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“¿Qué Es El Populismo?”

Anatomía De La Ilusión Política

En una época marcada por profundas transformaciones geopolíticas y cambios estructurales en la arquitectura del sistema internacional, las miradas suelen dirigirse hacia las amenazas externas que podrían sacudir la estabilidad de los Estados y el equilibrio de poder. Pero la paradoja que plantea la era actual es que el mayor peligro que amenaza a las democracias contemporáneas no proviene de ideologías totalitarias externas que buscan socavarlas, sino que nace desde su interior. Aquí interviene el pensador y politólogo Jan-Werner Müller con su libro de enorme importancia «¿Qué es el populismo?» para ofrecer una disección precisa de un fenómeno que se ha convertido en «un fantasma que recorre el mundo».

Este libro, publicado por la University of Pennsylvania Press, ofrece un marco teórico riguroso para deconstruir un término que ha sido tan usado hasta convertirse casi en un recipiente vacío en el que se arroja todo lo que desagrada a las élites políticas. Comprender el populismo, tal como lo plantea Müller, no es un mero lujo académico, sino una necesidad imperativa para entender la naturaleza de los conflictos políticos que están reconfigurando las nociones de soberanía y de representación política en nuestro mundo contemporáneo.

Caos conceptual: ¿todos son populistas?

La gran problemática comienza con el caos en el uso terminológico; en las campañas electorales y en el discurso mediático, la etiqueta de «populismo» se adhiere a todo movimiento de rebelión política o corriente contraria a las instituciones tradicionales. Hemos llegado a una etapa en la que el término «populismo» se utiliza como sinónimo de la ira y la frustración que embargan a los votantes, sin atender al contenido ideológico o político real.

Müller evoca en este contexto una conferencia histórica celebrada en la London School of Economics en 1967, en la que se reunió un grupo de académicos con el objetivo de formular una definición unificada del populismo. El resultado llamativo fue el fracaso de los participantes en alcanzar cualquier acuerdo sobre la naturaleza de este concepto. Hoy, la escena se repite; vemos a comentaristas políticos aplicar el calificativo de «populista» a figuras de la extrema derecha como Marine Le Pen en Francia y Geert Wilders en Países Bajos, y al mismo tiempo aplicarlo a movimientos de la izquierda radical como Syriza en Grecia y Podemos en España. Incluso la simplificación conceptual ha llegado al punto de equiparar el discurso de Donald Trump con el de Bernie Sanders bajo el mismo paraguas, considerándolos simplemente como voces rebeldes antisistema.

Esta confusión plantea una pregunta fundamental que desafía nuestra capacidad de discernimiento político: ¿es el populista simplemente cualquier político exitoso que no nos gusta? ¿O el uso que hacen las élites de este término se ha convertido en sí mismo en una práctica populista destinada a excluir a los adversarios?

El callejón sin salida metodológico: las vías muertas para entender el fenómeno
Antes de formular su propia definición, Müller desmonta tres enfoques tradicionales que han demostrado su esterilidad para comprender el populismo:

La perspectiva psicológica (el recurso a la psicología de masas): Müller rechaza las explicaciones que reducen el populismo a un producto de la «ira», la «frustración» o el «resentimiento». Reducir las posturas de millones de votantes a diagnósticos psicológicos —como si fueran enfermos que necesitan un sanatorio político— no es solo una condescendencia elitista, sino una ceguera ante el hecho de que esa ira a menudo se basa en razones y justificaciones racionales que los ciudadanos pueden expresar. Esta mirada paternalista repite, paradójicamente, los mismos gestos excluyentes de algunos pensadores del siglo XIX que se opusieron a ampliar el sufragio con el argumento de que las masas son «demasiado emocionales».

La perspectiva sociológica (el determinismo de clase): Müller refuta la idea de que el populismo es patrimonio exclusivo de ciertas clases, como la pequeña burguesía o los trabajadores menos formados. Las encuestas muestran que el apoyo a los partidos populistas no siempre está vinculado a la situación socioeconómica personal del votante, sino que a veces nace de una evaluación más profunda sobre el declive nacional o el peligro que amenaza la identidad del Estado. Incluso hay ciudadanos económicamente exitosos que apoyan a la derecha populista basándose en posturas de darwinismo social.

