre libros sobre precios del maíz, impuestos y sistemas bancarios, miraba el mundo desde la ventana de la élite aristocrática que creía que el comercio y la libertad económica eran las dos palancas fundamentales del progreso humano, y que la violencia no era más que un vestigio bárbaro que se disiparía ante el imperio de la ley y las instituciones. Sin embargo, esta escena aterciopelada y luminosa del nacimiento de la modernidad occidental oculta en sus sombras una verdad sumamente sombría, una verdad que el destacado historiador estadounidense Clifton Cress decide desenterrar en su libro más reciente y más radical: The Killing Age: How Violence Made the Modern World (La era del asesinato: cómo la violencia creó el mundo moderno).

Cress ofrece en esta obra monumental una lectura deconstructiva y alternativa de los orígenes de nuestro mundo contemporáneo, para reformular la narrativa común sobre la Revolución Industrial y el ascenso de Occidente. El autor rechaza con firmeza esa mirada académica fría que convierte las atrocidades y los crímenes históricos en meros «acontecimientos» ordenados en capas geológicas y temporales separadas. En su lugar, nos invita a ver la historia como un cúmulo de escombros y una tormenta feroz que no deja de soplar, donde el pasado se mezcla con el presente de una manera aterradora. La tesis central del libro se resume en un concepto impactante para el que el autor ha creado un neologismo; propone sustituir el término «Antropoceno» (la era del ser humano), acuñado por el químico holandés Paul Crutzen para referirse a la época geológica que comenzó a formarse con las emisiones de las fábricas inglesas a finales del siglo XVIII, por un término más preciso y expresivo de la realidad, que es el «Morteceno» (Mortecene) o «la era de la muerte y el asesinato».

Cress sostiene que la modernidad occidental y la Revolución Industrial no fueron el producto puro y genial de la máquina de vapor desarrollada por James Watt, ni de los mecanismos del libre mercado predicados por Adam Smith, sino que fueron impulsadas por una explosión colosal de violencia organizada y depredación humana sin precedentes en el planeta desde la extinción de los dinosaurios hace sesenta y seis millones de años. Esta violencia global, que se extendió de forma intensiva entre los años 1750 y 1900, representaba un mecanismo inevitable que permitió a Occidente lograr su acumulación capitalista a través de lo que el autor denomina «la acumulación mediante el exterminio». Las industrias lujosas de Mánchester y Nueva York no habrían podido hacer girar sus engranajes sin la esclavización de millones de africanos, sin el despojo de sus tierras a los pueblos indígenas de América, y sin la conversión de esas masacres ecológicas y humanas en valor financiero líquido que se inyectaba en las arterias de los bancos londinenses y estadounidenses.

Del «Antropoceno» al «Morteceno»… la ingeniería del exterminio y la conversión de la sangre en capital

Si Adam Smith veía los mercados como una «mano invisible» que organiza el interés de la sociedad, Clifton Cress en «La era del asesinato» levanta el velo sobre esa mano para mostrárnosla empuñando el arma y clavando puñales en los cuerpos de los pueblos colonizados. Cress argumenta que la transición de las sociedades preindustriales al mundo contemporáneo no fue una evolución pacífica dictada por las leyes económicas, sino una «ingeniería del exterminio» integral que reconfiguró la geografía y la demografía de la Tierra.

Aquí emerge el valor del término «Morteceno» (Mortecene) acuñado por el autor; no describe simplemente una contaminación ambiental o un cambio climático, sino que describe una época histórica en la que la «industria de la muerte» se convirtió en el motor principal de la economía global. El ascenso del capitalismo industrial occidental entre 1750 y 1900 exigió la transformación de los seres vivos y los entornos naturales en mercancías intercambiables y reciclables financieramente. Y esta transformación no habría podido lograrse sin el uso de la violencia organizada en sus formas más atroces.

El libro rastrea este mecanismo a través de tres ejes principales que constituyeron los pilares de la «era del asesinato»:

Las masacres demográficas y el desarraigo: Cress observa cómo el crecimiento de las plantaciones de algodón y caña de azúcar en el «Nuevo Mundo» —que representaban las arterias que alimentaban a las fábricas europeas— estaba condicionado por la «acumulación mediante el exterminio». Pueblos enteros (los indígenas) fueron sustituidos mediante limpieza étnica, y se importaron millones de seres humanos como siervos y esclavos desde África en la mayor operación de trata de personas que ha conocido la historia.

El ecocidio como condición de la modernidad: El autor aclara que la violencia no se ejerció solo contra el ser humano, sino también contra la naturaleza. Para convertir vastas extensiones en tierras agrícolas al servicio de los mercados globales, se destruyeron sistemas ecológicos completos, selvas tropicales y bosques vírgenes, lo que provocó una extinción masiva de especies vivas no menos cruel que la que el planeta vivió en eras geológicas remotas.

La titulación de la sangre y su conversión en valor líquido: Cress brilla al revelar los mecanismos bancarios que vincularon la sangre de las víctimas con la prosperidad de los centros financieros de Londres y Nueva York. La violencia no era una barbarie aleatoria, sino una violencia «racionalizada» y codificada; los bonos y las acciones que se negociaban en las bolsas occidentales derivaban su valor y su estabilidad del volumen de producción basado en el trabajo forzado, la apropiación forzosa de tierras y la destrucción de las comunidades locales.

Lo que Cress demuestra en esta parte de su tesis es que la «modernidad» y la «barbarie» no son opuestos, como promovió la filosofía liberal clásica, sino dos caras de la misma moneda. El sistema legal e institucional del que se vanagloriaban la élite aristocrática y la burguesía en las capitales occidentales se alimentaba directamente de una brutalidad sin límites practicada al otro lado de los mares.

Los filósofos de la Ilustración en la trinchera del colonialismo… la racionalización de la brutalidad y la fabricación de la dependencia

La «era del asesinato» no habría logrado ese éxito arrollador y esa continuidad durante siglos sin la existencia de un aparato conceptual y filosófico integral que justificara el crimen y le otorgara una cobertura moral y legal. En esta parte del libro, Clifton Cress pasa de diseccionar la estructura económica y bancaria del «Morteceno» a deconstruir la superestructura ideológica que legitimó esa violencia. Y aquí el autor dirige sus críticas más mordaces hacia las grandes figuras de la filosofía europea moderna, mostrando cómo el pensamiento ilustrado —intencionadamente o no— participó en la formulación de una jerarquía humana que permitía el exterminio y el despojo del otro.

Cress considera que los filósofos del contrato social y de la Ilustración, desde John Locke hasta Hegel, establecieron definiciones recortadas del «ser humano», de la «racionalidad» y de la «propiedad»; de tal modo que estos conceptos quedaron vinculados exclusivamente al modelo europeo occidental. La tierra que no se cultivaba según los mecanismos capitalistas ni se cercaba bajo propiedad privada fue considerada en el pensamiento jurídico occidental como «tierra de nadie» (Terra Nullius), lo que dio luz verde al colonialismo para arrancar a los pueblos indígenas considerándolos «fuera de la historia» o «por debajo del rango de humanidad plena».

Esta dimensión intelectual y geopolítica de la era del asesinato se manifiesta en dos mecanismos coloniales que consolidaron la hegemonía de Occidente:

La violencia legal e institucional: Cress revela que el exterminio no fueron simples campañas militares aleatorias, sino que se codificaba a través de tratados injustos, leyes comerciales y tribunales coloniales diseñados específicamente para transferir riquezas y despojar a los pueblos de su soberanía bajo el nombre de «difundir la civilización».

La fabricación de la dependencia y la demolición estructural: El naciente sistema internacional no se limitó al saqueo de recursos, sino que se dedicó a destruir las estructuras económicas y sociales autóctonas de las sociedades colonizadas en Asia, África y América Latina, y a convertirlas en meras periferias dependientes y consumidoras al servicio del centro capitalista, creando una brecha de desarrollo y estructural de cuyas consecuencias el mundo sigue sufriendo hasta hoy.