El criterio de evaluación de políticas (la vara de la racionalidad): muchos se equivocan al considerar que las políticas «irresponsables» o simplistas son el indicador exclusivo del populismo. Aunque algunos líderes, como Nicolás Maduro en Venezuela, hayan adoptado políticas económicamente desastrosas, dividir el terreno político entre políticas «responsables» y «irresponsables» ignora el hecho de que estas valoraciones dependen, en última instancia, de los valores fundamentales que adopta la sociedad.

El núcleo teórico: la representación exclusiva y la moral excluyente

Tras cerrar estas vías engañosas, Müller pone el dedo en el verdadero núcleo del populismo. El libro sostiene que el populismo no es una doctrina codificada, sino una «imaginación moral» específica de la política. Es una forma de percibir el mundo político que coloca a un pueblo imaginario, puro y moralmente homogéneo, frente a unas élites consideradas corruptas o moralmente inferiores.

Pero el mero anti-elitismo no crea a un populista; oponerse al statu quo es un derecho legítimo en cualquier democracia. La condición decisiva que establece Müller es el «antipluralismo».

Los populistas, exclusivamente, son quienes afirman que ellos, y solo ellos, representan al pueblo verdadero. El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan expresa esta lógica con la mayor claridad cuando gritó a sus opositores: «Nosotros somos el pueblo… ¿y quiénes sois vosotros?». Esta afirmación no se basa en una representación empírica o estadística, sino que es una pretensión de naturaleza puramente moral. El populista no dice, como hicieron movimientos como «Occupy Wall Street», «somos el 99 por ciento», sino que dice implícita y explícitamente: «somos el 100 por ciento».

¿Y qué ocurre con el resto de los ciudadanos que no están de acuerdo con ellos? Aquí reside el peligro extremo: en la lógica populista, cualquier resto o minoría opositora ve despojada su legitimidad de inmediato, y se la clasifica como una entidad inmoral, por lo que ni siquiera forma parte del pueblo «verdadero» en primer lugar. Por esta razón, Müller coincide con el filósofo Jürgen Habermas en su regla de oro según la cual la idea de un pueblo único y homogéneo es solo una ilusión, y que «el pueblo» no puede aparecer política y socialmente sino en plural y en la pluralidad.

El populismo es, por tanto, una forma extrema de «política identitaria» excluyente. Los populistas pretenden ser capaces de extraer la esencia del «pueblo auténtico» del conjunto de los ciudadanos reales, para hablar en nombre de esa entidad pura que no se equivoca. Este supuesto dinamita los fundamentos de la democracia representativa, que se basa en el reconocimiento mutuo, el equilibrio de intereses y la aceptación de una diversidad que no puede reducirse a una sola voz o a un solo líder.

La ilusión del fracaso inevitable: ¿cae el populismo en el examen del poder?

Existe una sabiduría tradicional y reconfortante que resuena siempre en los pasillos del análisis político convencional, según la cual los partidos populistas son en esencia movimientos de protesta, y, naturalmente, uno no puede protestar contra sí mismo. Basándose en esta lógica, se supone que los populistas fracasarán inevitablemente en cuanto lleguen al poder; el carisma se disipará en la rutina del trabajo parlamentario y cotidiano, las políticas simplistas chocarán con las complejidades de la realidad económica y burocrática, y una vez que ellos mismos se conviertan en la «élite» gobernante, perderán su razón de ser, que es el «anti-elitismo».

Jan-Werner Müller describe este supuesto como «una ilusión reconfortante pero peligrosa». Los populistas pueden gobernar y, lo que es más importante, gobiernan como populistas. Sus fracasos administrativos o económicos no conducen necesariamente a su caída, pues poseen una capacidad extraordinaria para reciclar las crisis. Cualquier fracaso se atribuye de inmediato a las «élites ocultas» o a las fuerzas del Estado profundo o a conspiraciones externas que intentan sabotear la voluntad popular. Así, el gobernante populista, incluso estando en la cúspide del poder, sigue interpretando el papel de «víctima» y de rebelde. Hugo Chávez encarnó este modelo con maestría; cada vez que tropezaba su «revolución bolivariana», señalaba con el dedo a la vieja oligarquía o al imperialismo estadounidense. La crisis, en la mente populista, no es una condición objetiva que necesite solución, sino una «performance» continua y un estado de sitio permanente que justifica una mayor concentración de poder.

La tríada de la dominación: ¿cómo se gestiona la maquinaria del gobierno populista?

Los populistas no se conforman con discursos resonantes; cuando toman las riendas, aplican técnicas específicas que son totalmente coherentes con su pretensión moral de ser los representantes exclusivos del pueblo. Müller identifica tres técnicas básicas e interconectadas del gobierno populista:

Primero: colonización del Estado (secuestro de los aparatos institucionales): en cuanto llegan al poder, los populistas buscan desmantelar la línea divisoria entre el partido y el Estado. Lo que los demócratas consideran una burocracia neutral y una función pública independiente, los populistas lo ven como un obstáculo para ejecutar la «auténtica voluntad popular». En Hungría y Polonia, por ejemplo, las primeras medidas de los partidos Fidesz y Ley y Justicia (PiS) fueron purgar la administración pública, controlar los medios de comunicación oficiales y neutralizar o paralizar el poder judicial. La justificación moral está siempre lista: ¿por qué deben estas instituciones neutrales interponerse ante el pueblo que finalmente ha recuperado su Estado a través de sus verdaderos representantes?

Segundo: clientelismo masivo y legalismo discriminatorio: los regímenes populistas se basan en el intercambio de prebendas materiales y empleos a cambio de apoyo político continuo, lo que se conoce como clientelismo. Pero lo llamativo aquí, como señala Müller, es que los populistas lo hacen a la luz pública y con la conciencia moral tranquila. Dado que sus seguidores son los únicos que constituyen el «pueblo verdadero», solo ellos merecen el cuidado del Estado y sus recursos. En cambio, contra los demás se practica lo que se denomina «legalismo discriminatorio»; la ley se aplica con rigor e incluso con dureza a opositores y minorías, mientras se dobla o se ignora cuando se trata de aliados. Esto explica por qué la popularidad de los líderes populistas no suele verse afectada por escándalos de corrupción financiera; las masas perciben que esa «corrupción» se gestiona en beneficio del «nosotros» (el pueblo auténtico) y no del «ellos» (las élites corruptas o los enemigos).

Tercero: represión sistemática de la sociedad civil: la sociedad civil independiente, y en especial las organizaciones no gubernamentales, constituye una amenaza existencial y simbólica para la pretensión populista de ser el único representante del pueblo. La oposición proveniente de la sociedad civil destruye el mito del «pueblo único y homogéneo». Por ello, los populistas, como hemos visto en las políticas de Vladímir Putin y Viktor Orbán, proceden a demonizar estas organizaciones, presentándolas como agentes financiados desde el exterior y «enemigos de la patria». Mediante esta represión, los populistas crean, de hecho sobre el terreno, ese pueblo pasivo y homogéneo en cuyo nombre hablaban desde el principio.

La trampa de la «democracia iliberal»

Una de las contribuciones críticas más importantes de este libro es el ataque riguroso que Müller lanza contra el término «democracia iliberal» (Illiberal Democracy), que popularizó el escritor Fareed Zakaria en los años noventa y que se ha vuelto común en los análisis occidentales.

Müller considera que el uso de este término es un grave error; supone un regalo gratuito para los líderes populistas. Cuando Viktor Orbán anuncia con orgullo que está construyendo un «Estado iliberal», explota el creciente odio hacia el concepto de «liberalismo» (que en la mente colectiva se ha asociado al capitalismo salvaje y a los mercados desregulados), conservando al mismo tiempo el prestigioso título de «democracia».

Müller afirma que no se pueden separar de la democracia los derechos políticos fundamentales, como la libertad de expresión, de reunión, la libertad de prensa y la protección de las minorías, con el pretexto de que son meros añadidos «liberales». Estos derechos son los cimientos que hacen posible la competencia democrática. Atacar estos cimientos no es simplemente un retroceso respecto al liberalismo, sino una distorsión y destrucción de la esencia misma de la democracia. Los regímenes populistas que socavan el Estado de derecho y anulan el pluralismo son simplemente democracias defectuosas o proyectos autoritarios en formación, y deben llamarse por su verdadero nombre sin esconderse detrás de términos suavizados.