La «racionalización de la brutalidad» se transformó con el tiempo en una herramienta tecnocrática y fría; el asesinato y la destrucción ambiental dejaron de ser vistos como pecados morales, para convertirse en «daños colaterales necesarios» (Collateral Damage) en la marcha del progreso humano hacia la modernización. Esta visión filosófica distorsionada es la que permitió a los directores de las compañías coloniales y a los bancos londinenses dormir tranquilos, mientras las rutas marítimas transportaban millones de vidas y riquezas saqueadas a través de los océanos.

Semiótica y resistencia… la muerte prolongada en la memoria y el dilema del Estado-nación

Hay una dimensión importante en la que Clifton Cress profundiza en los capítulos finales de su libro, y que aún no ha recibido la atención que merece, relacionada con la estructura simbólica y lingüística que consolidó el «Morteceno» en la conciencia global, y con el dilema del Estado-nación moderno que nació deforme del vientre de esa violencia. Cress argumenta que el exterminio no se completaba sin una destrucción semiótica y cultural paralela; el colonialismo no se contentó con saquear materialmente las patrias, sino que se dedicó a borrar sus nombres históricos, a rebautizar la geografía con la lengua del vencedor, y a convertir las lenguas y culturas heredadas de los pueblos originarios en mero «folclore» primitivo anterior a la historia. Este borrado simbólico creó un estado de alienación existencial en los pueblos colonizados, que hizo que el trauma de la violencia se prolongara y atravesara generaciones, de modo que la memoria colectiva de esas sociedades sigue sangrando hasta hoy, incapaz de formular su identidad independiente lejos de la narrativa de víctima y colonizador.

En este contexto deconstructivo, el autor pone el dedo sobre un dilema geopolítico sumamente complejo, representado por el surgimiento del Estado-nación moderno en las elucubraciones del poscolonialismo. Cress considera que los movimientos de liberación nacional, a pesar de sus heroicidades y sacrificios, cayeron en una trampa histórica al adoptar la misma estructura estatal inventada por el Occidente colonizador; el Estado moderno en África, Asia y América Latina heredó las fronteras artificiales trazadas con regla por el colonizador en salas cerradas de Londres y París para servir a los intereses de la «era del asesinato». Como resultado, estos Estados nacientes se vieron obligados a ejercer la violencia organizada contra sus minorías y sus pueblos locales para consolidar los pilares de la «soberanía nacional», convirtiéndose, sin saberlo, en un instrumento funcional para reproducir la misma estructura de exclusión y marginación capitalista contra la que se habían levantado en primer lugar.

Cress abre una puerta entreabierta a la esperanza a través de lo que llama «la resistencia al olvido y la recuperación de la soberanía sobre la tierra», considerando que liberarse del yugo de la modernidad sangrienta no pasa por el aislamiento, sino mediante la creación de alianzas transfronterizas entre los pueblos marginados, que redefinan la relación con la naturaleza fuera de la lógica del consumo capitalista, y recuperen el derecho a escribir la historia desde la perspectiva de las víctimas y no de los verdugos. Es un llamado radical a repensar el sistema internacional contemporáneo, no remendando sus instituciones decrépitas, sino creando un nuevo espacio humano que supere el legado catastrófico del «Morteceno» y sus contradicciones estructurales.

Éticas de la mecanización y el complejo de culpa cósmica… el ser humano frente a la máquina asesina

Hay un aspecto filosófico y psicológico profundo que Clifton Cress pone bajo el microscopio crítico en los últimos capítulos de su libro, y que tiene que ver con cómo se distorsionó la «ética del trabajo» humana para convertirse en una cobertura psicológica que protegiera a los gestores del sistema del «Morteceno» del sentimiento de culpa. Cress argumenta que la modernidad industrial logró crear una separación tajante entre el «acto» y su «consecuencia moral» a través del mecanismo de la división del trabajo y la mecanización total. El ingeniero que diseña las líneas de producción o desarrolla tecnologías de extracción de recursos, y el burócrata que gestiona las cuentas de las compañías coloniales desde su escritorio en las capitales occidentales, no ven la sangre de las víctimas ni presencian directamente la destrucción de los entornos locales. Esta fría separación convirtió la violencia de un pecado existencial en una mera «tarea técnica» cuya eficiencia se mide con números y resultados, lo que permitió a las sociedades modernas tragar la brutalidad del sistema capitalista sin sentir responsabilidad moral.

En este contexto, el autor rastrea el surgimiento de lo que denomina «el complejo de culpa cósmica tardía» que comenzó a aparecer en el espacio cultural occidental con el aumento de la conciencia sobre las crisis ecológicas y climáticas catastróficas. Cress considera que los intentos de los sistemas internacionales contemporáneos de proponer soluciones bajo nombres como «capitalismo verde» o «desarrollo sostenible» no son en realidad más que intentos de limpiar la conciencia occidental sin tocar el núcleo de la hegemonía ni renunciar a los privilegios de la acumulación financiera heredada de la «era del asesinato». Son operaciones cosméticas destinadas a gestionar la crisis y no a resolverla, porque se niegan a reconocer que el bienestar tecnológico e industrial actual sigue alimentándose del agotamiento de las periferias del mundo en desarrollo y del control forzoso de sus recursos y su geografía.

Y esta dimensión deconstructiva termina con la advertencia sobre los peligros de rendirse al automatismo técnico; Cress considera que el mayor peligro hoy radica en delegar las decisiones de vida y muerte a sistemas inteligentes y autónomos, ya sea en las guerras o en la gestión de la economía global. Este desarrollo representa la cúspide a la que aspira el sistema del «Morteceno», donde la carga moral se levanta completamente de los seres humanos, y la ingeniería del exterminio se convierte en meras operaciones algorítmicas silenciosas que ocurren en un espacio digital aislado, lo que impone a la humanidad un desafío crucial para recuperar el control sobre la máquina y restituir el concepto moral auténtico de la vida.

Extensiones del «Morteceno»… la violencia técnica y las guerras en la sombra en el siglo XXI

La «era del asesinato» no terminó con la retirada de los ejércitos coloniales tradicionales y la firma de los tratados de independencia a mediados del siglo XX, sino que la tesis más inquietante del libro de Clifton Cress se resume en que la estructura de la violencia y la muerte organizada ha sido «actualizada» y reciclada para adoptar formas más suaves y, al mismo tiempo, más letales. El sistema internacional contemporáneo ha pasado de la fase del exterminio físico directo con pólvora y cañones, a la fase de la hegemonía técnica y cibernética y de las guerras económicas en la sombra; donde Cress analiza cómo nuestro mundo contemporáneo reproduce los mecanismos del «Morteceno» a través de nuevas manifestaciones tecnológicas y geopolíticas.

Y en este contexto, el autor aclara que las herramientas de control y dominación ya no necesitan los muros de las prisiones coloniales ni la presencia militar directa, sino que se han transformado en algoritmos complejos, redes de vigilancia de inteligencia superior, infraestructuras digitales y centros de datos que imponen una hegemonía cognitiva y económica total sobre las sociedades y los individuos, privando gradualmente a los pueblos de su soberanía tecnológica e informacional. Y esta violencia técnica se extiende para abarcar los conflictos geopolíticos contemporáneos; el libro sostiene que las grandes potencias siguen practicando estrategias de acumulación mediante el exterminio y la destrucción pero a través de intermediarios y guerras por delegación, haciendo que los conflictos regionales de desgaste y el control forzoso de las vías marítimas vitales, los gasoductos y los cables submarinos de internet, sean una prolongación directa del mismo conflicto que comenzó en el siglo XVIII para asegurar las líneas de suministro capitalistas.

Y el asunto no se detiene en los límites de la máquina militar y digital, sino que va más allá hacia el espacio económico neoliberal que practica una especie de exterminio silencioso; donde Cress considera que el arma de las sanciones económicas, el bloqueo de mercados y la imposición de condiciones de ajuste estructural injustas a los países en desarrollo, representa una forma de violencia codificada que mata lenta y silenciosamente al destruir las redes de seguridad social y sanitaria de millones, y al convertir los recursos de los Estados en liquidez monetaria al servicio de los centros financieros globales.

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