Constituciones populistas: la contradicción aparente

Puede parecer contradictorio hablar de una «constitución populista»; las constituciones, en su esencia, fueron diseñadas para frenar la voluntad de la mayoría, establecer controles y equilibrios, y proteger a las minorías. ¿Cómo puede un movimiento que pretende representar la voluntad popular absoluta someterse a una constitución?

Müller corrige esta idea errónea, señalando que los populistas no son enemigos de las instituciones o de las constituciones en términos absolutos; solo son enemigos de las instituciones que no controlan sus herramientas, y de las constituciones que no reflejan su ideología. Cuando llegan al poder y disponen de una mayoría suficiente, se apresuran a redactar nuevas constituciones, o a modificar radicalmente las existentes, no con el objetivo de ampliar la participación democrática libre, sino para «constitucionalizar» su hegemonía.

La constitución populista (como ocurrió en Hungría o Venezuela) es una «constitución excluyente y partidista». Está diseñada específicamente para perpetuar su visión concreta de la sociedad y para limitar a cualquier gobierno de oposición que pueda llegar en el futuro. Mediante el nombramiento de jueces leales por periodos muy largos y la modificación de las leyes electorales a su medida, los populistas crean constituciones que funcionan como herramientas de dominación en lugar de ser marcos para el consenso y el pluralismo. Cierran el campo de juego democrático y convierten las reglas del juego en un arma apuntada al pecho de sus adversarios.

Las promesas incumplidas de la democracia: ¿cómo creamos este monstruo?

Quizás la pregunta más urgente que surge tras comprender el peligro inherente a la estructura populista es: ¿por qué, entonces, millones de personas se sienten atraídas voluntariamente hacia estos líderes? ¿Acaso medio planeta sufre de repente de inclinaciones autoritarias?

En esta parte de su libro, Jan-Werner Müller nos aleja de las explicaciones superficiales para sumergirse en la sociología del conocimiento político y en la historia de las ideas, argumentando que el atractivo del populismo se alimenta fundamentalmente de lo que el teórico democrático italiano Norberto Bobbio llamó las «promesas incumplidas de la democracia». Existe lo que puede denominarse la «teoría popular de la democracia» (folk theory of democracy), que se basa en la idea intuitiva y atractiva de que «el pueblo es capaz de gobernarse a sí mismo».

La tragedia radica en que las democracias representativas contemporáneas, lastradas por las complejidades de la globalización, la hegemonía del capital financiero y la imbricación de instituciones supranacionales, se han vuelto incapaces de cumplir esa promesa. Se ha erosionado la «democracia de partidos» que actuaba como mediadora entre la sociedad plural y el sistema político. Los partidos tradicionales, que representaban intereses claros (obreros, conservadores, democristianos), se han diluido en un centro político descolorido, lo que ha generado un sentimiento de alienación en amplios sectores de ciudadanos que ya no encuentran quien represente sus intereses económicos o su identidad cultural.

Aquí interviene el populista hablando como si estas promesas ideales pudieran realizarse en la práctica. Habla como si el pueblo poseyera una sola voluntad, un solo juicio y un mandato inequívoco e indiscutible. El populismo ofrece una solución mágica e ilusoria a la crisis de la representación política, proponiendo eliminar a los «intermediarios» (los partidos, los parlamentos complejos, la prensa tradicional) para crear una representación directa entre el líder y la masa homogénea.

Tecnócratas y populismo: dos caras de la misma moneda

Müller ofrece un giro analítico sumamente inteligente, especialmente al abordar el contexto europeo contemporáneo y las repercusiones de las crisis económicas. El libro sostiene que el ascenso del populismo no puede entenderse al margen del ascenso de su aparente antítesis: la «tecnocracia» (el gobierno de los expertos).

En una extraña paradoja, tecnócratas y populistas se reflejan mutuamente como en un espejo deformante. La tecnocracia (que se manifestó con claridad en la forma de gestionar la crisis del euro) afirma que «no existe más que una única solución política y racional correcta» para los problemas económicos, excluyendo así cualquier espacio para el debate democrático plural. En cambio, el populismo afirma que «no existe más que una única voluntad popular auténtica», excluyendo a su vez cualquier oposición o pluralismo.

Ambos, el tecnócrata y el populista, son seres «apolíticos» en el sentido profundo de la palabra; rechazan el principio de la deliberación, el debate racional y la negociación democrática. El primero sustituye la política por el lenguaje de los números y de las necesidades imperiosas; el segundo la sustituye por el lenguaje de la identidad rígida y de la esencia moral intocable. De este modo, el tecnócrata allana el camino al populista, porque vaciar a la democracia de su contenido deliberativo deja el terreno libre para quien grita más fuerte pretendiendo poseer la verdad absoluta.

Entre Carl Schmitt y Jürgen Habermas: la batalla filosófica en torno al «pueblo»

La tesis de Müller alcanza su punto culminante al deconstruir el concepto de «pueblo». Müller invoca el fantasma del teórico jurídico alemán Carl Schmitt, quien allanó intelectualmente el camino a los regímenes totalitarios en las décadas de 1920 y 1930. Schmitt consideraba que los parlamentos democráticos eran solo una fachada falsa, y que la verdadera voluntad popular podía expresarse mejor mediante la «aclamación» a un líder que encarna la identidad homogénea del pueblo, prefiriéndola al complejo aparato estadístico del recuento de votos secretos.

Esta perversa distinción conceptual formulada por Schmitt —entre la «esencia del pueblo» como resultado de la identidad, y los «resultados electorales» como proceso procedimental— es el ajuste que utilizan hoy los populistas. Cuando el populista pierde las elecciones, no reconoce la derrota, sino que afirma que el sistema está corrupto y que la «mayoría silenciosa» aún no ha sido escuchada.

Frente a este concepto peligroso, Müller adopta claramente la tesis contraria formulada por el filósofo Jürgen Habermas, que constituye la piedra angular de la democracia deliberativa y racional. Habermas afirma que «el pueblo no puede aparecer sino en plural» (in the plural). La pluralidad aquí no es simplemente una realidad sociológica que deba tolerarse, sino un compromiso moral de buscar condiciones justas para la convivencia en un mismo espacio político con otros a quienes respetamos como ciudadanos libres e iguales, incluso con sus diferencias radicales.

¿Qué hacer? Estrategias de confrontación sin exclusión

¿Cómo pueden las democracias liberales defenderse ante este desafío que carcome sus huesos desde dentro?

Müller nos advierte contra caer en la trampa del «cordón sanitario» (Cordon sanitaire); es decir, boicotear completamente a los populistas, negarse a debatir con ellos o excluirlos del espacio público. Excluir a los populistas simplemente confirma su narrativa central de que «las élites coludidas (el cártel) reprimen la voz del pueblo verdadero». Además, ¿cómo podemos criticar a los populistas por ser excluyentes y luego excluirlos nosotros? ¿No disminuye eso el pluralismo que decimos defender?

La solución, tal como la plantea el autor, reside en una regla de oro: «hablar con los populistas no significa hablar como ellos». Los políticos demócratas y los medios independientes deben involucrarse con las afirmaciones populistas y confrontarlas con argumentos y pruebas, sin dejarse arrastrar a aceptar la forma en que ellos encuadran los problemas. Si los populistas plantean cuestiones reales como la desigualdad económica o las crisis migratorias, estas cuestiones deben discutirse con seriedad, pero rechazando el marco moral excluyente que el populista propone como solución.

Hay que desmontar su discurso mostrando que sus políticas (como la corrupción clientelar y el ataque al Estado de derecho) terminarán perjudicando al conjunto del pueblo. Y, lo más importante, hay que dejar de diagnosticar a los votantes populistas como enfermos movidos únicamente por sentimientos de «ira y frustración», y tratarlos en cambio como ciudadanos libres que tienen agravios y temores susceptibles de debate racional y de negociación política.

Müller concluye diciendo que la democracia auténtica sufre de una «crisis permanente de representación», y esto no es un defecto suyo, sino su motor esencial. Es el espacio que permite siempre que los grupos marginados emerjan y digan: «nosotros también somos parte del pueblo», en una cadena continua de demandas de inclusión democrática. El mayor peligro del populismo radica en que busca romper esta cadena, imponiendo un «cierre definitivo» y monopolizando la definición de quién merece tener vida dentro del escenario político.

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